Descubriendo la máscara cachacera 

Fotos y texto de César Mauricio Olaya. Comunicador social, periodista y fotógrafo documentalista

Desde cuando éramos niños, la relación de encantamiento por las máscaras era una especie de ritual de construcción de nuestros imaginarios. En lo personal, mis memorias me trasladan a la lectura de cómic, donde, debo confesar, uno de mis personajes favoritos eran los Chicos Malos, tres ladrones que, con sus antifaces, sus rostros sin afeitar y sus barrigas prominentes, eran el dolor de cabeza para los tesoros acaudalados por el ávaro Rico McPato.

Llegaría posteriormente la televisión y aparecerían en escena personajes como el Zorro, el Llanero Solitario y Batman, los cuales, a pesar de usar máscaras tan similares a los citados Chicos Malos, curiosamente resultaban los buenos del paseo. Pero la bendita máscara cumplía a cabalidad el principio de mantener oculto que, tras el corajudo Zorro, se escondía el millonario hacendado don Diego de la Vega; que el Llanero Solitario era en realidad John Reid, un ex sheriff texano y que tras el Caballero de la Noche se ocultaba el millonario heredero Bruce Wayne.

El Llanero Solitario. Imagen tomada de internet.

Luego aparecerían en la escena de estos enmascarados célebres, los personajes de la lucha libre mejicana: Santo el Enmascarado de Plata, Blue Demon, Mil Máscaras y otros tantos, algunos que en mi infancia pude ver subirse al tinglado, nuevamente confesando mi admiración por los llamados “malos”, entre los que recuerdo al Doctor Muerte, La Momia y Máscara Negra.

Obviamente, en la literatura los enmascarados volvían a convertirse en esos hechiceros de nuestra imaginación y obras como el Hombre de la Máscara de Hierro, de Alejandro Dumas, el solo título del libro invitaba a una obligada lectura.

Evidentemente, esta historia de encantamientos ha sido una constante misma en la humanidad, desde los primeros registros de su existencia, los cuales se remontan al uso de máscaras ceremoniales por cuenta de los sacerdotes egipcios, como lo confirman los cientos de imágenes de los jeroglíficos dibujados en las tumbas y pasillos de los templos y pirámides de esa cultura.

De las venturas divinas a la muerte

Y si por Egipto llovían las máscaras como determinantes del poderío de los sacerdotes, por América los tributos rendidos por los poderosos caciques de las tribus aztecas, mayas e incas, no se quedaban atrás en sus galas de ocultamiento, haciendo uso de máscaras, pinturas y tocados de plumas, que les permitían marcar sus territorios de directa comunicación con sus dioses.

Aztecas. Imagen tomada de internet

Muchos años después, por los tiempos feudales, cuando aparece en escena la temible Peste Negra, la máscara vuelve a surgir como protagonista, cumpliendo con dos propósitos: preservar la identidad de los médicos y los sepultureros a cargo de los trabajos sanitarios.

De esa época se recuerdan las imágenes que nos muestran a unos tenebrosos visitantes, que cubren sus caras con unas máscaras que representan a una extraña ave de pico curvo y prominente. Se sabría después que ese pico hacía las veces de reservorio de distintas fórmulas químicas que inhibían tanto los fuertes y nauseabundos olores derivados tanto de los enfermos, como de los cadáveres e incluso algunas plantas que hacían las veces de antibióticos.

Con el transcurrir de los tiempos y cuando el imperio de la Ley pasa por incorporar la pena capital y en ella la decapitación como alternativa, la figura del verdugo aparece como un encapuchado, muy diestro en el manejo del hacha, la guillotina y la horca.

Por este listado de encapuchados, habrían de pasar desde mediados del siglo pasado y durante varios lustros, el tristemente célebre Ku Klux Klan, un grupo de extremos fanáticos que, en Estados Unidos, se congregaron alrededor de la bandera de la hegemonía blanca e hicieron de su trasegar una ola de crímenes y atentados contra todo lo que representara la raza negra.

La fiesta se pone la máscara

Quizá la presencia de las máscaras en directa relación con la fiesta deba trasladarse en el tiempo al periodo del medioevo, primero con el uso de ella de manera exclusiva al universo del teatro, donde los actores hacían uso de ellas para representar dos instancias de la vida: la comedia y la tragedia.

De los teatros donde curiosamente se exigía que las damas interesadas en ingresar a apreciar una obra debían hacerlo cubiertas con una máscara, por el decoro que debía guardarse de su buen nombre, pues el teatro era visto como una especie de trampolín perfecto para las acciones celestinas.

Del teatro tanto por parte de actores como de las damas asistentes, la máscara pasó a los grandes salones de la realeza y en menos tiempo de lo esperado, a las calles de las ciudades, irrumpiendo con especial fuerza en el afamado Carnaval de Venecia. Allí la máscara se convierte en el pasaporte perfecto para la trasgresión social que en cierta medida permitían las llamadas fiesta de la carne o carnaval, donde todo desmán era permitido y toda trasgresión se convertía en el desfogue de los deseos.

Entre las máscaras más reconocidas del Carnaval de Venecia aparecen los de la “bauta”, una máscara blanca que representa la larva y que traduce en transformación, la “gnaga” o gato, que usaban los hombres dispuestos a la infidelidad y la “moretta”, especialmente diseñada para ser usada por las damas, con una especial particularidad y es que esta se sostiene mediante una especie de alfiler que se soporta entre los dientes, lo que inhibe el poder hablar por parte de la portante.

En este contexto, aparece el nombre del “mattaccino” que, para nosotros los santandereanos, tiene una muy particular relación con una tradición que llegó con la comunidad de los hermanos salesianos, quienes llegaron procedentes de Italia y tuvieron como misión: el cuidado de los enfermos de lepra congregados en el sanatorio del municipio de Contratación. Allí nació la tradición de las comparsas de los matachines, unas figuras ataviadas de máscaras, a través de las cuales los enfermos se burlaban de su propia condición, representando las deformaciones y efectos que la enfermedad generaba en las personas. Desde los tiempos del lazareto, creado en el año de 1835, todos los diciembres se celebra la fiesta de los matachines, donde la máscara es el invitado de honor.

En las geografías de la Costa Caribe colombiana, otra de las grandes fiestas de tradición es el Carnaval de Barranquilla, que aunque algunos historiadores aseguran se remonta a tiempos de la Colonia, oficialmente se determinó como su fecha natal el año de 1903, cuando nace la famosa Batalla de Flores, que celebraba el fin de la Guerra de los Mil Días, reemplazando las balas por las flores y dando lugar a una convocatoria de las fiestas de los pueblos vecinos, reunidos en la capital del Atlántico.

Un juego de máscaras inspiradas en los efectos cutáneos de la enfermedad de Hanssen, representan a los famosos Matachines de Contratación, Santander. Carnaval de Barranquilla
Un juego de máscaras inspiradas en los efectos cutáneos de la enfermedad de Hanssen, representan a los famosos Matachines de Contratación, Santander
Las Marimondas de Barrio Abajo, una de las comparsas más representativas del Carnaval de Barranquilla
Las Marimondas de Barrio Abajo, una de las comparsas más representativas del Carnaval de Barranquilla

Durante muchos años, esta fiesta se determinaba por unas pocas comparsas como las de la danza del paloteo, las elitistas danzas del Garabato y el Congo, integrada por socios del prestigioso Country Club de Barranquilla y de algunas universidades privadas, la danza del torito proveniente del municipio de Baranoa y la del Coyongo (ave zancuda de las riberas del Magdalena) y, obviamente, las folclóricas alrededor del baile del mapalé y la cumbia.

En la década de los sesentas, aparecen en la escena las comparsas de los Cabezones, los Monocucos y las célebres Marimondas. En estas tres, la máscara se vuelve protagonista al convertirse en la fórmula mediante el cual, sus integrantes ocultaban una identidad que, para el caso de los Monocucus, su disfraz ocultaba la figura de los infieles y en el caso del Monocuco, la condición social de los excluidos de la fiesta.

Cachaceros y la magia de la representación

La máscara cachacera todo en ella es originalidad y una absoluta proximidad y relacionamiento del hombre con su entorno.
La máscara cachacera todo en ella es originalidad y una absoluta proximidad y relacionamiento del hombre con su entorno

Estoy convencido que las Cuadrillas de San Martín hoy no solo merecen ser reconocidas como un patrimonio cultural de Colombia para el mundo, sino también gozar de su justa reivindicación como la fiesta de tradición más antigua de nuestro país.

Conocí esta fiesta hace un poco más de 30 años, cuando vine en calidad de enviado especial del diario El Espectador, siendo testigo de un desborde de alegría y de manifestaciones donde la esencia del llanero se evidenciaba en su destreza como jinetes y hoy, al igual que para esa época, fueron los Cachaceros los que sin duda se llevaron todas las manifestaciones de admiración.

Pieles de animales, plumas, aves disecadas, dientes de animales y 
Muchos elementos encontrados en el campo, hacen parte del diseño de la máscara Cachacera
Pieles de animales, plumas, aves disecadas, dientes de animales y
Muchos elementos encontrados en el campo, hacen parte del diseño de la
máscara Cachacera

Y hoy, la sorpresa sería más particular cuando tuve la oportunidad de visitar y conocer a uno de sus grandes protagonistas, el popular Maviejo, que, aún no salgo del asombro, cuando al verme me saludó con especial afecto y recordó que, en la primera visita este bello municipio, le había hecho un retrato con sus atavíos, y públicamente revelando su identidad al tener la máscara entre sus manos.

Y es que la magia de los Cachaceros tiene en la máscara su principal capital, si se tiene en cuenta que, a diferencia de las citadas anteriormente, esta resulta siendo única tanto en su representación, como en el hecho de que la no repetición, pues cada año y como parte de la tradición, se exige que su portador innove en su creación.

Volviendo al encuentro con Maviejo, su memoria destaca que los cambios que se han dado a lo largo del tiempo han ido en contra del sentido de la fiesta y que es importante recuperar algunas de las tradiciones como las llamadas rancherías, sitio de encuentro de cada una de las Cuadrillas, donde se vivía su propia fiesta que podía extenderse por varios días antes de la salida de las Cuadrillas y en donde los integrantes hacían gala de sus habilidades: los Moros como los más diestros en el dominio de sus caballos, los Cachaceros trayendo a escena su obligada relación con el llanero de tradición y los Guahibos, con su habilidad en el manejo de la flecha, «cazando» las gallinas finas que buscaban refugio en los árboles cercanos.

En la mirada de Maviejo se sintetiza la fuerza, el tesón y los saberes milenarios del llanero. San Martín de los Llanos
En la mirada de Maviejo se sintetiza la fuerza, el tesón y los saberes milenarios del llanero.

Revelando el misterio oculto tras la máscara de los Cachaceros, subrayar que el hacer parte de las Cuadrillas es determinada por dos factores esenciales: habilidad en las lides de la vaquería y la tradición.

Quien carezca de la suficiente destreza en el monte del caballo, simplemente debe evitar caer en la tentación de participar en estos juegos, por lo demás, el hecho de que tras la máscara se oculte un profesor, un mecánico de motos, un ganadero destacado e incluso un desempleado angustiado por su condición, pasa a un segundo plano cuando se trata de mantener viva esta tradición.

Tras la llamativa máscara de un Cachacero, se oculta el rostro de Fabián Enciso, un ganadero y hombre del llano, comprometido en mantener vigente esta tradición.
Tras la llamativa máscara de un Cachacero, se oculta el rostro de Fabián Enciso, un ganadero y hombre del llano, comprometido en mantener vigente esta tradición.

Es posible que el reconocer, como seguramente lo hacen buena parte de los sanmartineros, quien es la persona que se oculta tras una máscara, no le quita ni le pone a la magia de su representación, como seguramente hoy, poco nos importe que tras la máscara del Santo, el Enmascarado de Plata, se ocultara la del ciudadano Rodolfo Guzmán Huerta pues el secreto guardado por 40 años como luchador profesional, jamás perderá el misterio de su presencia en el imaginario popular.

La salida a las calles de San Martín de los Cachaceros se convierte en motivo de encantamiento colectivo
La salida a las calles de San Martín de los Cachaceros se convierte en motivo de encantamiento colectivo
César Mauricio fue uno de los participantes de "La Danza de los Cuadrilleros", nuestro taller de fotografía en San Martín de los Llanos que se llevó a cabo del 8 al 11 de noviembre de 2024. En los próximos días, les compartiremos más muestras de las búsquedas creativas los participantes y los talleristas. Conoce más del taller aquí. 

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