Suculenta

Por Alejandra Daguer

A mi abuela le encanta el chocolate, el agua de panela, el azúcar y los postres. Cuando yo era niña subía todos los días a presenciar la ceremonia de la mezcla del chocolate con el aguadulce. Que más que ceremonia era una argucia suya para hacer rendir el primero. En su casa siempre había de ambos y en el almuerzo podíamos escoger de sobremesa entre aguapanela o dar una vuelta a la terraza.

La terraza, ese paraíso de luz, el lujo que se pueden dar las casas construidas en la montaña, con vistas a todo el barrio, al morro, a los tejados. Una plancha de cemento tan fértil que entre el tejado crece una solitaria suculenta de diminutas flores en forma de campanitas, cuyas semillas las esparcen los pajaritos que vienen a comer el banano que les deja mamita. 

“¿Ya viste el tomate que nació?”, me pregunta ella a modo de invitación y subimos a la terraza donde hay plantas en un balde o en una olla metálica vieja y hundida. Me muestra el pimentón, la tomatera, la orquídea que parece una zapatilla de ballet. 

 –Mirá, estos son los lacitos con los que se amarra y por aquí es por donde la bailarina metería el pie –me dice tomando la flor con delicadeza y cuidando que yo no la vaya a tocar.

En cada visita, me llevo algún piecito, una raíz, una mata dentro una bolsa.

 –Esta no es sino que metás una hojita en tierra y te pelecha. Me la dio Doña Pola una vez para que me hiciera una infusión que me curara yo no sé qué. ¿Te acordás que se cayó la última vez que viniste y no alcanzamos a recogerla porque ya iba a llover? Pues mirá cómo pelechó sin hacerle nada, solo lo que te estoy diciendo.

Y así me llené de matas, tanto que los lugares en donde he vivido han debido tener una terraza para cuidar la herencia de mi abuela que son las plantas de mi jardín: una selva en caos que a veces ha querido ser huerta, a veces ornamental y que no obedece a un plan, sino a una sucesión de eventos en los que cada planta cuenta una historia: el romero que murió con su esposo, mi abuelo Hernán, el orégano que planté con la muerte de María Isabel, mi amiga de adolescencia, el bonsái que me regaló tía Sol cuando partió mi perra Bekaa, las cintas de los gatos, las bromelias que me recuerdan los paseos a la montaña, los aguacates que acompañaron algún almuerzo, las suculentas, que me enseñó a robar mamita de los jardines de Chapinero, el lulo y su espera por un abejorro que por fin lo fecunde.

Su relación con las plantas es una metáfora de su existencia: un derroche de fertilidad, porque mamita siempre ha escogido la vida.

Escogió la vida, cuando despidió a su madre fuera del hospital San Juan de Dios en Bogotá. 

–Es que allá no dejaban entrar niños y mi papá me decía que esperara afuera –me cuenta con nostalgia –. No pudimos sacarla ahí mismo porque no teníamos plata, y cuando la conseguimos, solo alcanzó para sacarla arrastrada a caballo. Al cementerio, solo fuimos mi papá, el caballo, el dueño del caballo y yo, y su tumba quedó en el piso, entre todos los demás muertos que habían llegado primero. ¿Si entendés cómo? Así como que los nombres estaban en el piso uno encima del otro, y el de mi mamá se fue perdiendo y ya no sé dónde habrá quedado.

Escogió la vida cuando siendo adolescente y después de haber dejado Bogotá para recorrer varias veces con su papá el río Magdalena, volvió para dar a luz a su primogénito en el mismo hospital donde nueve años antes había muerto su mamá. Como si el nacimiento de su primer hijo fuera un regalo para compensar en algo la partida de su madre.

Escogió la vida cuando, en un procedimiento sin anestesia, un médico esculcó su vientre para sacar los dos mellizos que habían muerto adentro. No solo regresó a su casa caminando sola, sino que su fertilidad quedó intacta, porque después vinieron cinco hijos más para completar la media docena que habría de levantar con teteros de aguapanela, leche y remolacha. 

Escogió la vida cuando, cincuenta años atrás, un médico le dijo que tenía cáncer y que debía pedirle permiso a su esposo para sacarle los ovarios. 

–Mi esposo no puede venir.  Él toma mucho y debe estar borracho, entonces dígame a mí lo que me tenga que decir –le respondió. 

En ese momento más que nunca, mamita escogió la vida, con hijos pequeños no se podía dar el lujo de perderla.

Ni una prueba positiva para Covid-19 se la llevó. Aunque el aislamiento de la pandemia sí se llevó las celebraciones, los almuerzos en familia y las tardes de tertulia los domingos, las pequeñas cosas que son más importantes en la vejez, porque el tiempo se está acabando. Y cuando pudimos volver a su casa y vio a mami en la cocina, nos dijo llorando: “Yo creí que nunca iba a volver a ver a Pilar repartiendo comida. Yo me soñaba con eso”.

Fue en ese período de aislamiento que aquellas células oportunistas comenzaron a crecer.

No creyó cuando hace ocho meses otro médico le dijo que otra vez tenía cáncer, ella sola había sobrevivido a tanto, y estaba segura de que sobreviviría a esto. 

–¿Yo cómo voy a tener metasis, eso no es pues cuándo uno está llevado? Y yo no me siento tan mal. Además ese doctor me dijo que tenía metasis en los ovarios y yo ya no tengo ovarios, no ves que me los sacaron hace 50 años.

(Mi abuela nunca aprendió a decir metástasis, y nunca la quisimos corregir porque sonaba tan natural como ella)

La quimioterapia se convirtió en un plan familiar, una excusa para arreglarse y salir en medio de las restricciones de una pandemia, para reunirnos a echarle porras, y aunque el tratamiento le producía mucho malestar, para todos fue una buena noticia que a pesar del mal diagnóstico, nos hubieran dado la opción de la quimio: una esperanza, como esa pequeña suculenta que se pega del tejado y crece sin ayuda, solo porque es fuerte y tiene el mandato biológico de existir, de buscar el sol para alimentarse. 

–Tranquilos que yo voy a salir adelante –dijo con la voz quebrada el día antes de su primera quimio–. Pero es muy injusto que me llegue a esta edad, cuando no tengo fuerzas para defenderme.

Es que, con la muerte, mamita jugaba póker y siempre le ganaba. Pero la parca esperó paciente y llegó con tres armas: una pandemia para retrasar el acceso a los exámenes diagnósticos, el más agresivo de los tipos de cáncer, y la edad, tal vez esta última la más letal de las tres.

Y mamita siguió escogiendo la vida, a pesar de que cada vez los achaques eran más evidentes y las malas noticias más frecuentes. Y cuando agonizando en su cama, sin ánimo para abrir los ojos, el doctor le dio la opción de sedarla para que no sufriera, ella le dijo que no quería dormir, todo lo contrario, le pidió alguna droga que le diera fuerza para levantarse, porque mamita siempre le apostó a la vida.

A mi abuela María Isabel Triana Pinzón (Julio 1935 – Abril 2022).

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