La mujer del gran escote

Viajar es siempre un acto de valentía que trae consigo recompensas y desencantos. El viajero no solo va a su destino sino que también emprende un viaje en el cual su punto de llegada es aquel momento de sorpresa o enfado en el cual confronta su idea de un lugar con la realidad desnuda que este le ofrece.

Creo que en esta dinámica no existen zonas grises. Un lugar se desborda y colma las expectativas más allá de cualquier imagen preconcebida o permanece inmóvil, gris y árido sin tocar ninguna fibra del alma. Cualquier punto intermedio es un aeropuerto. Esta es mi visión de qué es un viaje.

Italia me ha tocado en lo más profundo. Nada en mí es igual desde que hace seis meses emprendí mi viaje hacia aquí y por obra y gracia de la Universidad de Salerno, y la concesión de una beca para adelantar estudios de doctorado en ciencias jurídicas, hice de esta mi casa y, más que esto, mi hogar.

No hay postal, revista de viaje, blog o película de Julia Roberts que anticipe en su verdadera magnitud lo que he oído, visto, sentido, tocado, olido y degustado. Las cenas en torno a una gran mesa repleta de platos, copas y ceniceros son puestas en escena de una sensualidad desbordante. La cercanía de las personas con su trato amable, su sentido del humor y su familiaridad acaricia el alma día tras día. ¿Cómo no morir de dicha si, además de todo, esta conjunción maravillosa de sabrosura tiene lugar a orillas del Mediterráneo?

Italia no es tímida, ni cauta, ni prudente. Es atropellada, voluptuosa, se ríe a carcajadas desde el primer momento que la conoces. Italia es una mujer con un gran escote, segura de sí misma, que se contonea en medias de seda y tacones rojos, para que el observador se deleite con cada uno de sus pasos.

Ahora bien, debo ser precisa. Italia no es una Italia, son muchas al mismo tiempo. Mi Italia es la del Sur, la de Nápoles, la de Salerno, la de Amalfi, la de Positano, la de Fisciano. Distinta a las otras en magnitud, relieve, color y ritmo. Ella es mi anfitriona y sus tiempos son los que marcan el ritmo de mi vida ahora.

Durante el invierno miraba las pequeñas calles de Penta, el pueblo donde vivo y me preguntaba con gran curiosidad: ¿dónde está la gente? ¿Por qué no hay nada abierto? ¿Por qué no veo niños en los parques, ni perros en las calles? ¿Qué hace la gente todo el día? ¿Hay gente? Sin respuestas, volvía a mi dormitorio.

A finales de febrero se me ocurrió que la Italia de las medias de seda estaba tomando una merecida siesta para renovar sus fuerzas y así reiniciar su contoneo maravilloso seduciendo por igual a colombianas desprevenidas y a japoneses de bermudas blancas. Yo había sido solo una testigo ansiosa de sus horas de letargo. Digo ansiosa porque me tomó algunos días desinstalar el programa operativo que había estado encargado de coordinar mis acciones diarias durante al menos 10 años. En él no había cabida para el no hacer, para la pausa, para el silencio.

Debo ser honesta, más que una desinstalación premeditada, lo que se presentó fue una suerte de corto circuito. Existía una incompatibilidad fundamental entre lo que yo pretendía hacer y lo que el nuevo entorno me permitía. Mis planes y tiempos eran disonantes, hoy digo con convencimiento que eran ridículos.

Al presenciar de primera mano cómo la Mujer del gran escote poco a poco se ponía en pie y se preparaba para su eterno desfile veraniego, entendí que la estacionalidad no es solo un baile climático, sino que bien podría constituirse como un derrotero emocional para el quehacer no solo investigativo de una doctorante incipiente, sino para el deber más grande de todo ser humano: vivir.

En el Sur de Italia se vive porque es obligatorio hacer una pausa. Una o varias, no importa el número. Lo obligatorio de la vida transcurre entre los momentos de descanso, entre las comidas, entre los cafés con los amigos, entre las siestas. El ritmo es otro y la tonada principal la compone la admirable capacidad de priorizar lo más dulce, bello, bueno y gozoso de la vida antes que cualquier otra cosa.

En invierno y en los momentos de reposo en la primavera y el verano, las casas y los negocios se cierran, todos parecen volcarse hacia el descanso, hacia el hogar, hacia sí mismos. Como la Bella de la siesta, necesitan recuperar fuerzas para continuar con su danza por la existencia, riendo, cantando, comiendo pizza, tomando café y limoncello.

Este no es entonces un destino para aquellos que buscan minimercados abiertos las 24 horas, centros comerciales multitudinarios, asepsia clínica para combatir sus fobias, austeridad espartana para auto-convencerse  de que están siendo estudiantes juiciosos o para aquellos que siempre nostálgicos de su hogar, buscan desesperadamente encontrar su plato típico, un compatriota que hable su mismo idioma o un cine en el cual se proyecten películas en su idioma original. Si busca  algo de eso, no le sugiero venir a mi casa.

Mi nuevo sistema operativo “made in” Italia está funcionando a la perfección. El afán, las pretensiones multitasking y el estrés los envié de vuelta a Bogotá por DHL y espero contar con la fortuna suficiente para que se pierdan en el camino. Ya no hacen parte de mi vida, no los necesito. Los cambié por libros de filosofía política y filosofía del derecho en los que me sumerjo todos los días y nado a mi propio ritmo mientras disfruto los rayos del sol y proyecto la que espero sea una investigación revolucionaria. Necesito que así sea. Quiero estar a la altura de una guapa mujer de escote y tacones rojos que hace algunos meses me dio la mano y me acogió en su seno.

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“Cuando un forastero viene al Sur llora dos veces: cuando llega y cuando parte”

Izquierda: publicación universitaria: “Quién no trabaja no hace el amor”. Derecha: doctorante feliz. Laboratorio Kelsen Universidad de Salerno.

En el Sur de Italia lo obligatorio de la vida transcurre entre los momentos de descanso, entre las comidas, entre los cafés con los amigos

 

 

 

 

 

Un comentario en “La mujer del gran escote

  1. Brutal Profe, no esperaba menos.
    Gracias. Por compartir con nosotros tu viaje; el que se hace nuestro en la lectura.
    Espero que los Peces nos traigan más de ti, de tu conocimiento y creatividad.
    Con apreció, Ana Joaquina.

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