Mi forma de ver el Agua

Todos los viernes después del trabajo, papi llegaba emocionado a entregarnos un regalo. Este  consistía en varias hojas de tamaño carta envueltas en plástico que íbamos  juntando a través de  entregas para formar la enciclopedia llamada “Mi Primer Diccionario”. Dentro del plástico también había un libro pequeño de tapa dura. No le ponía mucha antención a las hojas sueltas, para mí lo principal era el libro.

Papi nos lo leía acostado en mi cama. Solo la primera vez pude quedarme despierta hasta que, al terminar, lo acomodó en lo alto de un escaparate.

—Pongámoslo acá para que se conserve hasta que Carolina aprenda a leer –dijo, sin comprender el poder de sus palabras.

Sentí envidia de Karina porque ya sabía leer, faltaba mucho para ser tan grande como ella y poder entender las letras. Quería imitar a los hermanos Grimm y a Oscar Wilde. Por fortuna el cuento era ilustrado y, como no tenía paciencia para esperar a aprender a escribir, decidí que podía dibujar mis propias historias.

Seguía los cuentos a través de sus ilustraciones. Tristemente, veía cómo en invierno, poco a poco una golondrina desorientada que no emigró con el resto, despedazaba el lujoso vestido de un príncipe feliz, hasta morir de frío a su lado. Me saboreaba la boca con la casa de dulces de una bruja que atrapó a dos niños, sufría al ver a un pobre irlandés atado por una multitud de Liliputienses y quería ser una viajera como él o como Sinbad.

El mejor regalo llegó cuando tenía 8 años y ya leía bastante bien. Era un libro gordo, de tapa dura desgastada, hojas amarillentas y letra un poco más pequeña de la que estaba acostumbrada. Sus dibujos me parecían aburridos por carecer de color, pero papi me dijo que los libros ilustrados a color eran sólo para niños. Pertenecía a la biblioteca que él había saqueado de la casa de su tío Jorge  y se titulaba “Colección de cuentos de Hans Christian Andersen”.

Fue el primer reto de lectura larga al que me había enfrentado. De día, el libro descansaba debajo de mi almohada y de noche lo leía en la cama antes de quedarme dormida, que en verdad no era mucho tiempo.

El cuento que me tuvo en vigilia por varias semanas, tenía todos los elementos de supenso que me atraían en esa época: una princesa a punto de cumplir 16 años, una bruja poderosa, un príncipe torpe –que si no es por la princesa se hubiera ahogado en las primeras páginas del texto–, un reino bajo el agua y una cola de pescado de la cual la princesa debía deshacerse para poder estar con el príncipe.

La princesa, dueña de la voz más dulce de todo el océano, cede su voz a la bruja a cambio de un par de piernas de humano, que le duelen como si caminara sobre cuchillos pero que le permiten bailar con gracia y llamar la atención del príncipe.

Esta historia no termina bien; el príncipe tonto se casa con la mujer que su padre quiere para él y que además él cree que fue quien lo salvó de ahogarse. La princesa, muda, sin poderle explicar al príncipe que cambió su reino y su voz por un par de piernas, para poder estar con él, termina convertida en espuma de mar.

Frustrada con el final del cuento, pensé que papi tenía razón: los libros sin ilustraciones a color son para grandes. Pasaron varias décadas para poder entender lo que Hans quiso decirme: “No dejes tu cola de pescado y tu voz por un hombre que no sabe nadar. No te hagas invisible, no vale la pena”.

A pesar de que dejé de leer cuentos para niños, Hans y el trágico recuerdo de la princesa sin nombre siempre han estado presentes, porque en la vieja enciclopedia Salvat de mi casa, la primera hoja de uno de sus tomos, tiene una foto en tamaño de toda la página de la estatua de la sirena de Copenhague, como tributo a dos de sus más célebres ciudadanos: Hans y la princesa sin nombre, y cuando no existía Google y debía consultar algo, me detenía por un momento a observar la estatua de la princesa descansando plácida sobre una roca antes de cumplir 16 años.

La historia real fue matizada por los humanos, quienes le dieron un final feliz, limpiaron el buen nombre del príncipe y lo casaron con la ex sirena, quien con muchos analgésicos superó el dolor en sus piernas.

Felizmente, tengo la impresión de que un director de cine mexicano leyó el cuento del Danés y no la empalagosa versión de Disney y para mi tranquilidad, me regala un buen final. En su versión, después del desengaño, en lugar de convertirse en espuma de mar, la princesa se hace inmortal, viaja por el mundo y termina viviendo en Estados Unidos. Como ha perdido su estatus, consigue un modesto puesto de limpieza en un laboratorio militar en tiempos de la Guerra Fría. Se comunica a través de señas con dos amigos y en su cuello tiene las marcas de lo que fueron sus branquias. Cuando le preguntan por su origen, para evitar explicar que nació 150 años atrás y que su padre tiene un reino submarino, dice que fue adoptada al nacer y que desconoce su pasado.

En el laboratorio militar, conoce a un prisionero, una criatura proveniente del río Amazonas. Una especie de Dios, a quien en su tierra los nativos dejaban ofrendas sobre el agua.

El resto de la historia, es agua del río mezclada con mar…