El guerrero y la hechicera

1

El deseo de seguir viajando por el mundo se hizo tan fuerte, tan irresistible, que Caro tuvo que armar maletas y entregarse a él. Las distancias con Europa, África y Asia se acortaban ahora que tenía los pies en Londres. Vendrían días difíciles como inmigrante –lo sabía–, pero el viaje lo valía. El mundo lo valía. También el contacto con otras culturas, el derrumbe de las barreras del lenguaje, de la torre de Babel. Era marzo de 2008.

Caro no recuerda o no acepta o no sabe, pero se fue pensando en el amor. “Osquítar, léeme El amor es una droga dura”, me dijo antes de partir. Y eso hice. En su muro de Facebook, a medida que avanzaba en las páginas del libro, le devolví a pedazos la historia que ella había perdido con un préstamo. Le escribí:

“El enamorado sólo desea hablar de amor; cualquier otro tema le parece insoportable, superfluo, vano e irrespetuoso”.

“Sólo se enamoran aquellos que creen que algo les falta, y lo fantasean en otra persona”.

“¿Era necesario conocer, para amar, o amar era la única forma, inconsciente, de conocer?”.

Y Caro –se lo podrán imaginar ustedes– enloqueció en la distancia.

2

La Feria de las Flores fue la excusa perfecta para irnos de fiesta. Alejo, Pacho, Juan Camilo y yo nos fuimos para Medellín en el carro que le pedimos prestado a mis padres. Montamos en metro y metro cable, bebimos cerveza por las calles, nos dejamos encantar por el acento de las paisas.

El fin de semana siguiente, con los ánimos todavía encendidos, quedamos en celebrar el cumpleaños de Alejo. Antes de salir, encontré un mensaje de texto en el celular: “Oscarín, no me siento bien. Tengo vértigo. Cancelemos la celebración. Puede avisarle al resto?”. “Claro Alejo. No hay problema. ¡Mejórese hermano!”.

Y entonces vino la hospitalización. Era agosto de 2009.

3

Caro se enteró, desde luego, en la distancia. Los silencios de Alejo al otro lado del teléfono le confirmaban la seriedad del asunto. Lo empezó a llamar a diario; empezó a ser su soporte, su fuerza; ella, quien siempre había sido su amiga, ella, quien siempre había estado a su lado.

Escuchar su voz día a día, recordar historias del pasado e inventar encuentros posibles en lugares imaginados, sentir impotencia por no poderlo ver, abrazar, tocar, generó un revolcón emocional en Caro que la llevó a preguntarse algo que había evitado: “¿Qué siento por Alejo?”.

Y entonces comprendió lo que todos sabíamos: que siempre lo había amado.

4

–Alejo, me propusieron matrimonio –escribió Caro.

–Si te casas nunca podremos saber si podríamos haber estado juntos –respondió él.

Alejo la sorprendió, pues nunca habían hablado abiertamente de la posibilidad de una relación entre los dos, a pesar de 7 años de amistad.

Caro retornó al país en busca de respuestas, acortando un viaje que podría haber sido más largo si su relación con Alejo no se hubiera estrechado tanto durante los últimos meses. Era enero de 2010.

El día en que Caro volvió a ver a Alejo se lo rumbió, así, sin más. Él quedó choqueado, al igual que cuando ella le preguntó: “¿Qué va a pasar entre los dos?”. En esa ocasión no hubo respuestas por parte de él.

La firmeza de Caro en el deseo de iniciar una relación y la posibilidad de perderla, de que ella le dijera “Sí” a otra persona, llevaron a que Alejo le diera una oportunidad a la relación, a ella, a sí mismo.

Y entonces comprendió lo que todos sabíamos: que ella era para él y él, para ella.

5

La vida en pareja no ha sido fácil.

A ella la alteran la terquedad y la pasividad de él; a él lo alteran la impaciencia y la intensidad de ella.

Ella todo lo quiere hablar, desmenuzar con detalle. Él prefiere callar, pasar la página.

Estos descontentos del día a día son asuntos menores cuando se les compara con lo que significa el uno para el otro.

A Caro la enamora la fortaleza de Alejo y su deseo permanente por ser una mejor persona, por cambiar, por crecer. La enamora su nobleza, su apertura emocional, la mesura en sus palabras.

A Alejo lo enamora la pureza de Caro, su capacidad de observar, de ayudar y entregarse al otro, de imaginar lo imposible y hacerlo realidad. De cumplir sus sueños.

Para Alejo, ella es su fortaleza, su hechicera, quien convierte en extraordinarios sus días normales. Para Caro, él es su todo, su guerrero, quien le ha enseñado a ver la vida con otros ojos.

6

Hoy, Alejo y Caro no se han prometido amor en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad, en el empleo y el desempleo. No.

Hoy, ellos ratifican una promesa de amor hecha realidad desde hace muchos años. Una promesa confirmada en la cotidianidad del hogar, en la novedad de los viajes, en la superación –juntos– de los obstáculos que la vida pone en el camino.

Alejo y Caro son un ejemplo de que sí se puede, para ustedes, los enamorados, y una prueba de que hay esperanza, para nosotros, los que seguimos en la búsqueda.

¡Larga vida, amor y viajes para ustedes!

*Texto por Óscar Iván Pérez H.

 

2 comentarios en “El guerrero y la hechicera

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