Mi amigo Sancho

Por Victoria Moreno

El día que lo conocimos era muy chiquito, tanto que la mitad de su cuerpo entraba en una de mis manos. Con el pelo negro oscurísimo, y algunas manchas color crema en el pecho y en las patas, me miraba con ojos extraños, con dudas. Temblaba. Pero pasaron los minutos y pronto se acostumbró al movimiento del auto. Así llegó Sancho, un cachorrito de mirada tierna con manías de gato, porque se refriega por todos lados, y de avestruz, porque le gusta esconder su cabeza en cada hueco que encuentra.

Su nombre se debe al compañero de aventuras de Don Quijote, porque tenía una panza extremadamente grande, que no combinaba con el resto de su cuerpo. Sin embargo, al poco tiempo, ya no tuvo tanto sentido: Sancho sufrió una desnutrición muy severa, producto de un parásito que le comía todos los nutrientes que ingería. Cada mañana vomitaba, su pelo perdía color, su cabeza comenzaba a verse enorme respecto al resto de su cuerpo, se notaban sus costillas. El veterinario nos recetó un tratamiento que realizamos cada mes, y cuando se terminaba, teníamos que volver a empezar. Los antibióticos y el arroz con queso se volvieron parte de su dieta diaria.

Sancho nació el 15 de diciembre de 2014. Apareció, junto a sus cuatro hermanas, en una caja de cartón, en un estacionamiento. Clara, una joven voluntaria de una organización, los encontró y se los llevó a su casa para buscarles un hogar. Fue así que una mañana de febrero, mi novio y yo agarramos el auto y llegamos a un barrio privado de la localidad de Pacheco para conocer a quien terminó por cambiar nuestras vidas.

Pensamos que sería simple, pues ¿cuánto podía costar criar a un perro? Pero a las pocas semanas nos dimos cuenta que el desafío que nos había tocado era mayor. Los cables rotos, las zapatillas hechas trizas, o las manijas  de madera mordisqueadas de las mesitas de luz, pasaron a un segundo plano cuando Sancho se enfermó. Se curaba, recaía. Se volvía a curar, volvía a recaer. El veterinario nos explicaba que solía pasar con los perros que nacían en la calle. Los parásitos se vuelven más fuertes, las defensas bajan. Y Sancho no podía comer, porque todo lo que pasaba por su estómago, lo devolvía horas después. Incluso, cada vez que nos veíamos con amigos y familiares, dejaban de preguntarnos qué era de nuestra vida, para decir: ¿Sancho, mejor?

No recuerdo cuál fue el momento exacto en que su pelo volvió a brillar, o que su cabeza volvió a tener un tamaño proporcional al resto de su cuerpo. O cuándo fue que su cola creció tanto que cuando se acuesta en el sillón, prácticamente toca el piso. Tampoco recuerdo cuándo creció tanto hasta convertirse en el perro fuerte, juguetón y, sobre todo celoso hasta los dientes, que es hoy. Sólo sé que ya pasó un año y dos meses desde que nos conocimos y que todo lo que pasó en el medio -noches en vela, faltas al trabajo, visitas al veterinario- valió la pena. A veces me pregunto qué hubiera pasado si Clara no lo hubiese encontrado ese día. Probablemente hubiera muerto tarde o temprano.

Qué bueno que el destino dio un giro y en medio de un mundo hostil, con guerras, intolerancia, olas de refugiados, pobreza, crisis económicas, e injusticia, tengo a mi amigo que me espera siempre en casa y que me recibe como si al día siguiente fuese a explotar el planeta entero.

Sancho

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