Nostalgia del futuro

 

“¿Qué faceta humana nos destruye? El conformismo, la aceptación de la realidad como un destino y no como un desafío que nos invita al cambio, a resistir, a rebelarnos, a imaginar en lugar de vivir el futuro como una penitencia inevitable”

Eduardo Galeano

Un día cualquiera me atropelló una realidad: el futuro puede durar un día, una semana, un mes. ¿Y con él? ¿Cuánto duraría un futuro con él? Aunque el recuerdo de nuestro pasado efímero me persigue constantemente, la secuela de futuros posibles es la que me atormenta en la noche, todo lo que pudo haber sido, pero no es. ¿Es posible tener nostalgia del futuro?

A veces creo que sólo es el anhelo de un final soñado con un comienzo inolvidable, ¿sabe?, como que la historia se siente incompleta. Un gusto y una conexión de tal magnitud merecía tiempo, merecía una oportunidad, merecía un mejor final. Y cuando me hallo perdida en tanto pensamiento, y siento que me estoy yendo, sólo me digo: “Respira, ¿recuerdas cómo se hace? Dejas entrar bocanadas de aire a tu sistema, y luego las expulsas. Sencillo, a un ritmo constante, no muy rápido, no muy lento, sólo res-pira”.

Para tomar cada decisión analizaba la secuela de futuros interminables, y rastreaba los ya cumplidos. Y razonaba, razonaba y razonaba –maldita razón–, noche tras noche, sólo razonaba mientras se abstenía de dejarme sentir.

Mi futuro preferido con él parecía ser un amor salvaje que me devoraba, uno de esos que hace el mundo pequeño de tanta pasión. Uno en el que todos mis sentidos se distorsionaban con su olor y su cercanía. Uno en el que me perdía en su mirada y la contradicción regía mi realidad, mis emociones y mi razón gritaban al tiempo: “¡Huye mientras puedas! ¡Déjate atrapar!”. Mi piel cedía a su voluntad al entrar en contacto con la suya, cada roce intencional quemaba mis entrañas y aceleraba mi pulso. Es un futuro en el que vivía desnudando secretos en una ansiedad incontrolable.

La secuela continúa con el futuro del abismo interminable, en el que me encuentro produciendo sonrisas involuntarias en la noche pensando en él, y entre el mar de indecisiones y pensamientos, muerdo mi labio inferior involuntariamente mientras recuerdo el magnetismo de su mirada, oscilante entre maldad y deseo. En este futuro romántico, mis suspiros tenían nombre propio y mi mano le llegaba a pertenecer como nunca a nadie, por primera vez, con su mano apretando la mía, sentía una corriente eléctrica que invadía mi pecho y nublaba mi concentración, y al volverla a hallar sola, se sentía incompleta.

Otro futuro me mostraba cómo la autosugestión y mis comportamientos destructivos boicoteaban la aparente felicidad. En ese futuro estaba la presencia de aquel vacío en el pecho que puja hacia arriba para hacer brotar ese líquido salado por los ojos, ese al que soy alérgica, ese al que llaman lágrimas. En ese futuro irracional, me volvía adicta a algo tóxico, pero agradecía volver a saber sentir.

En el ahora, en una noche en la que oscuridad sólo produce sombras mirando a la inmensidad, hay una mujer parada en frente de un pozo sujetando una moneda con el puño cerrado, aferrándose a esa moneda tanto como a cualquier posibilidad de deseo.

Ella sola, frente a las interminables secuelas de futuros y sus probabilidades de hacerlas realidad, está indecisa sobre cuál pensamiento abrir la mano y dejar caer su esperanza junto a aquella moneda, sólo anhelando que el futuro escogido como deseo no sea una asíntota, eso que se desea y se acerca de manera constante pero nunca llega a ser.