De colores

 

Palo de rosa

Con este rosa tan pálido, tan invisible, quiero hacer una plegaria leve, tenue, fugaz. Quiero pedir una cosa que es como estrella, una cosa que es como el cielo. Quiero escribir un nombre corto.

Con este rosa tan pálido, quiero esconderme, como mi primer nombre, que la gente ignora, porque todas lo tienen. Lo importante, dicen, es cómo te llamas al segundo golpe. Yo me llamo Alejandra. Pero también me llamo María. A mí unas bocas me llaman así porque sí.

Con este rosa tan pálido quiero escribir tu nombre también. Esconderlo en las consonantes de mi nombre, al que le faltan letras para ser el tuyo. Pero no importa. Yo a ti te llamo con mi ánimo, que es ánima. Te llamo con la vibración de mi garganta que no pronuncia palabras cuando exhala. Cuando solo exhala. Aunque tu nombre sea suspiro hondo, y yo una profundidad esofágica, que te guarda, que te invoca.

Escribo con este rosa tan pálido porque mañana ya no veré qué te dije, ni tú, ni el pájaro. Pero tú seguirás siendo estrella, y yo seguiré intentando mi caligrafía para escribir con rosa pálido.

Fucsia

Ayer marqué un libro con este color. “Que nadie duerma”, de Juan José Millás. Mi mamá me lo tenía de regalo al volver. Y yo todavía no vuelvo. Al menos no como fui.

Soy, o me he vuelto, una mujer que calla. Hoy le escribí a alguien que de callar me da miedo que me dé cáncer de garganta, como a los personajes de Millás, que somatizan todo y que viven en mundos de locura infinita y consciente.

Todos ellos son conscientes de que viven dentro de sí mismos. Viven llenos de lo que son y nadie más lo sabe. Nadie nota sus pájaros, sus sombras, sus bultos, sus sueños. Viven como cualquiera, y cualquiera somos todos. Tengo miedo al abismo. Tengo miedo de no lanzarme, de quedarme mirándolo indefinidamente, hasta acostumbrarme a su altura y sentarme en la orilla a contemplarlo con desdén o con indiferencia. El abismo es lo único que nos hará abrir las alas. Si es que las tenemos.

Verde oscuro

Tuve la inevitable tentación de escribir con este verde. Digo “este” porque tengo otro más claro con el que me gusta escribir notas en mi agenda. Notas, citas, compromisos… En cambio, este verde es otra puerta. Este verde es como del pasado. Es un verde oscuro, serio, formal. Uno de esos colores con los que uno anota algo para parecer más profesional. Con este verde puedo escribir cosas importantes, no urgentes, pero sí importantes.

Un “Te amo” escrito con este verde es un “Te amo en serio”. Un “se advierte presencia del virus” es que de verdad-verdad hay un virus. Con este color voy a escribir “estaré bien” porque estoy convencida de eso. Este color es el color de la sanación. La médica bioenergética que me ve, trabaja conmigo bajo una lámpara que emite una luz verde. Por eso, tal vez, decidí escribir con él, como quien le otorga poderes a las palabras y a la vista.

De este color tengo que curarme también. Exorcizo el verde en el papel. Le voy quitando significado, le voy dando otro. Olvido lo leído con este color, las palabras, la forma de las letras, la calidad de la caligrafía, las mentiras, las flores, la alegría, el miedo… Ya casi no pienso en eso. Pero cuando escribí que con este color se escriben cosas importantes, dudé.

Tuve dos vidas en las que fui mujer. No han cambiado mucho las épocas. Las mujeres de hoy tienen vidas de hace siglos. Es decir, soy de hace rato. Nos pasan cosas similares. Recuerdo a Cristóbal Jodorowsky diciendo: “Yo hígado. Yo útero. Yo pies”. Soy una sola. Soy consciente de mi unidad, y de lo difícil de entenderlo. “Yo vidas pasadas”. Repito esto como para convencerme. “Yo-vidas pasadas” soy yo: esta vida que trae pegado un sello, un memorial de agravios en el ombligo, y que vino a resolverlo. Ahora que no tengo miedo soy capaz de enfrentar los temores que me acompañaron (o que me acompañan).

Verde claro

Después de escribir lo que sea que vaya a escribir con este hermoso color verde temo que no pueda volver a usarlo.

Con él llené páginas mágicas de responsabilidades en mi agenda del año pasado. Hoy ya no tengo responsabilidades ni agenda. Sobre todo, agenda. Puede que tenga algunas cosas a mi cargo, pero no requieren que las anote, no tienen fecha de entrega ni de caducidad.

Con este color verde escribí cosas sin importancia, pero urgentes. Cosas que si uno no hace, sabe que puede estar en problemas. También dibujé flores. Una vez también conocí a alguien que dibujaba flores, pero con el verde de las cosas serias. Hasta para eso es importante saber con qué color escribir (o dibujar). Yo hubiera querido también que para esa época, en la que tenía una agenda, supiera qué colores usar y para qué.

La verdad es que el único cuaderno en el que escribo en prosa es éste. Para completar, es el único policromático. Los demás son una maraña de palabras, flechas y símbolos que, a veces, solo entiendo yo. Creo que escribo para reafirmarme y para recordar. Eso cuando se trata de escribirme. A los demás les escribo de vez en cuando. En prosa también.

No puedo ni imaginar lo que pasaría si enviara una carta en mapa conceptual/flujograma/infografía u otra modalidad. Renunciaría a la empresa si tuviera que hacerlo en un computador. No habría modo de hacerme cambiar de opinión. Sería una carta abandonada en el “Asunto”.

De pronto, si la enviara por correo convencional, lo pensaría. Eso sí, dudando en cada flecha si el mensaje se entiende. No podría ser una carta de amor. Podría ser una carta a un amigo, a un primo o a un desconocido. Pero nunca una carta de amor. La de cupido es la única flecha que se entiende entre dos. Las demás serían siempre un motivo de discusión. Pero ya. Basta de estas suposiciones inútiles que no van a ninguna parte. Como dije, este verde sensacional sirve para escribir este tipo de cosas.

Lila

La hora es así de clara como este pálido lila. El sol, a este lado del mundo, brilla resplandeciente aún cuando hay nubes en el cielo. Parece que va a llover porque una nube gris y extensa se expande y no se ha disuelto. No sé si las nubes se disuelven. Quizá no.

Hay tantas cosas que no sé ni sabré… (suspiro). Lo que sé es que hoy, justamente, tengo una certeza y un recuerdo. A veces un vacío de montaña rusa, a veces un vacío de hueco.

Pienso en esos días de olor a cardamomo y especias dulces, en lo dulces que fueron. Pienso en el presente como una elevación del pensamiento, aunque sea un pasado reciente, y tengo más preguntas que respuestas instantáneas. Tengo una ilusión ilusa y vaga, como si fuera una certeza premeditada. Pienso en si es real o inventada. ¿Cómo puede uno saber tantas cosas? Es una fe inesperada en mí, que soy tan racional para unas cosas, y tan sentimental para otras. Tengo preguntas del “qué hubiera pasado si…” que son las preguntas menos importantes aunque las que más nos inquietan. Quiero creer, y eso puede ser un problema. Quiero todo, y yo soy así de simple.

Ilustración de Isabela Acosta

El cuaderno de colores se escribe a mano sobre un cuaderno de Jardín Publicaciones, de Humberto Junca Casas.