¡Alejeeein!

Por Lorena María Aristizábal, amiga de Alejo desde la Universidad.

“¡Lorelaaain!”, decía con un cántico, los ojos entre cerrados, las cejas hechas ave y las manos abiertas al lado del pecho como si estuviera haciendo un paso de samba.

“¡Alejeeein!”, le respondía yo con toda la felicidad que anticipaba su abrazo.

Nunca nadie volverá a saludarme así. Nunca nadie se llevará el recuerdo de ese sonido, de esa imagen que alegraba profundamente mi corazón.

Me enamoré de Alejein, como uno se enamora de los grandes amigos, hace casi 10 años. Fue en un viaje al norte de Colombia que comenzó por la Sierra Nevada de Santa Marta, pasó por La Guajira y terminó en las playas del Tayrona.

Nos juntamos en Taganga. Pasamos un sobrio 31 de diciembre con cena, un par de cervezas y cama a las 11 de la noche. Nos esperaban cinco días de caminata por la Sierra; esa era nuestra prioridad.

Nos levantamos muy temprano ese primero de enero absolutamente emocionados. Anticipábamos el esfuerzo físico de la subida, sabíamos de las incomodidades del camino, pero también intuíamos la majestuosidad de la recompensa. Lo que nunca previmos fue la suerte de contar con Miguel.

Si mal no recuerdo Miguel tenía casi 60 años, era un campesino de la Sierra y había llegado allí cuando aún era un niño. Iba con su hermano y su sobrino y fue nuestro guía y narrador durante los tres días de ascenso y dos de descenso en la ruta a Ciudad Perdida. Andaba con un machete y un burro y entre ambos cargaban el mercado de los 11 que éramos. Sabía dónde estábamos, anticipaba cada paso, recorría cada trayecto tres veces para no perdernos de vista y le halaba la oreja a su sobrino cada vez que podía para que entendiera que “un guía no se distrae”. Sabía en dónde y cuándo parar para rebanar la patilla con el machete directamente sobre su mano y devolvernos la vida.

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No exagero si digo que nunca antes, ni en los ya siete semestres que llevaba estudiando ciencia política, había vivido la historia del país como la vivimos gracias a sus narraciones. Don Miguel nos habló de los Franciscanos, y de los huaqueros, y de la marimba, y de los guerrillos, y de los paracos, y del Patrón, y de la coca, y de la cocaína, y de la resistencia de los hermanos mayores. Capas y capas de colonos, años y años de resistencias. Caminábamos durante 6 horas diarias casi sin parar y yo me recuerdo queriendo grabarlo todo, pegándome a su paso para no perderme media palabra, limpiándome litros de sudor y las lágrimas de la cara embarrada. Estábamos juntos en las montañas, territorio sagrado, con un sabio que nos regalaba la historia de su vida y de nuestra vida.

Miguel no paraba de hablar, pero era en las noches, cuando dejaba de faltarnos el aliento, que los monólogos se convertían en conversación. Y allí éramos nosotrxs, los demás, los que no queríamos parar de hablar. Interrumpíamos sus historias para hacerle preguntas, para contrastar nuestras teorías con sus vivencias, para poner a prueba su conocimiento sin quererlo, para sentirnos más ancestrales, más politólogas, más antropólogos que él.

Desde la primera noche noté que Alejo era el único que no hablaba. Exhalaba en silencio cada vez que oía nuestra voz y volvía la mirada al centro cuando quien retomaba era Miguel. Su silencio me obligó a callarme y recibí de Alejo el mayor regalo que me dio en su vida: la escucha. Podía decir mil cosas, pero Alejo era el único que entendía que allí todo su conocimiento era irrelevante, estábamos ante un cuentero, un mago parlanchín que podía enseñarnos, solo si escuchábamos atentamente, más de lo que cualquier libro o vivencia propia hubiera podido enseñarnos jamás.

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Muchas veces más en la vida vi a Alejo así, en un profundo silencio, escuchándonos a fondo, o escuchándose a sí. Era el gesto que evidenciaba la inmensidad de su humildad, de su empatía, de su espíritu ¿quién no se enamora de un corazón así?

Luego estaban Hans e Ina. Un par de alemanes como sacados de un cuento. Ella, con sus trenzas canosas y su copa menstrual que derramaba por las mañanas en el río como ofrenda, él, con sus bermudas, y su altura, y su cámara gigante, trepado en cuanta esquina riesgosa registrando cada detalle del recorrido. No, no eran pareja cómo presumimos. Ya adentrados en la Sierra nos contaron que vivían en una eco-aldea poliamorosa, en la que criaban hijos e hijas de manera colectiva y de la que cada tanto salían para quemar cultivos de Monsanto. Era enero de 2009. Su mundo era un escenario paralelo casi irreconciliable con ese que pisábamos y a la vez me producía la misma emoción y curiosidad que las historias de Miguel. Yo era esta nueva militante del feminismo que iba subiendo la Sierra alternando día de por medio la maleta mega pesada que unificó con su novio, porque era justo, y equitativo, y paritario, y debía probar su fuerza, su autonomía. Para rematar andaba en tremenda terapia de deconstrucción del ser celoso que había sido y el poliamor me sonaba a paraíso.

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Y he aquí el segundo regalo que me dio Alejo en ese viaje. Lo escuchó todo con la misma atención, lo comprendió, lo descartó. Alejo no había venido a este mundo a improvisar, no amaba para distribuirse tareas, no amaba para ser un puente más entre su ser amado y el mundo, amaba para amar. Otras muchas veces lo vi analizando cada nueva revolución en la que me inscribía, cada nuevo paradigma emancipatorio que le compartía, con todo el respeto y atención pero sin moverse un centímetro de sus concepciones, de su propio sentido ético, de su modo sereno y hasta conservador, en el sentido más amplio de la palabra, de ver el mundo. Era tan respetuoso como convencido. Y desde allí nos revolucionó a todxs, desde allí amó tan mágicamente a su hechicera como ninguna ecoaldea ha visto jamás.

Alejein, tengo muchos recuerdos de ti, también muchas deudas de recuerdos que no fueron porque me perdí. Te fuiste una noche a bailar conmigo “la tanguita roja” al muy precario bar Curuba en plena Caracas, porque sabías que necesitaba pasar con grandes dosis de aguardiente la tusa en la que estaba, aún cuando era uno de tus mejores amigos el ex novio en cuestión. Y entonces fuiste uno de los mejores amigos también para mí. Te recuerdo comiendo-gimiendo sushi y helado y perreando y leyendo las palabras más hermosas que he oído leer en un matrimonio a la más bella de las compañeras que pudiste tener. Te recuerdo mágico, hipnótico, hermoso, sonriente, introspectivo, profundo, amigo enorme, corazón enorme.

Me quedé con una noticia en la garganta, con un abrazo contenido en el cuerpo, con estas letras que espero te lleguen, pero sobre todo, me quedo con estos y tantos regalos invaluables que le diste a mi vida y a la de todos los que nos cruzamos con la tuya.

Me hace ilusión esta certeza de que te vas como los grandes, dejándonos lecciones, ofreciéndonos tu obra en la voz de las historias de un gran universo de amigos, para seguirte conociendo, para seguirte admirando, para enamorarnos más y no olvidarte nunca jamás.

Aquí sigues.

¡Alejeeein!

¡Lorelaaain!

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