First man

Por Oscar Iván Pérez H.

First man no es una película que se ve. Es una película que se vive y se siente.

Iniciar First man es como entrar en un simulador de realidad virtual, escoger a un personaje llamado “Neil Armstrong” y decir “Sí” a la tarea imposible de llegar a la luna.

La película convierte la sala de cine en un simulador con la capacidad de quitarnos el oxígeno al entrar en la cabina, ascender hasta ver el lado oscuro de la luna, girar a velocidades inimaginables cuando se pierde el control de la nave. La sala de cine como un simulador capaz de hacernos vomitar, reír, llorar. Olvidarnos de la tierra. Concentrarnos en el universo. Ser otros.

Desde el inicio de la película sentimos la angustia de saber que nuestro personaje no tiene el control, que las múltiples pruebas pueden fallar, que el combustible puede no ser suficiente. Desde el inicio sabemos que Neil y sus compañeros son como simios de laboratorio con quienes están probando las ideas de científicos que no saben si sus teorías y aparatos van a fallar o a resultar exitosos. Poco a poco tomamos consciencia de que quienes lleguen a la luna no serán los más fuertes ni los más preparados ni los más valientes, sino aquellos que tuvieron la suerte de no morir antes que el resto.

La película aborda un hecho conocido por todos: el 20 de julio de 1969, Neil alunizó en el módulo Eagle. «Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad», dijo al dar el primer paso de un ser humano en la luna.

Pero la película es más que eso.

First man cuenta la historia de un hombre por satisfacer su obsesión, por llegar a ese objeto de deseo que lo trasnocha y le roba miradas.

Neil no es un superhéroe de tira cómica. No es un tipo agradable ni simpático. No es ni siquiera un buen esposo ni mucho menos un buen padre. Neil simplemente es un ser humano que quiere cumplir con su deber, a toda costa. Neil es un humano más que no logra escapar a las paradojas de la vida: dejar de disfrutar de sus dos hijos por ser incapaz de olvidar la hija que perdió prematuramente. Neil no es un superhéroe que logra escapar a sus demonios internos. No: él es un mega humano que se deja consumir por ellos, hasta tocar fondo.

La película suelta algunas ideas del contexto en que se dio la carrera espacial; muestra, por ejemplo, la competencia infantil de los gringos por llegar a la luna antes que los soviéticos, para probar su “supremacía”; las críticas de la gente del común por el desperdicio de dinero (y de vidas) que significaron tantas pruebas fallidas –y sus preguntas quedan resonando en la mente de uno como un chirrido en medio del silencio: ¿no era mejor dedicar esos recursos a mejorar la salud y la educación?–; y la irresponsabilidad de los Estados y los científicos por acometer tareas para las que no están listos, como ocurre aquí con la represa de Hidroituango, el puente Chirajara, el transmilenio por la Séptima. O la elección de Presidente.

First man es la ratificación de que Damien Chazelle es un genio versátil que apenas nos está mostrando de qué es capaz, Ryan Gosling es más que una cara bonita y la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas es una organización que se deja influenciar por las coyunturas políticas y del mercado –¿qué hace Black Panther en la lista de mejores películas, mientras que First man se queda sin nominaciones en los cinco grandes premios?–.

Al terminar de ver First man uno se tiene que preguntar si vale la pena seguir dedicando recursos (y tiempo) a películas de superhéroes enmascarados que salvan el mundo en el último instante o a películas de humanos muy humanos que cometen errores hasta el final de sus días y ayudan a que el mundo siga su tendencia hacia la autodestrucción inevitable.

Mi voto –si a alguien importa– tiene claro qué quiere.

*Imagen destacada: fotograma de First man, de Chazelle.