Armenia, muy de noche

Fue de repente, nadie se lo esperaba, nadie estaba preparado… o por lo menos eso quiero creer. Ahora que lo pienso, hubo señales, pero a uno nadie le enseña a verlas y mucho menos a interpretarlas. Todo se alteró en un instante, todo se removió, todo se sacudió, todo se vino abajo, los marcos de las fotos que atrapaban los momentos felices no pudieron soportar el peso de lo que se venía acumulando. Los muebles dejaron de ocupar su espacio mostrando sólo dónde estuvieron alguna vez. Las casas se derrumbaron, los árboles cayeron, la tierra se abrió y el agua tuvo que buscar nuevos caminos. Viejos a los que se les adelantó mucho la muerte y otros a los que no, niños que dejaron de vivir su vida y otros que no, y el resto… todos le sobrevivían a alguien más.

La tierra se había ido acumulando con tensiones que no pudo resolver más que sacudiéndose violentamente, con tal fuerza que todo aquello que en ella reposaba tuvo que transformarse abruptamente o perecer. El terremoto de Armenia, ocurrido el 25 de enero de 1999, con magnitud de 6,2 en una escala de nueve, fue duro especialmente por su remate, una réplica de 5,4 que terminó de tumbar las pocas estructuras que quedaban y se llevó a un millar de personas que se encontraban en ellas, tratando de salvar las cosas con las que se irían enterradas al otro mundo. El mensaje había quedado claro: a esta ciudad la van a tener que reconstruir y resignificar, todos.

Yo estaba lejos cuando sucedió, muy lejos, y en ese momento sólo sentí un par de vaivenes, normales para los temblores y terremotos que vivimos día a día. Luego, justo un año después, Esteban y yo íbamos llegando a esa ciudad con el amanecer. Al entrar se podía ver la magnitud de la destrucción, pero lo que más sobresalía era cuanto brillaba lo nuevo: los matices claros de unos bloques de concreto con los que armaban puentes, el negro de las avenidas con sus rayas blancas y amarillas, los tonos de las fachadas de casas, edificios y locales; a ello le contrastaba una multitud de huecos maltrechos entre construcción y construcción, en los que sólo quedaba el llamado vació de un pasado extinguido y un renacer postergado. Había quedado en pie un puñado de edificaciones antiguas, entre ellas las de la plaza central: la catedral y los edificios de gobierno, la panadería y el comercio; también quedaron otras muy modernas, como edificios cuyos balcones dejaban entrever que la felicidad se volvía a alcanzar, o el Museo del Oro, aunque sin el oro porque la exhibición se encontraba de gira y sin las supuestas babillas que se debían ver nadando por un caño artificial que se veía desde la sala de lectura. Todo empezaba a cobrar un aire de magnificencia por lo nuevo o de solemnidad por haber soportado los tiempos, pero también, todo albergaba ahora una ausencia.

Para nosotros era el día uno del anhelado paseo, la gente nos atendía muy amablemente pero se notaba en ellos el afán de mantenerse ocupados para hacerle el quite al recuerdo. Como el niño que nos guió del paradero de buses hasta un buen restaurante que él conocía de antes, donde nos dieron cuatro cajas de arroz chino en combo por doce mil pesos; entre indicación e indicación de cómo sortear una ciudad aun convulsionada él nos iba contando su historia, la del papá que jamás encontraron, la de la mamá que había quedado en cama, la del colegio que había tenido que posponer, también nos iba regateando la propina, dijo que con las papitas y la gaseosa se tranzaba, que lo otro era para después; se sentó en el andén al lado de nuestra mesa a pesar de haber insistido que lo hiciera con nosotros, comió sin hablar, como ido, tal como se paró y se fue cuando terminó.

También estaba el señor que nos hizo varios recorridos en un jeepao a Montenegro y Salento, nos recomendó Estrella de Agua si queríamos acampar y el hotel para pasar la noche, encantadores todos; recomendó también varios parques en la ciudad y otros por fuera, no recomendó los agropecuarios, dijo que eran “un puro waldisnei”, palabras con las que se le encharcaron los ojos. Para nosotros era el día uno del anhelado paseo pero podíamos ver que para el resto ese era el día de la angustia, del terror, del miedo, de la destrucción, de la ausencia y de la suciedad corrida a punta de lágrimas por la cara, era  una memoria que los asaltaba ferozmente, poniendo de presente lo impotentes que somos frente a lo incierto. Y la noche aún estaba por llegar.

Una vez instalados en el hotel entendimos porque se autodenominaba “el complejo hotelero más barato del occidente colombiano”. Nuestro baño no tenía techo, estábamos expuestos a todo aquel que caminara por el cuarto piso, luego vimos que las cucarachas no demoraban en ocultarse tras las maletas o debajo de las botas, nos tocó levantar, revisar y guardar todo en las maletas, cerrarlas e intentar dormir. Esteban lo logró, yo no. Bajé al lobby a tomarme una gaseosa mientras me cogía el sueño, me senté a ver un partido de fútbol, vi entrar a una pareja pidiendo habitación en el segundo piso, luego a otra, y a la tercera me percaté que ninguna llevaba maletas, para lo que iban a hacer no las necesitaban.

Subí de nuevo y me asomé por la ventana, en algún momento se había instalado un campamento que cubría las aceras de lado y lado de la calle, unos treinta cambuches, con techos de plástico, bolsas con ropa y cosas, catres y enceres. Había fuegos prendidos en los que se cocinaba, a los extremos había alguien que revisaba, linterna en mano y levantando una soga para dar el paso, quién entraba y quién salía, también se agarraban a pitar si se acercaban desconocidos o había señal de alarma, se protegían y alimentaban entre sí, eran una pequeña nación de sobrevivientes a la furia de la naturaleza, a lo perecedero de lo humano y a una patria indolente e incapaz de responder por los suyos. Aunque ya estaba bien entrada la noche me quedé mirando: comían, charlaban, de vez en cuando se oían lamentos, llantos, pitos, pasaba el camión de la basura, los que jugaban dominó lo hacían ruidosamente y comenzaba a oírse personas cantar las canciones del radio.

La normalidad que se comenzaba a apoderar del campamento me causaba más terror que tranquilidad, me horrorizaba ponerme en los zapatos de esas personas e imaginar una vida que de allí en adelante no sería más que la monotonía del dolor, la de enfrentar el destino adverso, la de ir tumbando y levantando cambuche hasta morir; pensé en mi familia y agradecí todo lo que tenía, inclusive la almohada en cuya funda se leía “segundo piso”; pensé en muchas otras cosas y pedí que nunca me fuera a tocar un terremoto así. A mis veinte ya había andaregueado el país lo suficiente para haberme topado con realidades duras, que me abrían los ojos, que me sacaban de la zona de confort, pero esta me seguía causando malestar cada vez que la recordaba, intentaba alejarla lo más pronto de mi mente, no sin pedir con todas mis fuerzas que no me fuera a tocar un terremoto así, pero de nada sirvió, me habría de tocar también.

No fue un terremoto, fue un temblor, pero fue lo suficientemente largo y fuerte para tumbar las fotos, correr los muebles y hacer de la casa un lugar inseguro; seres queridos perecieron y hubo otro que desapareció. En ese tiempo no recordé a Armenia, pasó un buen tiempo hasta que esa tragedia volvió a mí, transformada, como un viaje postergado, no sé cuánto me demoré en darme cuenta que ya no me costaba trabajo meterme en los zapatos de la nación de los desarraigados, en entender que la aversión a ese recuerdo era miedo de tener que enfrentar la desolación, esa que me devastó pero también me humanizó. De pronto logré imaginar que el niño del paradero compartía feliz la caja de arroz chino con su mamá, que cada vez que el señor del jeepao decía “waldisniar” agradecería haber llevado a su hija esa vez y tener el recuerdo de su felicidad, que al segundo piso podrían haber entrado parejas con sentimientos más hermosos que las simples ganas de tirar, que algo había surgido de los huecos maltrechos de la ciudad. De pronto me vi en el cambuche, feliz jugando dominó, tarareando las canciones del radio y hablando con los compas de las tragedias, de la vida, de las venturas y de cómo reconstruir y resignificar.

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