El periplo de la fantasía

De: alejandro laserna <alejotolima@hotmail.com>
Enviado: miércoles, 14 de enero de 2009 5:20:20 p.m.
Asunto: El periplo de la fantasía   

Para aquellos que aprecian las aventuras, he aquí una de ellas: mi último viaje por Colombia. Mi narración es extensa. Consígase un café o un “tesito”; piense que tal vez no logrará leerlo en una sola sentada… Piense que tal vez no logrará leerlo…

El periplo comienza con un largo viaje, solo, desde la Capital hasta la ciudad de Santa Marta, lo cual hizo que pasara gran parte del último día del año 2008 en el interior de un bus lleno de gente desconocida que lo único que quería era llegar y encontrarse con sus seres queridos. Yo me alejaba de estos mismos seres, sabiendo que, aunque sería difícil no estar a su lado, mis deseos de buscar aquello por lo que iba, nos entregaba a todos la certeza de la felicidad, que es, sin duda, lo más importante.

Al bajar del bus, tuve la alegría de encontrarme con Pacho, Lorena y Juliana.Los dos primeros, grandes guerreros y viajeros excepcionales, y quienes merecen toda mi admiración y respeto, llevaban un poco más de una semana de viaje por Colombia. El departamento de Santander, el Medio y Alto Magdalena, habían sido sus destinos; ahora estaban en el lugar de nuestro encuentro para iniciar la travesía por la cual nos habíamos reunido. Juliana, por su parte, llevaba un par de horas en Santa Marta; procedente de Bogotá, había tomado la decisión de viajar luego de conocer mis planes. Ella dijo: “Me suena”, y en menos de 24 horas estaba lista y en camino.

Es así como comencé mi primera noche de travesía, la última noche del año 2008, en un pequeño hostal de un hermoso lugar llamado Taganga. Su ambiente es increíble; gentes de todos los lugares del mundo, miles de lenguajes, noche despejada, brisa calidad, movimiento de palmeras, los mejores jugos naturales que me he podido tomar al lado del mar, las más sabrosas arepas de huevo de la costa atlántica, la mejor actitud rumbera, una energía sin par.

Aunque pudimos haber hecho de nuestro fin de año un increíble carnaval hasta el amanecer del nuevo año, la verdad es que ni siquiera presencié el famoso momento del “faltan cinco pa’ las doce”, ya que mucho antes de la medianoche mi nueva familia y yo dormíamos plácidamente, pues debíamos madrugar y estar lúcidos el primero de enero. ¡Algo asombroso nos esperaba!

En la oficina de Sierra Tours nos dijeron: “Les sugerimos que no lleven aquello que no les hará falta, sleeping o carpas; nosotros lo tenemos resuelto. Solo falta que llegue una pareja de alemanes que irán con ustedes, y listo”. Así, nuestro viaje de 6 días por la Sierra Nevada de Santa Marta, en busca de la “Ciudad Perdida” de la civilización Tayrona, comenzaba.

Podría ser muy exhaustivo frente a los días que estuve internado en la Sierra, pero sé que eso les quitaría mucho tiempo y haría de este periplo algo demasiado extenso… diré, no obstante, que el esfuerzo físico de seis días caminando por la Sierra, es enorme; que cada uno de los pasos que se da entre campamentos, acrecentaba más la idea de llegar a “Ciudad Perdida”, pero me hacía pensar si mi cuerpo resistiría subir los 2.550 msnv.

Miguel y César fueron nuestros guías; personas increíbles, amables y conversadoras, tal vez demasiado conversadoras… Ellos cargaban toda nuestra comida para los seis días en sus espaldas, y ¡cómo caminaban! Apenas si se les podía seguir el paso durante los primeros días, pero luego caminamos a la par.

Miguel, el hermano mayor de César, tenía  unos cincuenta y tantos años.  No hablaba de su pasado, aunque contaba muchas historias sobre la guerra en la Sierra. Según él, siempre había sido un líder comunitario que luchaba desde su Junta de Acción Comunal por mejorar las condiciones de los campesinos de su zona. César, por su parte, tendría a lo sumo 35 años. Un tipo supremamente formal, de mediana altura pero increíblemente fornido; un tanto más callado que Miguel, al menos conmigo… siempre iba de último en el grupo, acompañando a quienes estaban un poco más cansados por la caminata.

Mientras Miguel cocinaba, César se encargaba de guindarnos las hamacas y era quien en la mitad de la selva se encargaba de partirnos un pedazo de fruta inmenso, patilla o piña, y siempre en un momento de agotamiento, después de la gran comida preparada por su hermano, aparecía con una chocolatina que, en la mitad del monte, nos producía a todos una felicidad inusitada. 

No quisiera dejar de hablar sobre lo bien que cocinaba Miguel. Más allá del hambre voraz que nos producía a todos las largas caminatas, Miguel era un chef cinco estrellas. Hacía arroz como para un batallón que era devorado sin musitar palabra por los comensales; lentejas, ensalada, carne con guiso; arepas de huevo al desayuno… un día, en la mañana, ya estando en el campamento ubicado en Ciudad Perdida, nos sorprendió con unas empanadas de atún… tomando en forma abusiva la vocería de todos los miembros del grupo, diré que esas empanadas nos supieron a gloria.

Así fueron nuestros días: caminatas exigentes, comidas deliciosas, sueños intermitentes entre hamacas y mosquiteros, mucho barro, ropa húmeda, muy húmeda, una selva impenetrable e imponente, el río Buritacá y mil quebradas más siempre a nuestro alrededor; nuestros guías; nosotros, el ‘parche colombiano’ y la pareja de alemanes…. ¡la pareja de alemanes! Ahim e Ina o –como yo los “bauticé”– Frolain y Hans, una pareja llena de vitalidad; viven cerca a Berlín en una Ecoaldea…. su discurso ambiental y ecológico es bien interesante, aunque su discurso social y comunitario lo es aún más. Viven bajo la premisa del amor libre. Conviven con varias parejas sin algún inconveniente… Ina, un poco más reservada, tal vez porque su español era más limitado, logró exponernos en inglés fluido que ella sentía celos, miedo, pero que al igual que Ahim tenía clara la convicción del amor libre…

Me extiendo demasiado en pequeños detalles…. me concentraré en Ciudad Perdida. Ocho pasos del río Buritacá antes de llegar a la Ciudad, marcan la energía que acompaña el viaje. Luego de seis horas de viaje y cuando el cansancio se hace notorio en los músculos del cuerpo, algo más de 2.000 escalones en piedra, resbaladizos y pequeños, además de absolutamente empinados, marcan el último tramo para entrar a la Ciudad… es agobiante sentir que ya casi se llega, cuando faltan por subir tantos escalones, ¡créanme!  Arriba, en la ciudad, un ciento de terrazas aparecen dispersas e incrustadas en la montaña… terrazas en piedra –me pregunto cómo llegaron allí las rocas–, caminos que se intercomunican de arriba a abajo y de abajo a arriba, unas terrazas gigantescas que debían ser el lugar de los ritos sagrados, dada su ubicación majestuosa en el medio de la selva… Mágica y sin muchas palabras resulta la ciudad perdida de los Tayronas… agua por montones… el pozo de la juventud, el lugar donde los ancianos iban para no envejecer; recrear una civilización a través de sus vestigios arqueológicos es un reto fascinante.

Y como pasar de la abundancia a la escasez en un país como Colombia solo requiere un par de horas, luego de bajar de la Sierra absolutamente agotado pero feliz, regresamos a Taganga donde pasamos una noche de recompostura y tranquilidad: un rico pescado y un par de cervezas al lado del mar, marcaron esa hermosa noche estrellada en esa bonita playa. No obstante, nuestro viaje estaba aún a mitad de camino. A la mañana siguiente, iniciamos nuestro recorrido hacia el departamento de La Guajira. Nuestro destino: el Cabo de la Vela. 

Hablo de la escasez, porque en La Guajira el problema del agua potable es serio. Cuando llegamos a Manaure, lugar en el que conoceríamos las salinas y pasaríamos la noche antes de iniciar el camino hacia el Cabo, lo pudimos constatar. La administradora del hotel, ante nuestra legítima intención de negociar el precio por nuestras habitaciones, nos respondió con una cátedra acerca de lo difícil que era el acceso al agua dulce en ese municipio, no obstante ella nos proporcionaba ese preciado líquido, de ahí el precio de las habitaciones…. nunca nos dijo, eso sí, que en Manaure no hay acueducto y que el acceso al agua era mediante tanque y ponchera… bueno, ¡algunos se bañaron y otros no!… de las Salinas puedo decir que, si existe la posibilidad de ir, es bueno poderlas conocer.

Vuelo al Cabo… Debo decir que en el hotel conocimos un personaje que viajaba con su esposa, su hijo y su mamá. Y nosotros, como buenos mochileros, al enterarnos que el personaje tenía un camión y que se dirigía al Cabo de la Vela, mandamos la avanzada femenina para convencerlo de que nos llevara sin costo a nuestro destino común. El dijo: “Claro, yo envío a mi hijo a la 1 al hotel, para que les diga dónde estamos y los llevo”. Felices, por el ahorro que produciría en nuestro bolsillo tan amable intención, pospusimos nuestro viaje de las 8:00 de la mañana a la 1:00 de la tarde… ¡Valía la pena! Aprovechamos las horas de la mañana para hacer un pequeño mercado, conseguir el agua, jugar una partida de cartas, relajarnos en la playa de Manaure, recoger conchas, sin afán. 

Otra vez me elevé en los detalles…

Resumiendo: el gordo triple #$&% nunca mandó a su hijo al hotel; lo esperamos hasta las 2:00 de la tarde y ¡no apareció el gran pendejo! Yo estoy seguro que el viaje se dañó por culpa de la abuelita. Teoría que, luego de ser debidamente sustentada, apoyaron sin excepción todos mis compañeros de viaje… Vuelo al Cabo…

Salimos de Manaure hasta la intersección entre este pueblo y Uribia, la “capital de los Wayuu”, es un paisaje árido, bien extraño y ajeno, no solo por su ecosistema desértico, sino también por su cultura. Mientras se está en La Guajira, el español es un idioma tan escaso que incluso llega a intimidar; todo el mundo, casi sin excepción, habla el “wayuunaiki”, el idioma de los Wayuu… Estar allá es sentirse en otro país…

El camino hacia el Cabo desde ese punto dura aproximadamente dos horas (aunque parece mucho más). Los cactus, o el “bosque chaparro seco” –como lo bautizó Pacho–, acompaña todo el camino destapado, perfectamente recto y paralelo a la vía férrea que transporta el carbón desde la mina del Cerrejón. En algún momento, el carro se desvía por una de las muchas rancherías que se ven a la orilla de la carretera; se interna en el desierto y lentamente aparece el mar. ¡Que sensación más increíble!: mar y desierto, brisa y atardecer, mujeres Wayuu por el camino, chivos… algo nuevo de principio al fin…

Antes de continuar leyendo, si es que no ha abandonado este texto, deténgase y pregúntese, si no ha ido a La Guajira, cómo puede ser el Cabo de la Vela, cómo se lo imagina…

 Bueno, ¡literalmente queda en la porra! No obstante, la cantidad de paisas y costeños que van en sus carros hasta ese lugar y guindan las hamacas mientras oyen música desde sus vehículos, es sorprendente. Para nosotros, que llevábamos horas y horas de viaje con pesadas maletas, fue un tanto raro ver tantas facilidades para llegar a ese lugar. No importó, omitimos a los “verdolagas” y costeños tan rápido como nos fue posible.  Por azar, llegamos a la “Ballena Azul”, un lugar donde había unas enramadas muy cerca al mar, para poner nuestras carpas y pasar la noche… Tuvimos que “negociar”, con un tipo llamado Reynaldo, el precio que debíamos pagar por carpa… él comenzó en 10 mil por carpa, le dijimos que era muy caro, que le bajara, y en un proceso de auto-negociación entre Reynaldo y su propio sentido económico, ¡él mismo bajo el precio a cinco mil por carpa!, así, sin más. Ningún, absolutamente ningún modelo teórico dentro de la economía moderna –incluida los “modelos” de economía Wayuu, estoy seguro–, pueden explicar cómo Rey bajo el precio de 10 a 5 mil, sin que nosotros tuviéramos que regatear… Bueno, una vez ubicadas las carpas, prendimos la “cocina de gas” que llevaba Pacho y preparamos nuestra comida. Salimos a la playa, vimos un rato las estrellas, pero, una vez más, el cuerpo agotado pedía descanso; fuimos a dormir bien temprano.

Al día siguiente, nos despertamos con ánimo. Hacía un día hermoso y estábamos en La Guajira, ¡en el Cabo de la Vela! Nuestro objetivo del día: caminar… queríamos ir, durante la mañana, hasta el Pilón de Azúcar, un pequeño Cerro llamado así porque en algún momento su arena fue tan fina como la azúcar morena; en la tarde, y con la expresa intención de ver el atardecer, queríamos ir al Faro, un pequeño montecito con dos grandes luces llamadas así en forma un tanto rimbombantemente,  y donde, según decían,  podían presenciarse hermosos crepúsculos. 

Desde el Pilón de Azúcar puede observarse un mar de al menos 4 o 5 azules diferentes; la brisa, que sin exagerar puede tumbar un cuerpo humano en cualquier momento, proporciona un toque de belleza especial a ese paisaje. El mejor plan es sentarse y contemplar… es un lugar donde el tiempo se detiene y, con un mínimo de esfuerzo, es posible detenerse junto con él.

En la tarde viajamos de oriente a occidente para ver el atardecer en el Faro… qué puedo decir… aunque el sol se ocultó entre una nube antes de perderse en el mar, sentí con claridad cómo la tierra gira, cómo funciona el cosmos…  y claro, si vi el atardecer en el mar, ¿cómo no ver el nuevo amanecer en el desierto? Mi último día en el Cabo comenzó a las 5 de la mañana, a la espera del amanecer… no se arrepentirán de madrugar… ¡se los aseguro!

Quisimos terminar nuestro viaje en el Parque Tayrona. Para quienes los conozcan o hayan oído hablar de ellos, sepan que, mientras buscábamos transporte para emprender camino, una camioneta pitó y una voz gritó mi nombre…. las coincidencias de la vida: me encontré –puedo jurarlo– con Caco, Ñato y Juan José Cujar, ¡en el Cabo de la Vela!, Jejejeje, de forma amable nos sacaron de allá en el platón de la camioneta hasta un lugar donde pudiéramos coger un nuevo transporte… yo, por mi parte, logré darme una montadita como copiloto en la cuatrimoto de Caco. Que esta sea una oportunidad para agradecerles su colaboración.

Del Tayrona hablaré poco. Siempre estará bien ir a ese parque; sus playas y su mar son únicos en este viaje, siguen siendo los más bellos para mí. Lastimosamente, Aviatur y el proceso de privatización han hecho que el parque se vuelva de difícil acceso para visitantes como nosotros. Los lugareños, aprovechan el “status” que da Aviatur para cobrar en playas tan hermosas como el Cabo 15.000 pesos por persona, ¡OJO!: POR PERSONA, NI SIQUIERA POR CARPA…. lo peor de todo es que las playas estaban a reventar. Gente que sin ninguna conciencia paga sin chistar por un espacio que, aunque privado, hace parte de un Parque Nacional Natural…

 Este es, pues, mi periplo de la fantasía…

PD:quiero hacer un reconocimiento especial a mis compañeros de viaje: a Lorena,por su ímpetu y berraquera para viajar; que mujer tan (in)cansable.  A Pacho, por su rigurosidad y método de viaje. Desde la estufa de gas hasta una simple vela, salieron siempre de su maleta en el momento oportuno. A los dos,como pareja… ya que sincrónicos o diacrónicos me enseñaron mucho de cómo se debe viajar. A Juliana, por poner un toque relajado al viaje que siempre hace falta.

Se me quedan muchas cosas por fuera. ¡Ya habrá tiempo para contarlas!

Fotos tomadas del Facebook de Pacho.

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