Matices

 

En mi vida ha habido tres hombres, bueno, muchísimos más, pero sólo tres con los que el romance se volvió transformador con el paso del tiempo, y que me recuerdan que volver a querer a alguien como ellos siempre valdrá la pena. Son tan especiales que me gustaría tenerlos cerca siempre y convertirnos en mejores amigos. De esos tres, sólo Alejandro me dio el placer de evolucionar juntos hacia una amistad, que con los años nos volvió confidentes.

Yo no lo conocí como la mayoría de sus amigos; lo reconocía desde el colegio, pero conocernos –como quien pela una fruta y pasa las capas desde afuera hasta llegar al centro– fue un proceso de dos. Siempre estábamos él, yo, un café y nuestras historias. Nunca fui a su casa, no lo escuché hablándole a un grupo de amigos ni conocí a su familia. Como nos acercamos luego de que le diagnosticaron cáncer, no sé qué parte era del Alejandro de siempre y qué comportamientos cambió por su enfermedad. Todo el conocimiento que tengo de Alejandro es a él mismo sacado de contexto, fuera del agua.

Alejandro me hacía sentir importante; cuando le hablaba, él cruzaba las piernas, acomodaba el codo en la pierna de encima y su mano iba al mentón, cual pensador de Rodin. Yo me emocionaba contando historias, y en mi teatro entusiasta las palabras se estrellaban unas con otras, al igual que mis gesticulaciones, en cambio él me hablaba pausado –le gustaba pensar lo que me estaba diciendo–, tenía una mirada estoica y concentrada, que con el tiempo pasó a ser entre juzgona, chistosa y curiosa, como quien dice: “Vamos a ver con qué me va a salir esta vez esta vieja”. Yo estaba tan acostumbrada a esa mirada que cuando se moría de la risa conmigo, la boca se le veía mas grande, carnuda, y se le descomponía la cara de intelectual organizado. Y es que Alejandro era tan particular en tantos aspectos que daban ganas de hacerlo chiquito como mi bella genio y guardarlo en una botellita. Era uno de esos personajes que entre más capas va mostrando, más cariño va floreciendo por él.

Han pasado 9 años desde que me di un beso con Alejandro. Nuestro romance fue sentimental e inocente, él sacó mucha poesía de mí y me encontró una faceta dulce y romanticona que yo ni siquiera conocía. Nunca nos hicimos daño, así que volvernos amigos fue fácil; lo decidimos un día y un par de semanas después agendábamos espacios semanales en la candelaria. Durante esas tardes estudiábamos juntos en la biblioteca, probábamos restaurantes, caminábamos y él le hacía trampa a sus hábitos saludables: fumaba, tomaba café y comía chocolate. Yo le contaba del rockero de 40 con el que estaba saliendo y él me contaba de los besos con su mejor amiga que acababa de volver de Londres, quien con los meses se convirtió en su novia y el amor de su vida.

Creo que el vínculo entre los dos se afianzó porque yo le hablaba de cosas fuertes, que no le contaba a nadie más, y él lo tomaba con naturalidad. Desde el otro lado, él me podía describir la impresión física que le causaba una cirugía y yo también seguía tranquila. Nos hablábamos con la reciprocidad de los que han tenido vidas complicadas. Aquí no había espacios para pobretearnos o tenernos lástima. Éramos humanos en nuestra lucha por salir adelante, tratando de sobrevivir y sacarle jugo a la vida.

Cuando yo leía sobre formas alternativas de combatir el cáncer, se las contaba, él era juicioso y no desechaba consejos, un día le envié una nota sobre las ventajas del jugo de guanábana. Los próximos tres almuerzos que tuvimos fueron con ese jugo. Pasó a métodos alternativos, ritos de sanación, con una fuerza, una tenacidad y determinación que siempre le admiré. Y es que fue precisamente eso lo que le permitió vivir muchos años más, enamorarse locamente de su esposa, trabajar, viajar y compartir con sus amigos. Esa determinación por vivir le regaló años de oro.

Yo viví 5 años fuera del país, cuando volví –en diciembre del año pasado– lo encontré físicamente deteriorado, pero con ese orgullo y ese empuje intacto. Quiso ser productivo, independiente y aportante hasta el final. En enero de este año quería trabajar conmigo en un proyecto de consultoría ambiental, en marzo quería aprender teoría de un proyecto agrícola que yo estaba haciendo y en abril me aconsejaba sobre cómo superar mi tusa.

Alejandro me deja un vacío inmenso, una sonrisa en el alma cuando me acuerdo de él, y un corazón contento y agradecido por tantos recuerdos, ejemplos y enseñanzas.

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