Mordiscos a una gran manzana

Las manzanas solían parecerme frutas sin gracia. En mi vida bogotana, frecuentemente me encontraba con manzanas rojas de textura arenosa, ligeramente dulces pero con un final simple. También estaban las manzanas verdes, compactas, difíciles de morder y demasiado cítricas. 

No obstante, los dos años que viví en Nueva York me hicieron cambiar de opinión. Hoy existen para mi dos tipos de manzanas a las que sin ningún reparo mordería y disfrutaría nuevamente si tengo la oportunidad: la Gran Manzana y las manzanas Mcintosh.

La Gran Manzana, Nueva York, la ciudad cuyo solo nombre causa emoción a quienes la visitan. Mi hogar por más de 700 días, orquestado por el sonido sus noches agitadas, y mi anhelo por un tanto más.

La otra manzana, la Mcintosh, es una especie típica de la costa este de Estados Unidos, de un color rojo oscuro con franjas verdes entrelazadas. Principalmente se consiguen en el otoño, su sabor logra un delicado balance agridulce que perdura al masticar y su textura es sólida pero gentil al paladar. Seguramente el lector asociará el nombre Mcintosh con el célebre computador Apple de 1984. Este revolucionario invento y su evolución deben el nombre a la misma clase de manzana, la favorita de un empleado de Apple que estaba a cargo del proyecto. Hoy simplemente los conocemos como Mac.

Visitar Nueva York de turismo es y seguirá siendo una gran idea, no importa la época del año o el motivo. Es una ciudad que no para de inventarse ni de ofrecer diversión para todos los gustos. Sin embargo, vivir en ella es una experiencia más compleja. Cada persona que decide vivir una temporada de su vida en NY prueba y combina diferente partes de la famosa Gran Manzana. La dulce, la agria, la intensa, la simple y la exuberante. Debido a esa complejidad exquisita, puedo decir que si tuviera la opción de darle un nuevo mordisco, seguramente le encontraría otro sabor.

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Grand Central Terminal, New York. Foto: Diego Riaño.

Pero demos un paso atrás en el tiempo.

Encontré mi primera Mcintosh en el mercado de la Gran Manzana. Al tener un presupuesto de estudiante, tuve que recurrir al ingenio propio de una especie en proceso de adaptación. Encontré que era mejor negocio reducir mi consumo de carne y reemplazarla por quinoa, nueces, tofu o champiñones. A su vez, esta opción me daba daba la posibilidad comprar frutas y verduras para mantener una dieta balanceada. Preocupación natural de un millennial que acaba de cumplir treinta años. Aunque en poco tiempo descubrí que las frutas a las cuales mi dieta colombiana me había acostumbrado –moras, mangos, papayas, o aguacates– eran más caras que las frutas locales. Si quería comer frutas tenía que encontrar nuevas alternativas…

Siendo el estado de Nueva York uno de los mayores productores de manzanas de Estados Unidos, comencé a experimentar con las manzanas locales en busca de la fruta que me acompañara en mis largos días en la ciudad donde siempre hay plan. Pasé por la Fuji, la Gala, la HoneyCrisp, y la Cortland hasta que encontré la Mcintosh. Y ahí me quedé. Todas son variaciones de un mismo fruto, pero con cada sutil cambio en textura, color, tamaño y dulzura, la experiencia terminaba siendo completamente diferente. La Mcintosh para mí es la manzana perfecta que logra un sabor complejo y delicioso en cada mordisco.

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Manzanas Fuji a la izquierda. Manzanas McIntosh a la Derecha. Foto: Diego Riaño.

Esta exploración de las manzanas locales me llevó a un cambio sutil con consecuencias fantásticas. Al refinar mi gusto de una fruta en particular, mi percepción del sabor cambió. Después de la Mcintosh descubrí una nueva explosión de sabores en otras frutas, en las verduras y en el café… ummm, ¡el café! Así, entre más me sumergía en la exploración de sabores, más me sumergía en la Gran Manzana. Salí a la búsqueda de diferentes lugares para mercar, comprar café o salir a cenar. A partir de esta rutina, conocí un nuevo grupo de personas que frecuentaba estas tiendas y cafés. Una comunidad de apasionados por los sabores auténticos e intensos. Una nueva Nueva York que descubrí con mi nuevo paladar.

Aún más importante, esta misma exploración me sirvió para informarme sobre el debate que existe en la manera en que nuestros alimentos son producidos, el impacto que tienen en nuestra salud y en el medio ambiente. Antes no tenía ni idea de lo que significaba orgánico, Fair Trade o el valor de priorizar los productos locales (km 0). Experimentar la relación entre la intensidad del sabor de una fruta o verdura y su método de producción es una experiencia impactante. Hoy estos temas dedican gran parte de mi tiempo personal y profesional. Trabajar por este tema se ha convertido en mi pasión.

Gracias a dos manzanas mi percepción del sabor cambió. Curiosamente antes de viajar a Nueva York cuando hablaba con mi jefe de aquel entonces, me dijo: “Diego, ve a la Gran Manzana y pégale un gran mordisco”. Y eso fue lo que hice, ir a la gran ciudad y saborear un buen pedazo de ella.

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