Longitud de Onda

Ilustración por Alejandra Daguer, basada en “La Gran Ola” de Hokusai.

 

Las luces de discoteca que salen del gimnasio, la música con volumen alto, la voz del entrenador motivando a sus alumnos y los vidrios empañados con la condensación del sudor de los ciclistas de salón, contrastan con el sonido de la lluvia, el frío de las 7 de la noche y el humo que recibo de los carros mientras espero que cambie la luz del semáforo.

Todos los días me detengo en este cruce en el camino de regreso desde la oficina hacia mi casa. Siempre en los minutos que espero el cambio de luz, siento ese dolor en el corazón que se llama culpa y que me dice: “Deberías estar en clase de spinning”. Por fortuna, el semáforo cambia de color y cruzando la calle está el pequeño puesto de pandebonos.

A pesar de ubicarse en plena carrera Séptima, es un sitio bastante modesto: hay un televisor colgado en la pared, algunas mesas y sillas de metal, un horno en una esquina y un cajón de vidrio en la entrada que exhibe buñuelos y pandebonos de bocadillo y de queso. Esto es lo que atrae a los clientes: la vitrina y  el olor a pan recién horneado.

Me queda difícil decidir cuál de los tres productos escoger, sobre todo en una noche lluviosa y fría, entonces llevo los tres para acompañar con un chocolate caliente en la casa.

—Hace rato que no venía Veci —me dice el joven que atiende, alegrándose de verme.

—Es que estaba en la onda fit —le respondo sonriendo.

Rechazo la bolsa plástica y meto la de papel en mi cartera, segura de que el sudor de los pandebonos la impregnará con su olor. Mientras sueño con el sabor de la parva mojada en el chocolate, pienso en que si el término que debí haber utilizado es onda u ola.

Según Wikipedia, una onda (del latín unda) consiste en la propagación de una perturbación de alguna propiedad del espacio, por ejemplo, densidadpresióncampo eléctrico o campo magnético, implicando un transporte de energía sin transporte de materia. El espacio perturbado puede contener materia (aire, agua, etc) o no.

Los elementos de la onda son:

Cresta, período, amplitud, frecuencia, valle, longitud de onda, nodo, ciclo, velocidad de propagación y elongación.

Y una ola es un ejemplo de onda que se propaga en el agua. Entonces, la onda fit, es un fenómeno que tiene crestas y valles, amplitud, frecuencias y es periódica.

Es decir, me pegué de una ola, me bajé en el valle, no soy la primera ni la última que lo hago y no es una novedad del siglo XXI.

En el siglo XX, me ponía unas mallas pegadas, una trusa y tomaba dos bultos de arroz de la cocina para hacer aeróbicos con Jane Fonda. Bueno, en realidad no era así de simple. En mi casa sólo había un televisor y antes de empezar debía sostener una pelea con mi hermano para sacarlo del cuarto del televisor, pues aunque mi mamá había establecido un horario para cada uno, él se rehusaba a respetar mi turno.  Me perdía 10 minutos del calentamiento, pero ahora que veo los hechos con perspectiva, me doy cuenta de que esos 10 minutos peleando con mi hermano, eran más eficientes que los 20 que me quedaban con Jane. Es que terminaba sacándolo arrastrado del cuarto y una vez lo dejaba noqueado en un sitio seguro, corría a encerrarme en la habitación. La adrenalina siempre ha sido el mejor quemador de grasa.

A partir del siglo XIX, ha habido olas de personas que se tragan una lombriz tenia para que habite en su estómago y se coma todo lo que ellos no son capaces de resistir, impidiendo así que sus anfitriones se engorden. Entonces, la tenia deja de ser un parásito para convertirse en un bienvenido huésped, que crea una relación simbiótica de mutualismo en la que los dos organismos se benefician.

Seguro que en siglos anteriores hubo más olas fit que tomaron por sorpresa a observadoras desprevenidas como yo y que las derribaron, dejándolas casi sin vida en una playa. Pero al contrario de las olas anteriores, la onda actual no es una ola que solo noquea surfistas sino un Tsunami con efectos globales e irreversibles.

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Mi amiga Catalina recibe semanalmente una preciosa caja de cartón que contiene los ingredientes para su batido diario: generalmente un aguacate, un pedazo de apio, una manzana verde y un pedazo de penca sábila, con una hoja de papel, en la que están las instrucciones precisas para preparar su jugo. Todo por un módico precio 10 veces mayor de lo que cuesta en la plaza de mercado y una pequeña contribución a la huella de carbono.

Le pregunto si devuelve la caja y su respuesta es que aunque le ha pedido a su distribuidora que se la lleve, ella siempre le ha respondido con evasivas.

Entonces me pregunto: ¿por qué diablos, te gastas tanta planta en un jugo que pretendes que sabe rico y no aceptas que te cobrando un montón de dinero por envolver el aguacate en una caja de cartón que después de media hora termina en la basura, como si la envoltura natural del aguacate no fuera suficiente para cumplir con la función protectora y estética? ¿A quién se le ocurre que una caja de cartón es más bonita y eficiente que la cáscara natural de los vegetales?

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Mientras preparo en la cocina de mi oficina “el algo”, es decir, lo que los paisas comemos a las cuatro de la tarde, la señora que hace el aseo asoma su cabeza para inspeccionar lo que estoy comiendo. Luego de ver la fruta que exhibo con orgullo por su tamaño y color provocativos, me aconseja evitar las frutas después de las 10 de la mañana, en especial el mango por su alto contenido de azúcar. “Dieta que se respete, prohíbe el mango”, dice con autoridad.

La verdad es que ya no entiendo nada, mi mamá siempre me insistía en cambiar los dulces por frutas, y yo me sentía saludable cuando las comía. Pero no, a las frutas les han salido cachos y colas y son el coco de la dietista.

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Natalia, otra amiga, me cuenta que con su marido están evitando acompañar el almuerzo con jugos, siguiendo los consejos de su dietista. “Es que los colombianos, somos los únicos montañeros que acompañamos las comidas con jugos de fruta natural”, dice  contándome cómo dejó de consumir maracuyá, lulo, mora y tomate de árbol, en fin, todas las frutas que sólo en este país subdesarrollado se nos ocurre hacer en jugo para acompañar las comidas.

Hay frutas tan ácidas que para aprovecharlas se mezclan con agua y azúcar, pero si son el coco de la onda fit, la falta de demanda va a obligar a que se dejen de cosechar produciendo su extinción. Esto es el efecto irreversible de este Tsunami.

Si la longitud de onda es “la distancia que hay entre el mismo punto de dos ondulaciones consecutivas, o la distancia entre dos crestas consecutivas”, lo único que puede salvar el maracuyá es que la distancia entre estas crestas sea corta para que esta ridícula ola fit pase rápido, antes de que nuestros  productos endémicos pierdan su mercado y por ahí su terreno.

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En la cita que me corresponde por mi inscripción anual en el gimnasio, la nutricionista pide que le describa cómo es mi alimentación en un día normal. Le cuento que dejé la carne por motivos personales, que como poco pescado, le oculto la chocolatina jet que como todos los días con un café después del almuerzo, para que no me la prohíba, y alardeo de mi reciente descubrimiento: yogurt griego producido en Subachoque con leche orgánica.

Desaprueba que no coma carne, la proteína animal es el pilar de sus programas de alimentación. Me sugiere suplir mi falta de proteína con varios huevos al día, pero sin la yema. Le explico mi incomodidad al robarle a las gallinas y le digo que si lo hago, prefiero no desperdiciar nada. Responde ágilmente: “Ya venden solo claras en el mercado”. Le respondo con otra pregunta ágil: “¿Qué diferencia hay entre tirar yo misma las yemas a la basura o qué otro lo haga por mí?”.

Me invita a consumir la marca de yogurt de su preferencia, pues al contrario de mi descubrimiento, que es producido por vacas felices, el suyo trae una etiqueta de plástico que contiene toda la información nutricional. “Debes conocer el contenido de todo lo que te estás comiendo”. Léase entre líneas: “Come alimentos procesados y con conservantes añadidos, que son los que siempre traen una tabla indicándote el porcentaje de azúcares, grasas, proteínas y carbohidratos y que nunca he visto que sumen 100%”.  También me pidió que diera su nombre en el punto de venta, para recibir un descuento por el yogurt.

Por último, acordamos tener una cita de seguimiento para medir mi porcentaje de fibra muscular, donde revisaremos según mi evolución si será necesario empezar a tomar suplementos de proteína.

La globalización ha enriquecido nuestra gastronomía. Recuerdo cuando la especialidad de mi mamá eran spaguettis con salchicha y salsa de tomate. Ahora yo hago pasta al pesto. Pero la idea es enriquecer, no empobrecer cambiando lo natural por suplementos de proteína que vienen en tarros de plástico.

En un libro que estoy leyendo sobre la intuición, la escritora me invita a ir a un supermercado y escoger los alimentos basada en lo que mis sentidos indican que debo elegir según mis necesidades alimenticias. No he hecho el experimento, pero según ella, optaría por frutas y verduras. De acuerdo con su teoría, solamente alguien con su sentido de la intuición defectuoso, al ser liberado en un salón con todas las posibilidades de alimento, se vería atraído por un recipiente de plástico lleno de proteína en polvo y no sucumbiría ante el seductor aroma de una guayaba, el sugestivo color de la pulpa del maracuyá, la provocativa textura del tomate de árbol o el encantador sabor del mango.

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Después de ir varias veces al punto de venta del yogurt recomendado por la nutricionista y dar su nombre, para obtener un descuento con el que de todas maneras termino pagando más de lo que me cuesta el  yogurt de vacas felices, y de gastarme mucho más tiempo y dinero por intentar alimentarme “sanamente”, para descubrir que no soy más feliz ni más esbelta, decido comprar un pandebono de queso, uno de bocadillo y un buñuelo, calentar un poco de agua, agregar dos pastillas, mucha panela, batirlo cuando está hirviendo como me enseñó a hacerlo mi abuela y sumergirme en la ola del chocolate.

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