Vergüenza

El salón es demasiado grande, demasiado blanco y demasiado frío. Acostada, desnuda de la cintura para abajo y con las piernas abiertas en dirección a la puerta, espero al cirujano.

Entra una enfermera, toma un pedazo de gasa, lo humedece en algún líquido desinfectante, me examina como si fuera carne e intenta limpiarme.

—Mejor se la dejo al doctor, usted está muy cerrada.

Al rato vuelve con otra enfermera, las dos se agachan, me examinan, se levantan.

—Sí, tenías razón, mejor que lo haga el doctor.

Pasan varias personas por el pasillo, yo no las alcanzo a ver. Me imagino que miran, se incomodan por lo que observan, y continúan su camino tratando de olvidar la escena.

—¡Ahí estás con el santísimo expuesto! —me dice el doctor cuando entra a la sala—. ¿Cómo estás?

—Tengo frío —respondo temblando más bien por miedo.

—No te preocupes, es una cirugía sencilla.

Pone música clásica y hace su trabajo como si lo disfrutara. Yo me pongo a llorar, es lo que hago cuando no encuentro otra solución. Siempre me funciona, me libera. Me imagino que otras personas meditarán, rezarán o leerán, si se pudiera entrar un libro a una sala de cirugía, yo también leería. Llorando se me hace el tiempo más corto. La cirugía tarda menos que el tiempo de espera.

Vergüenza.

Eso es lo que siento, lo que debí responderle cuando me preguntó. Tengo vergüenza de tener esta enfermedad, y de que esta enfermedad me exponga, que le exponga el santísimo a 20 personas que pasan por el salón, antes de que llegue el médico. Una mujer debe taparse, sentarse con las piernas cerradas, no mostrar demasiado. Pero te enfermas y te acuestan desnuda en una sala de cirugía con el santísimo expuesto. Dejas de ser una mujer, te conviertes en un pedazo de carne.
Vergüenza, cuando me tengo que desnudar cada vez que voy al médico y tengo que responder las mismas preguntas.

Dejé de ir a misa para no tener que pasar por el momento incómodo de confesarme ante un cura, pero Dios me mandó a los ginecólogos.

—¿Cuándo fue tu última menstruación?
Vergüenza por no llevar la cuenta.

—¿Cuándo fue tu última relación sexual?
Vergüenza, si la respuesta es “Ayer” o “hace un año”

—¿Con qué planificas?
Vergüenza, no planifico porque hace un año que no tengo relaciones sexuales.

                                                                           *

Quisiera ser como mi amiga Clara, ella parece disfrutar todas estas cosas, esta semana cuando hablamos me dijo:
—Acá, con el frío, lo que sientes es un airecito fresco, mientras pones tus pies en una cosa metálica de terror y ¿sabes? la última vez, te lo juro había un ventanal que daba al pueblo a lo lejos y yo pensé: “Vagina mía: Mira este hermoso lago y este pueblo”.

Luego me envía una foto de una rana que cuelga de un cable con las patas abiertas como una gimnasta y me pregunta:
—¿Qué crees que dice esta rana?: “Mírame la cuca afeitada”.

Aunque estudiamos en el mismo colegio de monjas, ella es capaz de hablarle a su vagina, llamarla por su nombre y mostrarle el paisaje. Conclusión: la culpa no es de las monjas, tampoco de la situación. Mi culpa, mi vergüenza es solo mía.

                                                                                *

Mi papá habla por mí, yo estoy en shock. El ginecólogo de mi mamá, nos atiende en la recepción de su consultorio. Oigo, pero no codifico nada de lo que dicen, me siento como cuando era niña y no tenía con quien jugar en las reuniones de grandes a las que me llevaban mis papás.

A continuación, el médico me hace pasar al cuarto contiguo.
—Doctor, antes de que me revise, debe saber que tengo el período.
—No te preocupes, esto es urgente y debo verte como sea. Haz de cuenta que viniste a una revisión normal con tu médico, entonces te voy a hacer un examen completo, voy a empezar por tus senos para que te relajes y después seguimos con lo que nos preocupa. Es importante que los conozcas para que puedas detectar cuando tengas algo anormal.

Yo solo asiento con la cabeza. Me dejo hacer todo esto, porque siento vergüenza por los resultados del examen. Le debí haber dicho que no, que me revisara de una vez, que no me interesa que palpe mis senos. No quiero saber si tengo alguna masa rara, vamos de masa en masa, empecemos por la que tengo abajo, no quiero más malas noticias, no ve que tengo los ojos hinchados por llorar desde ayer, yo solo quiero que todo esto pase ya.
Irónicamente, la escena de un señor de 60 años tocándome los senos mientras mis papás me esperan en el cuarto del lado, me relaja.

—Tienes unas bolitas, pero no te preocupes, es tu textura, es herencia, así son los senos de tu mamá.

                                                                                         *

En la sala de espera sólo hay mujeres embarazadas.
—¿Cuántas semanas tiene? —pregunta la mujer que toma mis datos.
—No, yo vengo a consultar por un mioma.

No es un error de la enfermera asumir mi embarazo; al igual que las demás mujeres, vengo a hacerme una ecografía para observar una masa que se encuentra dentro del útero.

Cuelgo mi bolso en un perchero. El consultorio es pequeño y oscuro, apenas le cabe la camilla que, como todas las otras, tiene dos estribos metálicos para poner mis pies.

—Aún no estás lista, bebe más agua—dice el médico después de palpar mi abdomen.
Tomo dos litros de agua tibia hasta quedar nauseabunda. La paciente que pasa antes que yo, se tarda más de lo que mi vejiga puede esperar.

Por fin vuelvo a entrar, me pongo la bata, me acuesto. El doctor le pone un condón al transductor y lo lubrica. Esparce un gel sobre mi abdomen que no soporto, pues a causa de todo el líquido que tomé, mi piel está demasiado estirada.

Empieza el exámen, toma las medidas con paciencia, el mioma que aparece en la pantalla mide más de 10 centímetros, esto es como una relación sexual con transmisión en vivo.

—Aprovechemos para mirar cómo están tus ovarios.
Claro, tómese todo el tiempo que quiera, no ve que mi vejiga no tiene dos litros de agua adentro.
—Este es el derecho—dice mientras revuelve todos mis órganos internos con el transductor —ahora miremos el izquierdo. ¡Ah qué maravilla! Esto que ves acá es un óvulo maduro.

Aguanto las lágrimas, no sé por qué quiero llorar, si por el dolor en la vejiga a punto de estallar, o por no tener quien me fecunde el maravilloso óvulo.
Al final, me entrega los resultados y yo debo dar las gracias.

                                                                                 *

Es como si mis problemas se multiplicaran con las cirugías, me resultan miomas, endometrios, pólipos. Leí que las enfermedades en el sistema reproductor se deben a los sufrimientos que han padecido mis ancestras: partos dolorosos, abusos, culpa en la primera relación sexual. Vergüenza.
Tiene sentido, mi abuela me contó que, en el parto de mi madre, cuando se estaba quejando, la enfermera la hizo callar diciéndole que ya que había gozado tanto para quedar en embarazo, se aguantara el dolor.
Si las mujeres nacemos con nuestra reserva de óvulos, el óvulo que era yo, estaba dentro de mi mamá, sufriendo la vergüenza de mi abuela por haber quedado embarazada.

—No te vas a sanar, interviniendo tu cuerpo, cada cirugía te causa un bloqueo energético. Por eso se te multiplican los miomas –me dice el joven que practica medicina neural–. Entra al baño por favor y ponte esta bata.

Siempre se me olvida si la parte abierta es para adelante o para atrás. Me desnudo, acomodo a la santísima para que se vea presentable, me limpio con agua y me seco con la mano, no quiero que el médico me encuentre algún residuo de papel. Luego salgo con la parte abierta de la bata hacia atrás.
Me acuesto en la camilla, esta no tiene los estribos metálicos. Se supone que debe inyectar un analgésico en cada cicatriz, que son las partes que tienen bloqueos. ¿Cómo hará para inyectarme las cicatrices que tengo por dentro?

—la parte abierta era para adelante y no te tenías que quitar la ropa interior—dice el médico nervioso cuando levanta la bata—. Ve al baño y te la pones para que te sientas más cómoda.

¿Para qué me sienta más cómoda yo o él? Pienso en el camino mientras intento cerrar la bata por detrás para que el médico no vea lo que no necesita ver y yo no quiero mostrar.
Esta vez, no soy yo la que siente vergüenza.