Karolinka en Polonia. Auschwitz sobrevive

Hace unos años, en un mes noviembre, estuve unos diez días en Polonia con mi amiga Choi de la República de Corea. Polonia es un país maravilloso y los polacos, aunque parecen ser fríos y serios, no lo son, ni los menos 15ºC de ese momento los volvió fríos, es más, son los europeos (no latinos) más cálidos, amables y aseados que he conocido. Esto por supuesto lo digo desde mi experiencia, no sólo por los días que estuve allá, sino porque durante los dos años que viví en Londres, estuve rodeada de personas de muchos países, especialmente polacos, hoy en día algunos de ellos siguen siendo grandes amigos.

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Cracovia, antigua capital polaca, está llena de historia y cultura. El Castillo de Wawel; la catedral de San Estanislao; la leyenda del dragón; el río Vístula y Kazimierz; el barrio judío; a plaza del Rynek; la librería Matras, la más antigua de Europa (1610); la Universidad Jaguielónica (Uniwersytet Jagielloński); la comida y hasta el frío de aquel momento, hicieron de esa ciudad un encanto particular para mis sentidos. En ese momento me quedó claro porqué era la ciudad polaca favorita de los nazis, los cuales después de su invasión, la mantuvieron intacta y se instalaron en ella, mientras destruían y bombardeaban a Varsovia.

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A 60 km de Cracovia se encuentra Oświęcim, ciudad polaca que, en 1939 fue invadida por el Tercer Reich; desde ese momento se conoce con el nombre en alemán de Auschwitz. Tengo la imagen de una ciudad oscura y triste en la que aún se siente la presencia de Auschwitz y Birkenau, ese reflejo de la utopía atroz de la que hablaba el visionario Kafka en sus novelas. La utopía atroz se volvió realidad a través de un proyecto casi impensable y cruel, el campo de concentración creado por los nazis en abril de 1940 para prisioneros políticos polacos, que terminó convirtiéndose en el campo más grande de exterminio y de trabajo inhumano hacía judíos, gitanos, homosexuales, prisioneros de guerra soviéticos y ladrones de toda Europa.  Los prisioneros atravesaban diariamente la entrada al lugar, cuya puerta tiene una frase sarcástica: “Arbeit macht frei”, que quiere decir “El trabajo hace libre”. A pesar de que cada rincón del lugar es frío, lúgubre y fúnebre, en aquella entrada sobresale la resistencia de los prisioneros, pues fueron ellos mismos quienes tuvieron que construirla, dejando la “b” de “Arbeit” al revés.

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Las personas cercanas a mí, saben que hablo bastante, sin embargo, en aquel viaje experimenté algo completamente nuevo para mí. Durante mi primer día fui al museo Auschwitz Birkenau, allí además de sentir por primera vez un clima casi insoportable, me enfermé de frio y también de realidad; mi cuerpo se resintió y se resistió ante mí, ante mi existencia, mi individualismo y descuido por el otro. Aquel día, mientras caminaba por el campo, mi imaginación fue más allá de lo normal, sentí el hambre, el trabajo pesado, los experimentos genéticos, las cámaras de gas, los ácidos y las ejecuciones masivas. Mi cuerpo y mi mente reaccionaron ante las condiciones del ambiente y del clima. Temblé, sudé, tuve escalofrío en medio de menos 15ºC, y hasta llegué a vomitar durante varios minutos en uno de los bloques donde se expone el pelo de los prisioneros, con el que los nazis fabricaban abrigos, a quienes rapaban cuando iban, sin saberlo, a las cámaras de gas.

Desde ese momento y durante los siete días siguientes, no pude pronunciar una sola palabra pues de mi boca sólo salía vomito de agua congelada. Sentí por una semana entera como la realidad y la imaginación se enfrentaban la una a la otra. Estaba tan afectada emocionalmente que hasta pensé en la posibilidad de adelantar el tiquete y regresar a mi cotidianidad londinense, pero ni siquiera pude llamar a averiguar cuanto me costaba el cambio, y mucho menos pude comunicárselo a mí amiga Choi. Sentí como me quedaba sin habla, mientras mi cabeza gritaba.

Rápidamente volvimos a la colina de Wawel, hoy conocida como Cracovia, la Ciudad de la Literatura según La UNESCO. Nos faltaba conocer al dragón de la cueva de Wawel, así como a poetas y escritores de la cuna de la cultura polaca. Presencié por pocos días como ese enorme dragón se devoraba los arboles congelados, y no a los ciudadanos como decía la leyenda[1]. Pensé que me encontraría por las calles a la escritora premio Nobel en 1996, Wislawa Szymborska (1923-2012), o al fantasma del escritor Czeslaw Milosz (1911-2004), también premio nobel en 1980, pero no, fue más fácil encontrarme al dragón.

Días después volví a Londres y mis amigos polacos me contaron que un zapatero llenó de azufre la piel de un cordero y que el dragón se la comió. A este le dio tanta sed, que se bebió toda el agua del rio Vístula y explotó. Menos mal alcancé a conocer el río, porque amo las ciudades con ríos.

[1] Dice la leyenda que muchos siglos atrás, en la colina de Wawel, hoy Cracovia, vivía un dragón feroz. Los hombres más valientes habían intentado vencerlo, pero todos morían. Finalmente, el rey anunció que quien fura capaz de acabar con el dragón, se casaría con su hija y heredaría el trono. Sin embargo, esto no fue posible. Un día, el zapatero Krak, decidió llenar de azufre la piel de un cordero, dejándolo a la entrada de la cueva del dragón. A este le dio tanta sed que se tomó el río Vístula y estalló. El zapatero se casó con la hija del rey y el pueblo adoptó el nombre de su héroe. Hoy la antigua capital de Polonia es conocida como Cracovia (Kraków).

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