El miedo a montar en bici

Hay muchas cosas que he dejado de hacer por miedo. Muchas otras, las he hecho precisamente para liberarme de esa cadena asfixiante que me amarra a escenarios terribles donde todo lo peor puede pasar, el ridículo, la violencia, el dolor. Periódicamente trato de ponerme a prueba para que las primeras no superen a las segundas y fue así que, hace unas pocas semanas, con los ojos cerrados y tan solo un segundo de consideración, me lancé al vacío y pagué lo correspondiente al 40% de mi cupo en un grupo conformado exclusivamente por mujeres para hacer un viaje en bicicleta por el departamento del Quindío.

¿Qué me impulsó a hacerlo? Esa paradójica relación con ese demonio de las líneas de arriba, ese de cachos y cola larga llamada miedo. En esta oportunidad el diablo que me acompañaba tenía dos cabezas, una de ojos desorbitados y boca grande de dientes torcidos que saca constantemente una lengua puntuda que lame y relame todo a su alrededor y otra, más pequeña, blancuzca y de ojos bizcos que se ríe bajito mientras murmura para sí frases inteligibles.    

La testa rojiza de la lengua de culebra me susurra al oído obscenidades. Me dice que me quiere coger y que me quiere tocar. Es mi miedo a la agresión y la violencia sexual. Ese que me ha llevado a hablar y a escribir últimamente*, el que me cuestiona sobra la vulnerabilidad de las mujeres desde siempre, el que de alguna forma, me motiva para redactar estas líneas. Es el terror que llevo conmigo desde esa tarde lejana de mi infancia temprana en la que la mirada intensa de un hombre de ojos claros que se estrujaba la entrepierna, se posó sobre mí mientras el bus destartalado en el que íbamos mi abuela, mi hermana mayor y yo, hacía su recorrido hacia las piscinas olímpicas donde teníamos clases de natación.

Ese miedo que fue creciendo con los roces de esa mano familiar que durante un paseo acarició con malicia aquello que cubría mis calzoncitos de flores y que, en ese entonces, no sabía cómo funcionaba ni por qué despertaba su interés. Ese terror que se despertó en mí con la cercanía malintencionada de aquel profesor de piano, quien durante las lecciones se recargaba contra mi cuerpo de niña y me felicitaba por los avances dándome besos babosos en la mejilla mientras buscaba  la comisura de mis labios con su boca vieja olorosa a tinto recalentado. Esa sensación de ahogo que siempre me da al pensar en aquellos besos violentos de la adolescencia, con lenguas invasivas y agarres bruscos de manos y brazos que pretendían invalidar el poder de mis negativas y, que también me invade al recordar a aquellos amigos de la Universidad que dejaban de serlo con los tragos y parecían siempre estar al acecho esperando un descuido para sobrepasarse. Ese pánico que se despierta al traer a la  memoria los rostros de algunos de mis ex jefes. Esos que forzaban encuentros y reuniones para soltar sus halagos y propuestas sin pudor alguno. Esos hombres a los que temí cada uno de los días que trabajé a su lado.

Ese demonio me dice que no monte en bicicleta sola. Me advierte que voy a buscar aquello que no se me ha perdido si me aventuro a pedalear sin un acompañante. Me recuerda que voy en ropa ajustada y que voy a provocar a hombres a diestra y siniestra y que, si pasa algo, yo me lo habré buscado por andar mostrando nalga y pierna. Me dice que mejor espere a mi novio para salir con él o, incluso a una amiga, claro que, si algo nos pasa a las dos, bien lo tendremos merecido por duplicar la tentación para aquellos pobrecitos que no pueden controlar el ardor entre las piernas. Mejor quédese en la casa, me dice. No monte en bicicleta. Muchas veces, le he hecho caso. 

La segunda cabeza se ríe burlona entre susurros. Con su voz chillona me dice que no hay necesidad de esforzarme, que con los paseitos domingueros es suficiente, que no soy ninguna deportista y que es muy tarde para pretender serlo. En un tono meloso, exagerado y grotesco me quiere convencer de que mis pulmones están fulminados. Recuerda todos esos años que fumaste, me dice, mientras me señala con un dedo índice arrugado y torcido. No van a funcionar. No les exijas nada ni a ellos ni a tus piernas. Quédate cómoda en casita viendo llover, ya estás muy vieja para estas cosas. Invéntate una excusa y pide la devolución de tu dinero. Esa es su recomendación final. 

Muchas veces les he escuchado, les he creído y he seguido los consejos de esas dos voces. Pero, no esta vez. A la primera cabeza le dije: ¡A la mierda! Somos 16, vamos juntas, nos vamos a acompañar las unas a las otras y no nos va a pasar nada. Estamos seguras, vamos a confiar y todo va a estar bien. Y es más, sentencié envalentonada, una vez termine el viaje, estoy segura de que voy a salir a montar sola, ¡me mamé! A la segunda, replicando ese tonito condescendiente que tanto me molesta, le dije: No te preocupes por mí que voy a estar muy cómoda también sobre la bici. Por lo de los pulmones y las piernas, tampoco te afanes, la ruta no es tan terrible, la organizadora dice que tiene una dificultad de 6 sobre 10, así que creo que lo voy a lograr sin problema. Cuando quiso reprocharme el gasto innecesario de mis reducidos ahorros, me di la vuelta y con un portazo di por terminada nuestra charla. 

Muy emocionada empaqué las alforjas que me acompañarían durante el viaje metiendo todo en rollitos compactos que a su vez iban apeñuscados en bolsas herméticas. Cada vez que guardaba un artículo, ponía un chulito en mi lista: impermeable, linterna, electrolitos, protector, solar, herramientas, neumático, gafas, etc… Creí que lo había hecho muy bien, pero no me di cuenta que entre chulo y chulo el diablo se hizo chiquito y se metió entre la ropa y los artículos de aseo. El muy condenado se fue de paseo conmigo. 

Cuando las pendientes se acentuaban se venía gateando hasta mi oreja y me decía que me bajara de la bicicleta, que era mejor empujar que seguir pedaleando. Cuando alguna me adelantaba se reía a carcajadas y cantaba una cancioncita insoportable: Na, na, na, na, naaaaa, eres la más lenta …na, na, na, naaaaa, la viejita no da más. Y en los momentos solitarios, aquellos en los que no sabía quién iba adelante y quién atrás, en los que me sentía agotada y con ganas de llorar, se hacía grande otra vez, y flotando a mi lado, me decía con sus dos cabezas: no hay problema si en el próximo pueblo coges un jeep que te lleve hasta el hostal. Ya has hecho mucho, no hay necesidad de que te esfuerces más. 

A veces lo escuché, sobre todo en las subidas difíciles y muchas otras simplemente me hice la loca y lo espanté con la mano como quien se quiere liberar de una mosca que pretende aterrizar sobre una ensalada de repollo recién servida, pero debo admitir que siempre estuvo allí y no estuvo solo. Me di cuenta durante la noche del tercer día, que había encontrado combo él también y que tenía plan para el resto del viaje junto a otros 15 polizones que de igual forma lograron meterse en el equipaje de mis amigas. 

Sentadas en la sala comunal de un hostal en Filandia, Quindío, recién bañadas, agotadas y felices, conversábamos de mil cosas mientras esperábamos que la cocina despachara uno a uno los platos y bebidas que habíamos ordenado: pizza de verduras sin queso, empanadas con y sin carne, aguas aromáticas de todos los colores, batidos de frutas, cerveza fría. De un momento a otro y sin quererlo, nuestra conversación grupal fue adquiriendo una especie de orden sucesivo para que cada una tuviera la oportunidad de hablar sobre sí misma. Fue un striptease colectivo. Desde el primer momento, nos empelotamos. O, mejor, empelotamos nuestros corazones, dejamos que la vergüenza, como una pijama sucia después de una noche calurosa, cayera al piso revelando al cuerpo empapado de sudor que anhelaba refrescarse abriéndose a todos los vientos. Nadie quiso esconder nada, ni aparentar nada. Ninguna ostentó su posición, su cargo, sus logros, o sus pertenencias. No hablamos de trabajos, ni profesiones, ni títulos. O, quizás, sí lo hicimos, pero no como si estos fueran nuestros rasgos más importantes. De lo que si hablamos fue de nuestros miedos y de nuestros sueños que, a veces, tal como lo vivimos esa noche, parecen ser lo mismo. Esa noche los sacamos a todos y cada uno de ellos a la luz. 

Tengo miedo de haber tomado la decisión equivocada al lanzarme a montar mi propia empresa cuando tenía un trabajo estable y cómodo en un banco, dijo una bella artista. Tengo miedo de estar traicionando mis ideales por trabajar en proyectos que atentan contra el medio ambiente en vez de protegerlo, sentenció una bióloga que ama el monte desde chiquita. No quiero ser definida sólo a partir de aquello que la gente ve en mis redes sociales comentó quién fue nuestra líder durante aquellos seis días de aventura, una cuyabra divina de ojos brillantes que ha recorrido el mundo en su bicicleta. 

Quiero ampliar el acceso al estudio de ciencia de datos para las mujeres, nos contó una paisa risueña. Yo, visibilizar la lucha de los líderes sociales en el país, dijo una antropóloga divertidísima de Bogotá. Mi sueño es ser profesora de yoga, expuso la mujer con más pinta de profesora de yoga que he visto en mi vida. El mío es escribir, compartí con todas, mientras otras, admitieron con su alma de par en par, que no sabían qué hacer ni qué querer ni a dónde ir. Así, pasó la noche, entre revelaciones y confesiones mientras los otros 16 haciendo carrizo nos miraban enfurecidos desde una esquina de la sala. 

Con el paso de los días y al saberse descubiertos, expuestos, vulnerables ante la luz que pusimos sobre ellos con nuestras palabras, debilitados y aún más empequeñecidos, fueron cayendo desplomados a lo largo del camino, uno a uno con cada pedalazo que dimos en la misma dirección. Las 16, las Enriquetas, metro a metro, desoyendo las quejas y reproches de esas voces que nos creían incapaces para el viaje y para mucho más, fuimos dejando un reguero de demonios muertos a nuestro paso hasta que, una tarde lluviosa de jueves, logramos coronar el punto más alto de nuestra última jornada. Allí llegué de última, agotada y satisfecha y lloré de alegría y de dolor. 

Breve epílogo

Han pasado cuatro días desde que llegué. Hoy me siento un poco mejor, ya no me duelen tanto las manos y siento que mis muslos poco a poco van adquiriendo su consistencia gelatinosa natural, ya no están duros como piedra. Mis pantorrillas también se han ido relajando, ya no me siento entaconada de manera permanente y la entrepierna, más que cualquier otra parte del cuerpo, se siente liberada  y dichosa tras los días de licras apretadas, crema antipañalitis y sillines supuestamente ergonómicos.

Cuando percibo que los dolores están pasando me siento aliviada y triste. De alguna manera, sus punzadas son las marcas del viaje en mi cuerpo y no quiero que estas se desvanezcan tan rápido, aún no estoy lista. Siento que es demasiado pronto para decirle adiós a toda la experiencia y temo que si el dolor pasa voy a olvidar cómo fue que pasó todo. Sin embargo, tengo otros recursos, he soñado todas las noches con ellas. Desde la madrugada del viernes he revivido nuestros días juntas, las he visto sonreír a mi lado y mi mente, alterada por nuestra reciente aventura, ha recreado nuevos viajes y paisajes que ojalá estén por venir. Allí está mi consuelo, en lo que podríamos llegar a ser. Ya sabemos de lo que somos capaces.

Por: Adriana María Ramírez

* Ver: El miedo a coger el bus, artículo que sirvió de inspiración para el presente texto, en: https://elmenublog.wordpress.com/2021/01/23/el-miedo-a-coger-el-bus/

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