PRESCINDIBLE

De mi bisabuela conozco sólo una foto; está con dos niños, sentada, no se ríe, mira de frente, es en un estudio fotográfico y al fondo se ve el dibujo de un árbol y unas columnas. ¿Será la única foto que le tomaron en su vida?

En sus sesenta y siete años de vida, sin duda hubo muchos momentos importantes; supongo que como buena católica le impusieron todos sus sacramentos, tuvo dos hijos, -la parejita-, y conoció a sus siete nietos, pero no hay registro de nada de eso, solo esa foto.  ¿Por qué decidió tomarse esa foto unos años antes de su muerte, en una situación que no refleja, ni dice nada? ¿Por qué inmortalizar un momento que no es un momento como los nuestros?

Mi bisabuela murió hace 60 años y de ella, con certeza, sólo conozco su fecha de muerte y esa foto; una fecha que ella no decidió, y una foto que no la define, espero. A su descendencia también la conozco, pero ellas y ellos no son ella, algunos han muerto, pero los que la conocieron y no la conocimos, pudimos vivir sin recordar ni conocer su tono de voz, sus recetas, sus dichos, sus alegrías o problemas.  Ninguno de sus nietos, bisnietos o tataranietos ha tomado o dejado de tomar decisiones por lo que podría haber pensado la abuela, ella no está presente en ningún momento, sólo en esa foto.

Por el contrario, sus hijos, nietos, bisnietos y tataranietos hemos hecho lo posible por dejar rastro de los nacimientos, cumpleaños, sacramentos, fiestas, viajes, casas, cuartos, disfraces, espejos de baños, ascensores, platos de comida, carros y logros académicos, estamos sobre-registrados y más aún, sobre-expuestos; no obstante, estoy seguro que lo prescindible de cada uno será lo que permanecerá.

Siendo optimistas: el rastro, la memoria de una persona convencional, como usted, como yo, como nuestras familias, dura unos 50 años; por más que se esfuerce en dejar rastro, éste se irá, no importa si en su vida se tomó una foto o mil, su presencia es efímera.

Un día después de la muerte, ya se es un poco más prescindible que un día después del nacimiento. Ese día después, ese recibo en la mesa de noche o en el cajón de su oficina, se pagará; ese pelo que quedó en la almohada, se quitará; su bandeja de entrada se seguirá llenando con los mismos correos basura, con esas promociones que usted creyó que iban a darle algo de bienestar; esos mensajes tan importantes que se quedaron a medio escribir y sin enviar, ahí se quedarán; esa serie de televisión que llenaba de sentido su vida, seguirá emitiéndose; ese audífono dañado, al que hay que darle una vuelta y media al cable para que funcione, nadie más se lo aguantará y lo tirarán; ese pantalón que tenía que ser de ese color y con ese tipo de bolsillos, se regalará; esa lista de pendientes en su oficina, alguien la terminará, o tal vez no, no era necesario hacerlo y sólo era importante para usted.

Afortunadamente todo seguirá fluyendo, lo prescindible perdurará y usted, tan imprescindible, desaparecerá; con mucha suerte, un bisnieto se conmoverá por alguna de sus miles de fotos y decidirá escribir algo que demuestre su intrascendencia, la propia.

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