La ciencia fallida del amor

Cuando estoy en restaurantes, uno de mis pasatiempos favoritos consiste en adivinar qué tipo de relación tienen los demás comensales, en especial aquellos que acuden en pareja. Llámelo fetiche, curiosidad, fisgoneo, chisme o necesidad imperiosa de información estadística, pero es una de mis distracciones para escapar de la costumbre de la formalidad del mundo moderno. ¿Será que existe una teoría científica o regla específica en los temas del corazón?

Me gusta tabular el tiempo que los comensales llevan en su presunta relación, con base en mínimos detalles que parten de las miradas, los gestos y la atención que se prestan mientras comen; también me encanta exponer mis conclusiones con mi acompañante gastronómico y, con la firme creencia de que soy una experta en la química del amor, lanzó afirmaciones tales como: “Es su primera cita”, “Esos son amigos con derechos”, “Él la quiere más a ella”, “Ese ya no lo quiere”, “Ella solo lo ve como su amigo gay”, “Tales son novios” y “Tales otros ya llevan más de 5 años de casados”.

En ocasiones, me sorprendo al comprender cómo un amor que se creía imposible, ya no lo es, y cómo una relación que se pensaba real y duradera, terminó; estudios científicos sobre el tema han llegado a una conclusión común: el amor dura 24 meses. En lo que no se han puesto de acuerdo es a partir de cuándo deben contarse los 2 años.

Mi pasatiempo se complementa con la atención especial que demuestro cuando me cuentan, o mejor aún, cuando indago sobre las variadas etapas de una relación amorosa, con preguntas incómodas tales como: ¿Se conocieron estando en medio de una relación?, ¿Quién cortejó primero?, ¿Cuándo fue el primer beso, la primera salida, los primeros cachos?, ¿Qué tal la familia, los amigos, el sexo?, ¿Quién cedió ante la primera pelea?, ¿Cuántas emociones primarias, dudas secundarias y finales intempestivos?

En cuestiones amorosas la principal regla debería ser no generalizar y, más aún, no criticar, regla bastante alejada de la realidad, pues damos consejos que no nos piden, intervenimos en lo que no conocemos, opinamos sin tener en cuenta datos ocultos y, lo peor de todo, nos atrevemos a escribir sobre el amor, el sentimiento más primitivo y menos científico que albergamos.

Ni reglas, ni medidas: el amor debe vivirse desprevenidamente, por eso no intente ser lo que no es, no conquiste con mentiras, priorice la sinceridad, cambie el discurso, recuerde con cariño y agradecimiento, quédese con los buenos momentos, aprenda de los malos, no mendigue amor, sepa cuándo alejarse, cuide a quien valga la pena, equivóquese, confíe (pero también dude), construya, ame con humor e inteligencia, no se crea ni tan imprescindible ni tan relajado, no atosigue (pero tampoco descuide), sea espontáneo (nada peor que una estrategia demasiado pensada para la conquista), enamórese perdidamente, pase la hoja rapidito y, lo mejor, viva la cotidianidad del amor con intensidad.

Imagen destacada tomada de: www.sondaespacial.com.

Un comentario en “La ciencia fallida del amor

  1. Vivir, vivir, vivir, es lo que nos hace falta a muchas mujeres y hombres para ser felices, y me hizo acordar este escrito, de alguna cita traída por el escritor Paulo Coelho, en su libro “El Zahir” que toma referentes del poeta griego KONSTANTINOS KAVAFIS (1863-1933), quien manifiesta: “Cuando emprendas tu viaje a Ítaca debes rogar que el viaje sea largo, lleno de peripecias, lleno de experiencias”; y La Nuván (con todo el respeto y la cariñosidad del caso como me refiero a Adriana Nuván) muy acertadamente en nuestras palabras colombianas nos hace una invitación a cumplir con el regalo de la vida, cual es vivirla, para no conquistar, sino seducir a todos aquellos seres que nos permiten deleitarlos y deleitarnos con el sentimiento mas conmovedor y arrasador del mundo, cual es el amor….. No olvidando que echando a perder se aprende!!!… Siga así y vera!!!

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