Carta a tu olvido

Julio 17, 2050

Amada:

Un día no muy lejano vas a perder la memoria.

Alguien tiene instrucciones precisas para que te haga entrega de esta carta tras percibir los primeros síntomas de la entrada de tu mente en el mundo borroso del presente continuo.  No te enojes, ni con el emisario, ni conmigo. No te niegues a aceptar la partida de tu lucidez.

Tendrás tal vez muchos más años de vida, pero nada será igual. Chapotearás hasta tu final en las aguas superficiales de los recuerdos caprichosos que tu cerebro decida privilegiar. El resto del pasado dejará de existir y el futuro no será posible.

Perdóname. Sé que esto suena bastante trágico. Pero no tiene sentido ser condescendiente en este momento. Prefiero darte la realidad de los hechos como un regalo por los buenos tiempos vividos que también olvidarás. Tal como me olvidarás a mí y a tantos otros. Mira el lado bueno, sin embargo; quizá tu mente deje ir los viejos rencores, los desamores y los fracasos y quedes sumergida en un delicioso para siempre de concordia con el mundo. Ánimo. Tal vez ese sea tu caso.

No te sientas abrumada por mis palabras, por favor. Sé que en este momento tu lado más racional querrá aferrarse a los últimos destellos de coherencia temporal que tienes. ¿Para qué te desgastas? ¿Recuerdas que hace 50 años renunciamos a la administración de nuestros recuerdos? No hay que hacernos las víctimas. Tomamos fotos a diestra y siniestra pensando que ellas asegurarían la memoria de nuestro paso por el mundo. Pues ya ves que no fue así. Se nos olvidó ver la vida con nuestros propios ojos. Le pusimos a la existencia la cara fría de un lente y todo se nos quedó en el carrete del celular, sin digerir y siempre con la promesa incumplida de un repaso que nunca llegó.

Si estás en este momento buscando las fotos de las que te estoy hablando para hacer la tarea hoy, lamento decirte que no tiene sentido. Es más, te ruego que no lo hagas. Esas fotos no dicen nada. La de las fotos no eres tú y no soy yo el que te mira. El cielo no era el que nos cubría, ni los mares eran aquellos en los que nadamos. Los filtros nos arrebataron la veracidad de nuestra vida y nuestra mirada. O mejor, nosotros decidimos editarla haciéndola más brillante, quitándonos las ojeras, blanqueándonos los dientes, alterando las atmósferas, falseando la realidad. ¿Me entiendes ahora? ¿Para qué vas a ver una foto si la persona en ella no es la verdadera tú? Recuerda que te conozco y te conocí bajo todas tus luces, con todas tus pecas, los barritos que odiabas y los cachetes contra los cuales luchabas. La de las fotos con piel de porcelana y rasgos perfilados no eres tú.

No vayas a revisar los famosos collages que de manera tan arbitraria e intrusiva se formaban como por arte de magia después de los viajes. Aquellos que tanto te gustaban porque te evitaban el trabajo de seleccionar las imágenes más bonitas, supuestamente para imprimirlas luego. ¡Esos son los peores! Sabes que siempre me opuse a que hubieras habilitado esa función en tu teléfono. ¿Qué tal el atrevimiento de esa gente? Manosear nuestros momentos, homogenizar nuestros días que eran llenos de altibajos y presentarnos SU versión de nuestras alegrías. ¡Descarados! Por favor, te lo ruego, no lo hagas. Esos tampoco éramos nosotros.

Lo único que pensaría en este momento que podría ser un ejercicio interesante es que repasaras los diarios que por muchos años llevaste de manera religiosa. Recuerdo que en noviembre comenzabas tu cacería incansable en búsqueda del diseño perfecto para el nuevo año. Nada te hacía tan feliz como conseguirlo por fin y anticipar con ansias tu hermoso ritual del primero de enero en el cual consagrabas tu mañana a ubicar en la  más reciente adquisición las fechas de los cumpleaños de tus seres queridos, los solsticios y los equinoccios. A partir de ese mismo día, el nuevo cuadernillo de motivos florales se convertía en tu compañero inseparable, en el receptáculo de tus impresiones sobre el mundo, tus mensajes de auto aliento, tus tareas y logros.

Tus mañanas comenzaban con una ojeada rápida que te permitía anticipar los acontecimientos de la jornada y tus noches concluían con una breve reflexión o una línea de agradecimiento. Cuando terminabas de escribir, cerrabas el diario y siempre, siempre, acariciabas su carátula y sonreías plácida, como quien consiente a un gato regordete. Después y antes que cualquier otra cosa, lo metías en el bolso que usarías en la mañana, asegurando con ello otro día de complicidad.

Luego, poco a poco, los aparatos a tu alrededor comenzaron a sincronizarse de manera macabra para informarte sobre los onomásticos, las fiestas paganas y los días patrios. Las notificaciones matutinas desplazaron el repaso de las hojas de papel ya escritas y con ello, el afán por felicitar a los cumpleañeros con una llamada, fue reemplazado por un mensaje corto que escribías en sus muros. Comenzaste a olvidar a tu compañero florido con cada vez más frecuencia, hasta que llegó un noviembre en que no sentiste la necesidad agobiante de salir de caza.

Sin embargo, sé cuánto adoraste a cada uno tus diarios y creo que debes tener aún algunos. Sí, de esos donde pegabas los recibos de los restaurantes, las flores secas y los recortes de las revistas. Donde escribías con quién habías estado, dónde y qué tal la habías pasado. Donde me escribías cartas idealizándome, deseándome y añorándome mucho antes de que fuera tuyo. Sí  ¡eso! De tu puño y letra sí se vale. Esa sí eras tú.

Si mientras lees esta carta por un momento la bruma del olvido opaca tu visión y tu juicio y te preguntas desconcertada quién te la ha escrito, no te agites. Sé que incluso yo voy a desvanecerme. A pesar de que un inmenso dolor me invade al saberme excluido de tu mundo, no tengo pretensión alguna de aferrarme a tu conciencia haciendo maromas para que repitas conmigo que soy el hombre que te ha amado toda tu vida. Ya lo acepté. Y ahora, no te repito a ti que te amo, pero sí me lo repito a mí mismo: la amo, la amé y, muchas veces, casi todas, pido también que el olvido me llegue a mí.

Sí. Quiero olvidar. Quiero olvidar que dejé de llamarte. Quiero olvidar que nuestro extenso intercambio de emails durante nuestros años de cortejo y noviazgo cesó de repente, en parte gracias a mí, porque era más rápido enviarte un mensaje por chat. ¿Qué mensaje? ¡Un puto emoticón! “Mi Amor, te amo”, me decías y yo te enviaba un monacho con un corazón en los labios y un corazón rojo. ¿Qué amor es ese? Sí. Quiero olvidar que dejé de ser creativo para prepararte las cenas que tanto te gustaban y que con los años, me bastaba mirar las recomendaciones de los restaurantes para luego pedir un domicilio. Quiero olvidar que dejé de salir a buscarte el regalo perfecto y que, en cambio, lo compraba en línea porque era más fácil. Quiero olvidar todas las veces que, estando tú a mi lado, preferí mirar en una pantalla la vida de amigos y extraños en lugar de tus ojos dulces.

Pero, tal como sabes, Amor mío, la vida es simpática y no creo que el Universo me conceda mis deseos de acompañarte en el viaje que ya has comenzado. Serás tú la que pierda la memoria y seré yo quien seguirá anclado en este eterno devenir de nostalgia y anticipación… Con los marcadores del computador aún vigentes de todos aquellos artículos o páginas interesantes que alguna vez quise mostrarte… Con las publicaciones guardadas de todas aquellas historias de rescate de perros y gatos que tanto te gustaba ver pero que nunca te envié… Con todos tus perfiles para revisarlos una y otra vez.

¡Que dolor en el alma! Sé que esa no eres tú.

¿O sí?

Tuyo hoy

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Por: Adriana Ramírez