Los monstruos no existen

Renato se escondía aterrorizado bajo las sábanas. Los monstruos no existen –pensaba y repetía-. Los monstruos no existen. Cada día temía la noche y cada noche ansiaba el día. Los monstruos no existen –pensaba–. Los monstruos no existen –se repetía.

Durmiendo junto a Renata nunca le había ocurrido. Renata no les tenía ningún recelo y poseía una maravillosa capacidad para ahuyentarlos. Valiente e inconsciente a los ojos de Renato, Renata sacaba los brazos, las piernas y los miedos de entre las sábanas. Pero ahora ella ya no estaba.

Los monstruos no existen –pensaba repetidas veces Renato–. Los monstruos no existen.

Durante el día, la luz y la rutina iluminaban sus recuerdos sin dejar espacio al miedo. Pero por la noche era diferente. Cuando caía, la oscuridad le envolvía. Y por más que Renato siempre encendía una lamparilla, la noche no desaparecía. A veces la oscuridad no desaparece con una bombilla.

La sábana un día le hubo dado confianza. De niño se escondía bajo ella y al momento los monstruos y sus miedos desaparecían. El problema es que a medida que crecemos, los monstruos crecen con nosotros. Y van haciéndose cada vez más crueles y desagradables, aterradores e incluso reales. Tal y como cada uno de nosotros.

Los monstruos no existen – pero los monstruos siempre aparecían.

Algunos estrepitosos, estremecían su sueño para no dejarle dormir. Otros, sin embargo, rondaban sigilosos alrededor de Renato sin que él fuera del todo consciente de su presencia. Algunos se percibían nítidos, otros un poco difuminados. Unos tímidos, otros aparecían sin reparo. Unos permanecían toda la noche, otros tan solo se quedaban durante un rato.

Aquella noche llegó como llegaba cada una de las noches. Pero Renato se metió en su cama pretendiendo que nada volviera a ser igual. Inspirar y expirar y pensar en cualquier cosa –se repetía–. Expirar e inspirar y pensar en cualquier cosa. Le habían dicho que los monstruos salían de su cabeza. Que si ocupaba su mente con cualquier tipo de pensamiento diferente, los monstruos no tendrían ningún hueco por el que escapar. Pensaba en un gato, pensaba en un viaje y pensaba incluso que aquello podría llegar a funcionar. Pero de pronto algo le interrumpió. Es arriesgado pensar en cualquier cosa cuando cualquier cosa te puede hacer recordar. De pronto algo comenzó a acercarse desde el último rincón de sus pensamientos.

La luz de la lamparilla comenzó a titilar, o al menos así le pareció a Renato. La puerta se abrió sutilmente y una sombra sumergió la habitación en la más profunda oscuridad, Renato empezó a ahogarse lenta y angustiosamente. Una figura apareció a contraluz bajo el marco de la puerta. Un paso. Luego otro. El monstruo avanzaba despacio. Un paso. Luego otro. Renato se escondió bajo las sábanas. Los monstruos no existen –se repitió. Un paso. Desde su interior un grito desesperado luchaba por salir pero Renato era incapaz de reaccionar, más que cerrar los ojos y pensar “los monstruos no existen”. Y de pronto el último paso.

A los pies de su cama, aquella figura se detuvo para observarle fijamente. No existes para mí –se decía y repetía Renato–. No existes para mí. Renato estaba paralizado. Aquella figura permaneció inmóvil e indiferente al miedo, mientras Renato temblaba aterrorizado.

Entonces Renato percibió como los muelles de su colchón se resentían. El monstruo comenzó a colarse bajo la sábana. Primero un brazo, luego el otro, después el rostro. Se arrastraba lentamente, sin prisa, Renato no se movía. Desde el centro de la cama, Renato alcanzaba a sentir aquella respiración inquietantemente tranquila, el sonido de aquella piel restregándose contra las sábanas y la sensación de que cada vez estaba más cerca. Hasta que llegó hasta él. El monstruo posó su mano sobre Renato y comenzó a acariciarle la pierna. La piel era cálida y sedosa. Renato se estremeció. El monstruo acercó sus labios al cuello de Renato, carnosos y húmedos. Renato pudo sentir su aliento. Y apretando con fuerza los párpados, suplicó una y otra vez que aquel monstruo desapareciera, que aquello no fuera real, que fuese lo que fuera, no pudiera hacerle daño. No existes para mí –se repetía–. Ya no existes para mí.

Entonces el monstruo se acercó lentamente hasta su oído.

Y le besó.

Y con una voz suave y aterradoramente familiar, le susurró la misma frase que desde aquel día, cada noche le había atormentado.

Renato… Ya nunca volveré.

*Foto por  Alexander Possingham. El cuento de Luis fue uno de los trabajos seleccionados por medio de la primera convocatoria abierta que hizo Peces.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s