Contra todos los pronósticos, ¡pasé!

El colegio en 11 grado solo nos llevó a las ferias universitarias de los Andes y la Javeriana. Las demás universidades incluyendo las dos anteriores, fueron un día al colegio y ofrecieron muchos programas, yo estaba tan desubicada que oí el programa de Diseño Industrial de la Javeriana, el de Administración de Servicios de la Sabana (porque me habían dicho que era más fácil que Administración de Empresas), el de Mercadeo y de Biología Marina de la Tadeo, el de Derecho del Rosario, el de Relaciones Internacionales del Externado y finalmente el de Literatura, Ciencia Política y Matemáticas de los Andes. ¡Sí, de repente me gustaron las matemáticas y, cómo no, si el que presentaba el programa era un mega churro!

A los 16 o 17 años es muy difícil decidir lo que uno hará el resto de la vida, es una decisión compleja que en ese momento es casi imposible de dimensionar. Yo no tenía idea qué quería estudiar, pero sí tenía claro en dónde quería hacerlo, así que un día, junto con dos amigas, Diana y Angélica, decidimos ir a una de las universidades que no había hecho parte de las ferias: la Nacional. Ese día las tres, acostadas en el pasto mirando al cielo y agarradas de las manos, prometimos que pasaríamos y estudiaríamos ahí. Decíamos con ilusión: la Ingeniera Mecánica, la Bióloga y la Politóloga de la Nacional.

Mis papás no querían que yo estudiara en la Nacional; a mi papá le daba miedo que a su niña mimada le pasara algo en alguna de las protestas, o en el último de los casos, me atrasara si suspendían clases. A mi mamá le daba miedo que me volviera más rebelde, peleona o incluso “degenerada”. Recuerdo que, en alguna ocasión ya estudiando en la universidad, mis papás me hablaron de su preocupación por la marihuana, yo les hice un pequeño resumen del ambiente adolescente y de plata no universitario: drogas, fiestas, mucho alcohol, más drogas, fiestas en el peñón, los after parties, etc, y al final les dije que el tema de la marihuana que rodeaba a la universidad era lo más insignificante que yo había visto, en comparación con otras cosas.

Yo sólo me presenté a la Nacional, no quería estudiar en ninguna otra. Mi mamá me decía que debía tener un plan B y yo le respondía que mi plan B era la Nacional. No sé cómo pero no me obligaron a presentarme a ninguna otra universidad, quizás pensaban que me quedaría seis meses sin estudiar y que luego me presentaría a otras universidades. Aunque mi mamá no quería que estudiara ahí, fue ella quien me inscribió, me dijo que se estaba acabando el plazo y debía escoger una carrera para presentarme; le dije que Ciencia Política, ella me preguntó que qué era eso, yo le respondí que no sabía, pero que se oía chévere y que me veía en esas dos palabras, además que había conocido a varios politólogos de la Nacional en un taller de Jueces de Paz organizado por mi hermano y que esa carrera me llamaba la atención.

Un día después de la excursión del colegio llegué insolada y trasnochada al edificio de Química a presentar el examen, me fui sola y fue la primera vez que cogí bus, mi mamá me dijo que, si ya había tomado la decisión de estudiar en la Nacional, debía aprender a moverme sola. Ese día cogiendo bus empecé a “crecer”, y puede que suene ridículo para muchas personas, pero para mí no lo era porque vivía en una bolita de cristal. Recuerdo que yo quería que el bus del colegio me recogiera y me llevara a la Nacional, así como había pasado el día del ICFES; ¡Sí, un bus del colegio me recogió en la puerta de mi casa para llevarme a presentar el ICFES! Nos inscribieron en Chía para que no tuviéramos que ir a ningún barrio lejano de Bogotá, y la rectora nos regaló en una cartuchera con un lápiz No 2, un borrador, un tajalápiz y una bolsa de chocolates M&M’S para darnos energía. El mismo bus que nos recogió en la mañana nos esperó para llevarnos a Centro Chía a almorzar y al final del día nos llevó a las casas.

Esa era mi bolita de cristal, tan de cristal que tuve hasta matrícula condicional por haber llegado un día caminando al colegio con Pilar y María Paula, luego de que nos dejara la ruta. Mientras caminábamos por el Club el Rancho nos dio por “echar dedo”, y el primer carro que paso fue el de la secretaria general. ¿Cómo era posible que unas niñas se fueran caminando y además “echaran dedo”? Nuestra responsabilidad era llegar al colegio, sin importar cómo, por supuesto esa no era lo importante para ellos, sino “nuestra seguridad y bienestar”.

Recuerdo dos cosas del día del examen de la Nacional, la primera, que en el salón todas las mujeres se llamaban Carolina, eso me hizo pensar que nos habían organizado por nombres, aunque creo que eso solo me pasó a mí, y segundo que, a pesar de mis nervios yo me repetía una y otra vez que iba a pasar, que no importaba que nadie diera un peso por mí, ni que mis notas del colegio fueran pésimas o que mi ICFES no hubiera sido el mejor.

A pocos días del Prom, Katherine, una amiga del colegio me llamó y me dijo que por Internet habían salido los resultados del examen y que mi código no aparecía, llorando yo le decía que no era posible, que yo estaba segura que había pasado, y ella me contestó que sólo tres compañeras lo habían logrado, mis dos amigas de la promesa y ella. ¡CA-SI-ME-MUE-RO! Me sentí frustrada, supe que los demás tenían razón y que efectivamente yo jamás habría pasado a la Nacional. En medio de las lágrimas decidí no ir al Prom, ya no buscaría más vestidos, o más bien, no pediría vestidos prestados; prestados porque unas semanas antes, hubo un comité de padres dirigido por la rectora al que tuvo que ir mi mamá debido a mis malas notas, por supuesto ella me castigó y no me mandó a hacer el vestido. Que a una adolescente no le manden a hacer el vestido del Prom es una tragedia, pero a mí no me importaba, solo me importaba pasar a la Nacional.

Una hora después de recibir la espantosa noticia, Katherine me volvió a llamar, me dijo que seguían cargándose los códigos y que aparecía el MÍO, mis lágrimas se volvieron de felicidad ¡Había pasado a la Universidad Nacional! Mi mamá me abrazó y me felicitó; creo que ella me vio tan mal ese día que se sintió igual o más feliz que yo. Hoy en día mis papás dicen con orgullo que estudié en la Nacional.

Al entrar, muchos compañeros me cuestionaron por haberme presentado, ya que yo tenía la posibilidad de pagar una universidad privada, me decían sin ofenderme, que yo era “una niña gomela” que le había quitado la posibilidad a alguien de entrar a la universidad, porque muchas personas no tenían los recursos para pagar otra, mientras yo sí los tenía. Algunas veces me sentí mal, pero al final siempre me preguntaba y les preguntaba, por qué yo no iba a estudiar en la universidad en la que soñaba hacerlo. Además, yo aclaraba que mi matricula era la más alta, por tanto que pagaba lo que debía ser y que no le estaba quitando nada a nadie; generalmente las personas lo entendían y dejaban de hablar del tema.

Mi única elección siempre fue estudiar en la que yo consideraba la mejor universidad del país, y no solo por el nivel académico, sino porque sabía que solo ahí aprendería cosas que en otra no lo haría y así fue; estudié Ciencia Política en la Universidad Nacional de Colombia, luego de haber salido del colegio que me dio las bases académicas para pasar y para mantenerme en un buen nivel sin tanto esfuerzo y estrés, por lo menos no como lo había sentido en el colegio. Sí, soy una privilegiada, pocos tenemos la posibilidad de estudiar en uno de los cinco mejores colegios privados del país y luego entrar a la mejor universidad, que además es pública.

En la Nacional conocí a personas maravillosas, brillantes y comprometidas, me dejé descrestar con la inteligencia ajena y aprendí no solo a ser una persona crítica y consciente, sino también a que las fotocopias se prestan, que el pasaje del bus se puede invitar, que el almuerzo se comparte y que solo los besos deben taparme la boca.

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