La verdadera bruja

Estábamos felices, tal vez yo más que ella. Teníamos maquillaje de niños, había organizado un viaje de trabajo para pasar ese fin de semana en Medellín y llevaba el clásico del Mago de Oz para verlo juntas.

Lupita se disfrazaría de bruja a pesar de que en el colegio le habían enviado una carta a mi hermana pidiéndole a los padres que vistieran a sus hijos de personajes que representen valores como por ejemplo un médico y evitar disfraces discriminatorios como indio; violentos como los superhéroes quienes resuelven los conflictos por la fuerza; o de arquetipos como la bruja que representa la maldad. Teníamos todo: el disfraz, el maquillaje, la película y la cacería de brujas.

Mi hermana no solo había comprado el traje meses antes, sino que Lupita no veía la hora de ponérselo. Sólo una institución tan perversa como la inquisición tendría el valor de hacérselo cambiar por un traje de enfermera.

El 31 de octubre, que era Lunes día de colegio, Guadalupe se levantó media hora más temprano, para alcanzar a arreglarse. Habíamos elegido entre las dos el maquillaje de Jack Sparrow, que consistía en una terrorífica araña de seis ojos que, sobre la cara de una niña de seis años, nunca alcanzó a asustar a nadie.

La acompañamos hasta el salón de clase en caso de que tuviéramos que mediar con la profesora y tristemente nos dimos cuenta de que varios niños no llevaron disfraz, ya que sus padres, temerosos de incumplir la regla, prefierieron enviar a sus hijos con su uniforme en lugar de vestirlos de maléfica o de momia.

Nos volveríamos a encontrar a las seis de la tarde, después de que Lupita asistiera a varios eventos sociales y yo regresara del trabajo.

La maquillé de nuevo, esta vez su cara era verde, como la inolvidable bruja del este del mago de Oz.

Sentí lástima por su pequeña cesta de dulces. En nuestros tiempos, Karina y yo debíamos llevar bolsas de reemplazo porque una sola no nos alcanzaba y llegábamos a la casa a competir por quién tenía la bolsa más pesada. A ella parecía no importarle, de hecho, me sorprendí cuando rechazó una colombina, argumentando que ya tenía una igual. Ni Karina ni yo hubiéramos hecho eso cuando niñas, ni siquiera despreciábamos los confites de anís que comíamos en diciembre, cuando nuestras arcas estaban a punto de vaciarse.

Lupita en su papel de bruja hacía gestos con su rostro y lanzaba hechizos a los demás niños, hasta que le pedí que dejara de hacerlo porque ella no era la bruja del este, la verdadera bruja del este era yo.

Envalentonada con su disfraz, me retó a asustarla para comprobar mi verdadera identidad. “Asústame, asústame”, gritaba por los pasillos del centro comercial.

Traté de desviar el tema, pero ella seguía retándome. Entonces, no sé si mi ego, o la bruja malvada que me habita o los dos, se apoderaron de mí, transformando mi rostro, levantando mi pecho y con la arrogancia de la más malvada de todas las brujas, le dije en tono cínico: “Mañana debes ir al colegio y no has hecho la tarea”.

El efecto de mi conjuro fue más fuerte de lo que imaginé, la niña se tiró al suelo, se tapó la cara y empezó a dar patadas y gritos de desespero.

No solo comprobé que soy la verdadera bruja del este, sino que soy una bruja inexperta que no mide el poder de sus hechizos y no sabe con quién usarlos. Solo el poder de una bruja buena como mi hermana, contrarrestó mi sortilegio y calmó a la niña.

Esta semana, soñé con una bruja pálida y vieja. Reconocí en ella a la bruja malvada que habita dentro de mí, a la que desterré hace un año pidiéndole que no volviera nunca más. Ella nunca se fue, no puede hacerlo, es parte mía. La bruja sólo se escondió, se arrugó, perdió práctica y la tristeza de su destierro la envejeció, otorgándole ese aspecto de vieja fea y pálida que solo se atreve a salir en mis sueños.

Recordé, unas líneas de un libro que leyó mi hermano, tal vez de Tomas Mann, en el que el autor nos insta abrazar nuestra sombra: esa parte oscura, y vergonzosa nuestra, que siempre ocultamos, pero que hace parte de nosotros y nos identifica tanto como la que mostramos al mundo. ¿Que sería de la luna, sin la cara que nunca le muestra a la tierra?

Qué bueno es cuando esa bruja grácil, orgullosa, poderosa y seductora se apodera de mí para decirle en tono calmado y arrogante a un jefe abusivo que se joda, que no puede lastimarme, porque tengo los poderes de mis ancestras.

Hace unos meses, en las noticias hablaban de un grupo cerrado de Facebook, una red de mujeres, dónde ellas preguntan cualquier cosa y obtienen la respuesta y la solución inmediata por parte de otra integrante; también comparten sus experiencias con productos del mercado o incluso piden un libro del álgebra de Baldor para su hijo, algo así como una bola de cristal moderna.

La polémica se dio porque una mujer que fue expulsada declaró ante la prensa que en dicho aquelarre tenían el poder de vetar productos en el mercado, hasta arruinar a la compañía distribuidora.

Aunque la fundadora del grupo desmintió dichas acusaciones, estoy segura de que ellas sí tienen el poder de bajar las ventas de un artículo en el mercado y no en un sentido negativo: ¿Qué más poderoso que una red de mujeres intercambiando opiniones sobre algo? Más bien, si se quiere tener un producto exitoso, el fabricante debe cumplir con estándares de calidad y un buen servicio postventa, en lugar de intentar callar a un grupo de mujeres que intercambian opiniones.

Está situación me remite a los tiempos de la Inquisición, cuando se quemaban a mujeres como ellas para silenciarlas, reconociendo el alcance de su poder y llamándolas BRUJAS. Cuando se le concedió a la bruja el arquetipo de un ser amargado, al cual he aprendido sistemáticamente a rechazar.

Gracias a ese miedo ancestral, de ser comparada con un ser feo y arrugado, desterré a la verdadera bruja y cambié el traje estereotipado por un disfraz inmaculado que represente valores de bondad o sumisión.

Ahora recuerdo la escena de hace un año con orgullo: Lupita entrando al salón de clase con su traje y su sombrero, escoltada por dos brujas mayores, mostrando con tanta naturalidad su lado oscuro.

Una sola vez al año en Halloween no es suficiente, a partir de ahora, permitiré que mi verdadera bruja salga y se porte “mal” para que practique y pierda su torpeza.

*Texto e ilustración por Alejandra Daguer

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