Transeúntes extranjeros

Mientras estábamos organizando el restaurante, como entre suspiros, le pregunté a Mariano que si alguna vez pensaba qué estaba haciendo con su vida. “Todos los días de la vida, María”, me respondió. Dos semanas después renunció y volvió a Brasil. Se despidió diciendo: “Nada es definitivo porque siempre se puede volver”. ¿A qué se refería? ¿Iba entonces a volver a Brasil como un capítulo más de su vida y luego iba a regresar a Portugal? Ahora, pensando en eso, creo que Mariano es un filósofo contemporáneo. 

En el restaurante hablábamos mucho de las cosas que hacíamos antes. Nuestra vida podía contarse en dos partes, la de antes de venir a Lisboa, y la de ahora, que sentíamos como un tránsito, y que unas veces se nos hacía más largo a unos de nosotros que a otros. El restaurante que arreglábamos está en la antigua zona industrial de la ciudad y era una especie de bodega gigante remodelada, en la que noche tras noche, nosotros, los transeúntes extranjeros, atendíamos docenas de gente. El nombre del lugar me lo reservo, no para mantener el anonimato de los personajes que aparecerán a lo largo de este texto, sino porque mi teoría es que esta historia transcurre de manera simultánea en todos los restaurantes de la ciudad, cada noche, cada día. 

Durante el primer semestre del año, trabajé todas las noches ahí, de 5 pm a medianoche, los sábados hasta las 2 am y los domingos de 11:30 am a 5:00 pm. De acuerdo con mi teléfono, que tiene una aplicación para contar los pasos, caminaba entre 18.000 y 20.000 pasos diarios. El periodo dejó de venirme el primer mes sin ninguna explicación aparente (o sea, no estaba embarazada), y como siempre había sido regular, me preocupé de más. Parece que el exceso de actividad física altera los ciclos menstruales de las mujeres. Después de 13 días de retraso, de escribirle todos los días a mi mamá que no me llegaba, y de probar todas las sugerencias de Yahoo respuestas, por fin me llegó. Todas las mañanas, los pies me dolían de forma insoportable, hasta que empecé a trabajar con medias de compresión.

En el restaurante, esos dolores se me curaban hablando con mis compañeros: tres bengalís, dos portugueses, una argentina, dos brasileras, dos brasileros, una nepalí, dos portuguesas, y yo. Pasar por la puerta, era como un reset. Todas mis penas se quedaban esperándome en la puerta hasta terminar el turno. 

Nuestras conversaciones en la cena, que tomábamos antes de abrir la puerta para los clientes, casi siempre versaban sobre el cerdo, la carne prohibida para mis amigos bengalís, que eran musulmanes. Una noche llegué un poco después que todos a jantar (que es cenar, en portugués, y como deliberadamente y sin pedirle permiso a ninguna real academia de ninguna lengua, ya incorporé en mi léxico cotidiano, me doy la licencia de usarla en este texto no académico que igual da lo mismo porque nadie me va a calificar este escrito). Los musulmanes ya habían comido lo mismo que yo iba a comer, porque si es apto para vegetarianos, es apto para musulmanes. Y yo que pruebo el primer bocado y siento el sabor inconfundible de la tocineta invadiéndome la boca. Separo como niña malcriada la comida, y pregunto como con vergüenza: “¿Esto es jamón?”. Que sí, que es. Y los bengalís entran en un estado de risa nerviosa y yo como mi abuelita cuando me quería convencer de comer carne, “Tranquilos, mis amores, no le vamos a contar a nadie”. Y nos entra una risa nerviosa que se nos cura cuando entra la primera mesa (o sea, el primer cliente, pues uno en un restaurante termina cosificando todo). 

Antes de percibirlo, de entenderlo, nos dimos cuenta también de que muchas de nuestras conversaciones giraban alrededor de nuestro estatus migratorio, de la angustia del vencimiento de la visa, o de la alegría de acabar de recibir la tarjeta de residencia. Todos con nuestras familias lejos, pensando en el día en que vamos a volver o en el día que fuimos por última vez a verlas. Todos con razones muy parecidas para quedarnos o para irnos.    

Con las chicas nos contábamos cosas casi siempre en portuñol, podcasts, noticias, pero, sobre todo, cosas nuestras, de la vida de todos los días.  Podíamos escribir una novela dividida en cinco partes, o cinco libros de no-ficción con nuestras vidas. La idea de un solo libro me suena bien porque el último capítulo podría ser la historia de cuando nos encontramos en ese lugar, que se reproducía como un fractal en medio de otras paredes de otros restaurantes lisboetas. Todos nuestros pasados compartidos, todos nuestros recuerdos lejos del lugar donde estábamos, todas las personas de las que hablábamos en el otro extremo del planeta. Todo nuestro futuro en otro lugar y un presente indefinido, desdibujado, con una vaga esperanza de un final, ahí, permanente y eterno.   

Imagen por Pixabay.

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