Con cédula

Hoy cumplo 12 años de tener cédula, o sea, de tener licencia para beber alcohol en un lugar público hasta las 3 de la mañana y de ejercer mi derecho al voto.

He cambiado de cédula tres veces, y en todas ellas he aparecido con el pelo diferente: una vez recogido en una cebolla templadísima para que las orejas fueran visibles, en la segunda con el pelo suelto y medio largo, y en la última con el pelo cortico. Cuando mi mamá la vio me dijo que parecía un muchachito. La verdad es que es mi favorita, porque me recuerda  esos días en los que vendí mi abundante pelo por trescientos mil pesos que me sirvieron para pagar el último nivel de inglés que hice en la universidad para poderme graduar. Me costó casi seis años volver a tenerlo largo. Pero en ese margen de tiempo también me pasaron otras cosas más importantes que la longitud de mi pelo. No voy a hablar de ellas porque no vale la pena. A mí me gustan más las cosas banales y sinsentido que las importantes.  

Una vez fui a una fiesta a la que nos invitaron a una amiga y a mí dos tipos que conocimos el fin de semana anterior en otra fiesta a la que fuimos solas: ella conmigo y yo con ella. La fiesta era en una casa y con mi amiga quedamos en encontrarnos cerca, como a las 9:30 pm. Yo vivía lejos, y siempre que teníamos un plan como ese, me quedaba en su casa. Esa noche la llamé un poco antes. Me dijo que estaba en un matrimonio en La Conejera, que estaban saliendo y que llegaba a la fiesta. Entonces llegué sola. Era una celebración previa al Carnaval de Barranquilla. El dueño de la casa, al que había conocido el fin de semana anterior, me abrió la puerta. Me presentó sus roommates y me señaló la mesa donde debía dejar el trago que me iba a tomar. Fui a la cocina donde la mayoría de la gente se estaba conociendo, todos eran amigos de un amigo. Me fumé un porro con uno de los dueños de la casa, al que después le dije que no iba a tomar nada más que agua porque no quería cruzarme. Mi amiga me escribió que no alcanzaba a llegar y yo entré en pánico. Hice los cálculos de siempre: “Si la fiesta dura hasta el amanecer, puedo esperar dos horas, y me voy a mi casa”. Sin embargo, le dije al dueño de la casa que si podía quedarme porque mi amiga no alcanzaba a llegar. Me dijo que sí, que todo bien, que no había lío. Entonces empecé a relajarme, aunque no me tomé ni un trago de nada.

La fiesta estaba dividida entre los amigos-amigos, gente a la que se le notaba haber estado junta en otras ocasiones, y el resto, gente como yo: conocidos de conocidos. Uno de ellos se sentó a mi lado. Me preguntó a cuál de los dueños de la casa conocía. Nos reímos por la mezcla de gente. Éramos como doscientas personas en un apartamento. Me dijo que había vivido en Buenos Aires. Después se emborrachó y empezó a meterme las manos por debajo del vestido. Y yo con todas mis fuerzas le quitaba las manos de mis piernas. Me encerré en el baño media hora, hasta que alguien empezó a golpear la puerta desesperadamente. Me asomé y le dije que me estaba escondiendo. Era uno de los hombres a los que conocí en la cocina cuando llegué. Me preguntó que de quién. Le señalé a un man deshecho en una silla que se había quedado dormido. Salí al hall y había un grupo de gente que planeaba irse. Uno de ellos de me propuso que me les uniera. No los conocía, pero yo sólo quería irme. Luego el tipo al que había conocido en la cocina, que tenía pinta de ser el más respetuoso del mundo, me dijo que él iba también. Y ahí, yo acepté. Salí con ellos del apartamento. El edificio tenía dos ascensores. Mientras el otro subía, yo bajé en uno de ellos con tres hombres que hablaban de lo aburrido de la fiesta. Salimos del edificio y uno paró un taxi. Me dijo que me fuera con ellos porque los demás ya sabían a dónde llegar. Me fui con ellos.

Llegamos a un apartamento decorado al estilo Luis XVI, con sillas doradas tapizadas con una especie de terciopelo rojo con relieve de flores. Era de los papás de uno ellos que estaban de viaje. Nos sentamos alrededor de una mesa de vidrio, mientras de sus bolsillos iban apareciendo sobrecitos de un polvito blanco. Después uno les dijo a los otros que un Fulano lo estaba llamando para pedir la dirección de la casa. Era el tipo que yo había conocido en la cocina del otro apartamento. Todos se rieron, y uno sugirió que apagara el teléfono. Los tres eran amigos de la universidad o del colegio. Intenté adivinar, pero no di. Yo empecé a ponerme alerta y fría. Me ofrecieron vodka, whiskey, coca, porro, pepas. A todo dije que no, excusándome en mi estado de avanzada intoxicación, que era mi ópera prima en el mundo de la actuación.

Los oí hablar por un rato, fui a la cocina por agua del grifo. El dueño de la casa vino de detrás de mí y empezó a decirme que yo le gustaba mucho a uno de sus amigos. Yo me reí y él me besó. Volví a la sala con mi vaso lleno de agua, y después de tomármelo de un sorbo, pregunté si había un lugar donde dormir. El dueño de la casa, que me había besado en la cocina, me llevó al cuarto de huéspedes. Cerré la puerta con el pasador, y le escribí a mi amigo el de la fiesta. Me respondió: “¿Por qué te fuiste? ¿Te dio miedo mi pipí?”. Apagué la luz e intenté dormir. Un rato después oí una discusión en el corredor entre el dueño de la casa y uno de sus amigos, que le decía: “Marica, no le vaya a hacer nada, déjela tranquila”. El dueño de la casa decía que todo bien. No volví a cerrar los ojos hasta el otro día. Cuando empecé a ver la luz del sol, cogí mis cosas y salí sigilosamente. Dos de ellos estaban tirados en el corredor, por donde yo tenía que pasar. No sé cómo salí. Nunca le conté nada a nadie porque presumía de tener el mejor ángel de la guarda.

Esa noche también me salvó.      

 

Foto prestada por Leonardo López