Tiempo derretido

Por Patricia I. Uribe.

En la pintura La persistencia de la memoria –también conocida como Los relojes blandos–, realizada por Salvador Dalí en 1931, se encuentran cuatro relojes: el primero cuelga de una rama, el segundo se encuentra en el centro del cuadro, descansando sobre una figura difusa y el tercero está reclinado en un mueble. Estos tres lánguidos relojes indican horas diferentes, se ven como si se estuvieran derritiendo, como si el tiempo tratara de escaparse ante un paisaje estéril. El cuarto reloj ubicado también en el mueble, en la parte izquierda es diferente de los otros relojes, se encuentra volteado, se ve hermético, cubierto por un grupo de hormigas; en este reloj el tiempo se percibe inmóvil, aprisionado, sin salida y cubierto por esos insectos que tanto aterrorizaban a Dalí. Es la mejor representación de mis primeros cinco años de colegio, en los cuales el tiempo se estancó, se escurrió y quedo anclado en mi memoria.

El primer reloj que tuve era de pulsera. Me lo regaló mi papá y me lo puso en la mano derecha. Ahora pienso que se me dificultaba leerlo porque en esa época ni mis padres ni yo sabíamos que yo era zurda, no me acuerdo de su marca. Lo llevé al colegio y una compañera que tenía una cadena remendada, al ver la atracción que me producía su cadena, me propuso que se la canjeara por mi reloj, no lo pensé ni un minuto y se lo cambié, quedé feliz con mi cadena y con la satisfacción de haberme desecho de ese objeto extraño que habitaba mi cuerpo. Desde ese día nunca volví a usar un reloj de pulsera y empecé a sospechar que el ritmo de mi propio tiempo iba en contravía de sus manecillas.

Este canje fue una de mis primeras rebeldías. Si me preguntan de dónde venía esa rebeldía, lo primero que me pasó por mi mente fue la imagen del reloj del abuelo Ambrosio, quien decretaba el tiempo de la familia, establecía los horarios de trabajo para hombres y mujeres, no permitía ninguna huida, y disciplinaba la vida cotidiana de las personas que habitaban esa gran casa de bareque.

Aunque me pude salvar del reloj de pulsera, no me salvé del reloj del colegio. Allí mi tiempo quedó empeñado, la monotonía de las clases se regodeó con el paso lento de los minutos, el salón de clase tenía la forma de un sarcófago, el escritorio de las monjas se encontraba encima de una tarima que les permitía controlar a todas las estudiantes hasta las de la última fila, las paredes eran de color pálido, había siempre un cuadro de algún santo y una cartelera con el horario de clases. La cruz estaba encima del tablero verde, la tiza y el borrador se encontraban en una caja pegada en la parte inferior del tablero; la ventana era de color café y tenía rejas, desde allí no se alcanzaba a divisar el cielo, ni siquiera se podía sentir la vibración del vuelo de un pájaro, la puerta del salón siempre permanecía cerrada. Las monjas vestían hábitos hasta los tobillos, un manto blanco almidonado cubría completamente su cabello, sus orejas y su frente; por delante eran completamente planas, parecía que no tuvieran senos, en su cintura llevaban un llavero con cantidades de llaves, como pingüinos iban de un lado para otro.

Recuerdo que en segundo grado una monja nos mostró la imagen de dos perros: uno estaba amarrado a su casa de madera con un plato lleno de comida y el otro era un perro callejero que llevaba en su boca un hueso de pescado. La monja me preguntó cuál creía que era el perro que se sentía mejor, yo le respondí que el perro callejero. Ella me interpeló diciéndome firmemente que estaba equivocada, que el otro perro era el más feliz porque tenía casa, comida y estaba limpio. Como no había derecho a réplica, seguí pensando que el perro callejero tenía algo mejor, su propio tiempo, no cargaba con el tedio que yo padecía con los horarios establecidos en el colegio. El tiempo volvía a ser mío cuando llegaba a mi casa. En esos cinco años de colegio el tiempo se derritió lánguidamente entre las rendijas de los horarios de clase.

Pintura: La persistencia de la memoria, de Salvador Dalí.

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