“I wish I knew how it would feel to be free”

Ilustración y texto por Catalina Sierra

Mi búsqueda la libertad, mi libertad el dolor

Sin título-1-Recuperado (más pequeño)Este texto, que hace analogía al collage en cuestiones de forma, quiere responder una pregunta que se pierde entre retratos de mujeres negras sobre una mesa, encabezado, no por casualidad, por el retrato de Nina Simone. La pregunta queda en el fondo o en el aire, la respuesta inicia con un recuerdo de lectura, ya no sé de quién, tal vez de la crónica de un fotógrafo, que mencionaba cómo todo el espectro del color marrón se hallaba disperso en las pieles de los cubanos, idea que me evoca una descripción de Cabrera Infante, también en voz de un personaje fotógrafo, para referirse a una ficcionalizada rumbera cubana:

“ … se quedaba en el aire y daba unos pasillos raros, largos, con su cuerpo tremendo y alargaba una pierna sepia, tierra ahora, chocolate ahora, tabaco ahora, azúcar ahora, prieta ahora, canela ahora, café ahora, café con leche ahora, miel ahora, brillante por el sudor, tersa por el baile, en este momento dejando que la falda subiese por las rodillas redondas y pulidas y sepia y canela y tabaco y café y miel… inventando el movimiento, el baile, la rumba ahora frente a mis ojos: todo el movimiento, toda África, todas las hembras, todo el baile, toda la vida”.

Y esta descripción a base de anáforas me trae otra imagen, pero en movimiento, la de Nina Simone danzando al son de los tambores en el Morehouse College en Atlanta en 1969, expandiendo su sonrisa y ritualizando su cuerpo como solo ella podría hacerlo, bajo el efecto de la música, llamando a lo primigenio, a la vida, a Eunice Kathleen Waymon:

Y también me trae el recuerdo de un segundo bautizo en voz de Petrona Martínez, uno que me marcó como colombiana, en tierras gauchas, pues me estremeció el sonido de una canción que recuerda que “La vida vale la pena”:

Y no sigo porque esta pequeña opinión se volvería un collage infinito de epifanías, y solo quiero tratar de entender una pregunta que siempre ha estado presente, últimamente más, y es la pregunta por la mujer negra; la verdadera motivación de este texto. ¿Qué implica haber nacido mujer en el siglo XX y XXI? Quizás la cuestión se agudiza si estrechamos la muestra: ¿Qué implica haber nacido mujer y negra desde el siglo III hasta la actualidad? ¿Se es un objetivo por ser mujer, negra, lesbiana o bisexual, y por acaso activista en el siglo XXI?

Siglos en los que se supone hemos conquistado más derechos y hemos exigido más igualdad, pero también en los que surgen nuevas y variadas formas de violencia en contra de la mujer, y no es que el hombre como género no padezca violencias, solo que las cifras siguen siendo alarmantes en lo que respecta a las mujeres y a las niñas en el mundo entero, pero sobre todo en el sur global y en los contextos que pueden resultar más inofensivos. Algunas cifras de la ONU:

  • Unos 120 millones de niñas de todo el mundo (algo más de 1 de cada 10) han sufrido el coito forzado u otro tipo de relaciones sexuales forzadas en algún momento de sus vidas. Con diferencia, los agresores más habituales de la violencia sexual contra niñas son sus maridos o exmaridos, compañeros o novios.
  • Al menos 200 millones de mujeres y niñas que viven actualmente han sufrido la mutilación genital femenina en los 30 países donde existen datos de prevalencia representativos. En la mayoría de estos países, la mayoría de las niñas fueron mutiladas antes de cumplir los 5 años.
  • Las mujeres adultas representan el 51 por ciento de las víctimas de trata de seres humanos detectada a nivel mundial. En conjunto, las mujeres y las niñas representan el 71 por ciento, siendo las niñas casi tres de cada cuatro víctimas infantiles de la trata. Casi tres de cada cuatro mujeres y niñas víctimas de la trata lo son con fines de explotación sexual.*

Como si esto no bastase, se leen noticias que estremecen: “Conmoción en Brasil por el asesinato de Marielle Franco, concejal y activista de Río”, “Agresión a joven colombiana en Portugal (era negra)”, “ Sigue el terror: asesinada en Tumaco, Nariño, líder social, Margarita Estupiñan”, “¿Por qué la muerte de Joane Florvil, mujer negra asesinada en Chile, no importa a las feministas?”, “El conflicto colombiano se ha ensañado con las mujeres negras”, “Unesco: Jóvenes negras corren doble riesgo de ser asesinadas en Brasil”, “Las mujeres centroafricanas se cansaron de ser violadas y asesinadas. Hoy, sobreviven por sí mismas. La manzana podrida”, “8 de marzo también tiene rostro de mujeres negras, pobres, bateyeras, segregadas: negreadas”, “Otra líder social asesinada en Colombia: Emilcen Manyoma, ¿hasta cuándo?”, “‘Muerte a las perras’: así asesinan las águilas negras a las líderes sociales en Bogotá”. No todas tienen que ver con mujeres negras, pero sí con mujeres y niñas: “Abogan por legalizar la violación”, “La rebelión ‘incel’ ha comenzado”, “Cada 30 horas matan a una mujer en Argentina”, “Caso Yuliana Samboní: cómo el brutal asesinato de una niña indígena a manos del conocido arquitecto Rafael Uribe enfrentó a la vieja y la nueva Colombia”, “Caso La Manada: “Hija? ¿Por qué no cerraste los ojos y te dejaste violar?”.

Pareciera que el mundo sigue igual al que denunció Sojourner Truth en La Convención de los Derechos de la Mujer en Ohio en 1851, y pareciera que aún la pregunta está en el aire: ¿Acaso no soy una mujer? En el mes de julio se conmemora la lucha de la mujer negra, una lucha contra la invisibilidad y la violencia, una lucha que no es la del “sexo frágil”, tampoco la de dejar de ser la reina del hogar, es una por la identidad, que se debate entre temas raciales y sexuales, una por la conservación de las tradiciones y del territorio, así como la búsqueda de la libertad, por más utópico que esto pueda parecer. Y es que, hasta el feminismo, esa lucha con pretensiones de igualdad, no se salva de las distinciones de raza y clase.

Si hace unos años obtener algún cargo público importante era todo un logro para una mujer, aún hoy para las mujeres negras es un logro muy difícil de alcanzar y muy pocas veces este es visibilizado. Por citar algunos ejemplos, en Colombia Piedad Córdoba, es juzgada e insultada más por su color de piel que por sus logros o desaciertos en el campo político; en Colombia solo se reconocen los logros de las mujeres negras hasta que estos son visibles en el exterior, como el caso de Francia Márquez Mina, cuyo discurso en la entrega de los premios medioambientales Goldman, evidencia la lucha por el territorio, por la libertad y la justicia:

Y todavía en pleno siglo XXI siguen vigentes las ideas del Apartheid en boca de líderes mujeres como Paloma Valencia, quien propone dividir el Cauca.

La pregunta seguirá interpelándonos, como la búsqueda de la libertad, que, por lo poco que he visto y experimentado, encuentra cauce en la lucha por lo común; en el reconocimiento del dolor y su apuesta de sanación; en lo que respecta al otro, que también es mi espejo; en la identidad originaria, que casi siempre está en la tierra, una que se ganó y se sigue ganando con sangre, pero también con sudor. Y libertad, que también se manifiesta en los escenarios que pueden parecer simples y que por lo mismo resultan simbólicos; al cruzar una frontera con todo el color de la piel dando la cara, en países como Bolivia o Alemania; en escenarios musicales creados en exclusividad para las élites y donde todavía los afrodescendientes le siguen cantando a los blancos; en el trabajo donde el uso de la ropa y el maquillaje es el tema de ofensa por encima de la labor hecha; en los instintos vitales como el hecho de cantar para no volverse loca y para espantar el miedo; en la intimidad luchando con el fantasma de la depresión; en los espacios académicos de las “ciencias exactas”, donde las mujeres deben blindarse para no ser el centro de burlas y asedios por parte de sus compañeros o de otras mujeres. La libertad nos sigue costando, pero con certeza más a las mujeres negras.

La lucha es diversa, está llena de matices, de dolores, cicatrices, búsquedas, tristezas, alegrías colectivas y sin embargo está inundada de particularidad, de vida, de un yo que en medio de la soledad espera ser voz, grito quizás, y entonces la apuesta desde este lado, el blanco, el “privilegiado” el que también lucha a su manera y por sus causas, es más saber escuchar, compartir, sentir, acompañar, conmoverse, compadecerse.

Y mientras tanto sigue tocando Nina, nos sigue tocando el alma y trayendo la libertad.

*Cifras tomadas de: http://www.unwomen.org/es/what-we-do/ending-violence-against-women/facts-and-figures