La sangre del cabildo

“Benignísimo Dios, de infinita caridad, que tanto amasteis a los hombres, que les disteis en vuestro Hijo la mejor prenda de vuestro amor (…). En nombre de todos los mortales, os doy infinitas gracias por tan soberano beneficio. En torno a él os ofrezco la pobreza, humildad y demás virtudes de vuestro hijo humanado (…)”.

El 16 de diciembre de 1991, a pocos días de promulgada la Constitución que hoy rige a Colombia y en el primer día de celebración de la novena de aguinaldos, el nombre de “Nilo”, que podría ser atribuido al inmenso río africano, cambió para siempre en la historia de este país. En una hacienda del norte del Cauca, en las estribaciones de la cordillera central, tierras donde Quintín Lame y Juan Tama vivieron, ocurrió una terrible masacre de indígenas Nasa, perpetrada por particulares con colaboración activa de miembros de la fuerza pública (dos personas que ostentaban, para ese momento, los grados de Mayor y Capitán dirigieron activamente la operación).

Los nombres de esas veinte personas, entre hombres, mujeres y niños retumban entre los párpados mientras se lee sobre cada una de las etapas previas y posteriores al múltiple crimen. Ese, leer, no es el único contacto físico que se puede tener con esta historia, empero ha sido la forma como me he acercado a ella. Me sacudió la celebración previa de la novena de aguinaldos por parte de los perpetradores, la entrega de regalos que hicieron a niños y niñas de Santander de Quilichao -quizás como coartada-, la citación a los indígenas para hablar de las mejoras que por cuatro años habían realizado en una finca recién comprada por el autor intelectual de la masacre; su entretención hasta entrada la noche y la manera como los acostaron en línea para después ejecutarlos.

No sólo la connivencia entre estos “agentes de la Ley” y un propietario de tierras y agroindustrial de apellido Bernal Seijas llaman la atención; también las medidas adoptadas para intentar ocultar lo ocurrido, que muestran un despliegue burocrático para lograr la impunidad; la manipulación de la información para esconder a los perpetradores; el lento despliegue de la justicia penal militar y los hechos violentos que continúan hoy en día en esa zona. Tanto así que la semana pasada murió un gobernador indígena de Santander de Quilichao, baleado por un sicario y el crimen podría relacionarse con los conflictos sobre el territorio.

Con todo, el ejemplo de resistencia de estas comunidades que continúan organizadas, luchando por la tierra y reivindicando la sangre que ha caído durante estas disputas, también es un motivo de empeño, de concentración y de enseñanza, pues son muchas las personas anónimas que entregan la vida, el tiempo y su trabajo para lograr lo que consideran un mundo mejor. La resistencia se levanta entre la sangre de los muertos, entre las gotas derramadas en el Cabildo para servir de ejemplo a los que aún estamos y, como dice Manuel Zapata Olivella: a los que creemos que la lucha del muntú no ha terminado, ni ha sido derrotada en esta tierra. Quizás se trata de un llamado, un grito de esperanza y resistencia, que viene de los que dejaron su huella. En todo caso, recordar que este nombre: Nilo; ese lugar, esa hora aciaga y esas personas existieron es vital para aferrarse a la resistencia frente al tedio de una violencia fratricida que no ha descansado por décadas. Qué ofrecer frente a ellas: continuar con el trabajo, el respeto y el amor a todos los anónimos caídos.