Aire de tango

Se nos murió en Colombia, en Medellín, un 24 de junio de 1935. Era el Morocho del Abasto, el Zorzal Criollo, el Mago: fue la primera estrella pop antes de que existiera el pop, cuando ni Lennon ni Jackson habían nacido. Y viene y se nos mata aquí, en el aeropuerto Enrique Olaya Herrera, entre fuego, en un choque de dos aviones, en plena cabecera de la pista: se nos fue el gran Carlitos Gardel y nos dejó de herencia nacional su fantasma.

El tango y su mito nos quedaron en esta patria como queda la culpa: marcada. Está ahí, en las cantinas de Medellín, Manizales y Bogotá, rondando la noche, con olor a aguardiente y a cigarrillos húmedos. Es la canción del noctífugo, del que busca en las letras una razón para inventar o recordar penas. Es el barrio Guayaquil, el Viejo Almacén de Marielita. Está en los tacones que acarician el entarimado durante las milongas y en la nostalgia de saber, desde hace más de setenta años, que esa cicatriz no se borrará nunca porque Carlitos estuvo enterrado en el viejo cementerio de San Pedro.

Por eso hoy, sábado, hay que ir a buscar el tango. Más que oírlo hay que vivirlo. Porque el tango está en la voz del cantante, en la poesía, en el lamento del bandoneón, pero también en muchas otras partes: en el cine, en la literatura, en la pintura, en la escultura, en el teatro. Así que siéntese, ponga a trinar en el viejo disco de acetato al Zorzal, reclínese y tome entre sus manos el libro Aire de Tango, de Manuel Mejía Vallejo, y déjese arrastrar por el fantasma.

Cinco canciones para perderse en Gardel:

5. Victoria (una alegre, para variar)