El “Efecto Bogotá”

Crecí en Cota, un pueblo de la Sabana de Bogotá, en el que se celebra el famoso Reinado de la Hortaliza y de donde son oriundos los cotudos, una especie de calado en forma de donut bañado en azúcar blanco. El pueblo está coronado por el monte El Majuy, un resguardo en el que todavía habita una comunidad indígena, por misterioso que parezca, y que sobrevive a pesar de los gobiernos que han pasado por el municipio.

Una vez, en una excursión del colegio en el que estudiaba, hicimos una caminata por la montaña, que no supondría ningún riesgo. Sin embargo, cuando uno es niño todo es potencialmente riesgoso. Digo “niño” refiriéndome al género masculino. Así que, estando allí, caminando tranquilamente como pisando tierra mojada o cenizas aún en brasa, uno de los inquietos chiquilines (¡qué dios nos libre!) salió corriendo como quien se quema en llamas. Y, ¡téngales! (si se me permite el uso de esta licencia literaria en la que me suscribo al mexicanismo por puro placer de decir que “tome pa’ que lleve” o una cosa así que no sé cómo expresar con otra palabra): el angelito se abrió la frente con un alambre de púas, porque resguardo es resguardo, y hay que cuidarlo.

No habíamos avanzado mucho, pero cerca del pueblo, no estábamos. Una de las profesoras, entre lamentos y resignación, decidió sentar al niño en una piedra y limpiarle la herida. Recuerdo haberlo visto a lo lejos como alma en pena, con la cara bañada en sangre. Y de pronto, una aparición divina empezó a cantar en lengua nativa un cántico de sanación, mientras blandía un artilugio compuesto de hojas de eucalipto y semillas sonoras alrededor de la criatura. La sangre dejó de brotar de su frente y para mí, desde ese día, no hay médico que valga.

En ese tiempo, Cota era un lugar tranquilo, aunque mi abuela tenía siete perros para que no se le metieran los ladrones a la casa. Yo escuchaba historias aterradoras de vecinos amordazados que estuvieron horas amarrados después de que una banda de tres o cuatro les había vaciado la casa. Sin embargo, eso nunca nos pasó a nosotros, tal vez por los perros, tal vez por la larga distancia entre la casa y la carretera principal.

Mi abuelo, que hacía mecánica popular en su garaje, a veces nos llevaba a comprar repuestos al barrio Siete de Agosto en Bogotá, y a veces nos llevaba a la “oficina”, que era de hecho una oficina con un escritorio y un sofá de cuero que terminó en mi casa años más tarde. La oficina era en el Centro. En la Avenida Jiménez con Sexta, creo. Y ese viaje de Cota a Bogotá, que en ese tiempo duraba entre una hora y una hora y media, me dañó: siempre asocié a Bogotá con el olor a gasolina que expelía el Siete de Agosto. Volvía descompensada, pensando en todo lo gris que era la ciudad.

A mis hermanos y a mi mamá les pasaba lo mismo. En mi casa usábamos una expresión para decir que estábamos enfermos después de haber estado más de cuatro horas en la ciudad. Decíamos que teníamos el “Efecto Bogotá”: una migraña inminente, un mareo incesante y ganas de vomitar. Nuestros cuerpos no estaban acostumbrados a ese ritmo acelerado: los pitos, el tráfico, el humo, el ladrillo, el cemento, la falta de verde y el olor de la gasolina, fueron para mí los sinónimos de “ir a Bogotá” durante mucho tiempo y, siendo adulta, también: trabajaba en La Macarena, y había días en los que volvía a mi casa después de haber estado tres horas en un bus rojo, muerta de ira y con la cabeza a punto de estallar por el cuenco del ojo izquierdo.

Me mudé, porque si no puedes con tu enemigo, únete a él, y terminé viviendo en Palermo, al lado de la clínica en donde nací, en una casa pequeña que tenía un arbolito al frente. Descubrí que podía caminar de la oficina a la casa en las tardes, y no perdí la costumbre de hacerlo cuando cambié de trabajo y de casa, y me tomaba casi el doble de tiempo ir de un lugar al otro. Cambiaba las rutas para no aburrirme y mientras andaba, me iba imaginando cosas.

Bogotá me enseñó a estar conmigo. Y esto puede ser una abstracción muy absurda, pero aprendí a distraerme sin dejar de usar mis cinco sentidos, todos puestos en la calle. Yo podía ir pensando en San Felipe y en lo lindo que sería haberle visto la pupila dilatada, mientras miraba con mis ojos miopes el asfalto levantado. Podía contar los pasos de una cuadra a la otra y al otro día repetir el ejercicio para verificar el resultado, mientras le admiraba el antejardín a alguna vecina, y repetía los nombres de las plantas que había allí. Podía ir hablándole mentalmente a un perrito callejero, mientras saltaba un charco y esquivaba dos bicis, y todo esto con mi cuerpo en dirección al noroccidente, donde quedaba mi casa saliendo del Centro. Competía con el bus que me servía, que me topaba en la calle 19 con Séptima, le miraba las placas, y me lo encontraba de nuevo en la calle 53 con 24, a metros de mi casa. Me felicitaba por haber sido más rápida que él. Así, el Efecto Bogotá mutó para mí y se convirtió en un recorrido diario de una hora en el que la ciudad se abría para mostrarme los lugares por los que había huido de un monstruo. Y la quise. Y la quiero. Bogotá es mi casa, aunque desde este lado del Océano Atlántico no pueda examinarle la botánica ni la poesía ni la ingeniería.

 

*Foto prestada por Ana María Cárdenas, con quien he recorrido más que calles.