Viajando con dos propósitos

Texto y fotos por Diego J. Riaño

En medio del confinamiento causado por el coronavirus y la frustración de no poder viajar para visitar a mi familia y amigos, caí en cuenta que cada viaje que hacemos es una oportunidad de generar un efecto en cadena. En la víspera del retorno a una vida sin restricciones de movilidad, la decisión de a dónde ir y cómo viajamos es una oportunidad para ser parte del cambio. Acá les comparto mi reflexión. 

El tipo de cuarentena a la que nos hemos visto sometidos por la pandemia del coronavirus no tiene precedente en nuestra historia reciente. A principios de abril estaba estimado que alrededor de 91% de la población mundial estaba confinada dentro de sus países. Es decir, 9 de cada 10 personas en el mundo no podían salir de su país.

Irónicamente, estas medidas se tomaron en el pico del auge mundial del turismo. Por ejemplo, el número de viajes aéreos ha crecido de manera exponencial en los últimos 50 años, especialmente en las primeras décadas del siglo XXI. Tan solo en los últimos 20 años, cada récord anual ha sido superado por el año siguiente. De casi 20 millones de viajes a principios de siglo, alcanzamos más de 40 millones en el 2019. Con esta expansión de la industria de la aviación y los servicios turísticos que emergen en conexión, la economía del turismo tiene un peso global que alcanza a ser 3-4% del PIB global, es decir, algo como 3 trillones de dólares. Esta enorme es una cifra es similar al tamaño de la economía del Reino Unido, la sexta economía más grande del mundo.

Viajar es casi tan natural para los seres humanos como la necesidad de alimentarse o socializar. A través de los 70.000 años de historia del homo sapiens, los seres humanos hemos recorrido el territorio global de una esquina a otra. De hecho, fuimos primero nómadas antes de la creación de las ciudades y estados. Además, cada viaje que hacemos es un acto cargado de simbolismo. Viajar ha representado para millones personas un símbolo de cambio, liberación, aprendizaje, sueños o aventuras. Muchos de nuestros recuerdos más impactantes están asociados a un viaje, a un lugar nuevo o a la necesidad de adaptarnos a nuevo entorno. 

Bahia de Halong en Vietnam. ¿Qué pueden aprender las comunidades pesqueras de la Mojana  de los vietnamitas?

Sin embargo, en medio del confinamiento hoy no sabemos cuándo vamos a poder viajar nuevamente. De hecho, esta es una de las preguntas más frecuentes en Google en estos días. Desde nuestras casas muchos anhelamos viajar para visitar a nuestras familias y amigos, reactivar los planes que fueron cancelados o simplemente viajar para repetir nuestros sitios favoritos. 

En medio de la incertidumbre, hay una certeza: la pandemia del COVID-19 pasará. No sabemos cuánto tiempo más de cuarentena es necesario, pero lo que es seguro es que esto pasará. China ya abrió su economía, aunque aún no despega en su totalidad. Europa avanza y se prepara para la temporada del verano. Colombia ya empieza a flexibilizar sus medidas y solo es cuestión de tiempo que la misma ola cubra la población mundial. Sin embargo, muchas consecuencias de esta crisis quedarán. Se escribe mucho últimamente sobre cómo el COVID-19 va a moldear la década que apenas estamos comenzando. Aunque es mejor no creer todo lo que uno lee en Internet, es evidente que el mundo después del COVID-19 va a ser diferente. 

¿Qué tan fuerte será el impacto del COVID-19 en el turismo? Aún no lo sabemos en plenitud pero hoy en día ya se ven conglomerados de la talla de Avianca que se han declarado en quiebra y piden auxilios del gobierno. A esto se le deben sumar las miles de pequeñas y medianas empresas que dependen del turismo en Colombia y en el mundo. A nivel global 1 de cada 10 empleos es generado por el turismo. Es decir, miles de familias verán su medio de subsistencia drásticamente afectado en el 2020 y posiblemente en los años que vienen. 

Sinceramente, espero que pronto se abran las fronteras y que los aeropuertos y estaciones de transporte vuelvan a operar en plena capacidad. Todos nos merecemos la oportunidad de viajar, de conocer, de aprender, de perdernos y de encontrarnos. Sin embargo, en medio de la redefinición de actitudes, hábitos y negocios que el coronavirus está acelerando, quisiera hacer un llamado a que pensemos en la responsabilidad que tendremos que asumir cuando decidamos retomar nuestros planes de viaje después de esta crisis. 

Por un lado, científicos han declarado que las raíces profundas del COVID-19 (y de posibles futuras epidemias) están asociadas a la degradación ambiental en que se encuentra el planeta Tierra. La depredación de hábitats naturales, la extracción y quema de combustibles fósiles y el sobre-consumo insostenible que caracteriza a un gran segmento de la población global. Y entre esas actividades que tienen un costo ambiental enorme, está viajar. Especialmente, tomar un vuelo internacional es un placer con una huella de carbono altísima si se mira desde el punto de vista individual. Es por esto que la industria aérea se ha vuelto uno de los principales focos de atención de ambientalistas en diferentes partes del mundo y ha creado el fenómeno del “flyshame” (vergüenza de volar), a pesar que solo contribuye con el 2% del total de emisiones globales de gases de efecto invernadero.

Al mismo tiempo, viajar es un privilegio de unos pocos. En Colombia, se estima que solo el 10% de la población ha viajado al exterior. A nivel global la cifra es alrededor de un 20%. Solo somos unos pocos los responsables de la huella ambiental que causan los viajes. 

Mujeres que cultivan ostras en Santarém, Brasil, en una de las vertientes del río Amazonas

De otro lado, si pensamos en el mundo después de COVID-19 también tendremos que analizar las consecuencias socioeconómicas que están atadas al acto de viajar. En una economía en modo de recuperación, no solo es tarea del gobierno pensar en la recuperación de los sectores económicos más importantes como el turismo y establecer paquetes de ayuda. El dinero que eventualmente podamos gastar o no en nuestro próximo viaje puede tener un efecto sistémico en el tipo de cultura del turismo que sobrevivirá la crisis.

Acá les presento unas ideas que sin ánimo de ser exhaustivas, son una invitación a pensar en las consecuencias finales de su decisión si decide viajar. 

Primero. ¿Me gasto o no me gasto la plata? ¿Tengo la posibilidad de gastar algo de mis ahorros en un viaje o mejor los reservo para una contingencia? ¿O tal vez ayudo a un amigo/a o un familiar?

Segundo. Si tengo el privilegio de poder gastar, ¿me voy de vacaciones dentro del país o por fuera? ¿Hay algún lugar de Colombia que nunca ha podido visitar pero que siempre le ha tenido ganas? Tenga en cuenta que su dinero va entrar en una economía o en la otra. El gasto, su efecto multiplicador y los impuestos asociados van a ser manejados por los ciudadanos y el gobierno del país que usted elige para su próximo destino.

Tercero. ¿Qué tipo de compañías elige para sus próximas vacaciones? ¿Una multinacional hotelera, una empresa familiar atendida por sus propietarios, o un emprendimiento con estrictas medida de responsabilidad social y ambiental? Su elección es casi como una votación. Usted estaría eligiendo cuáles son los negocios que van a sobrevivir la crisis causas y cuáles no.

Cuarto. ¿Cómo va a compensar el efecto ambiental de su decisión? Desafortunadamente el precio de un tiquete aéreo no refleja su costo ambiental, pero es hora que los viajeros de este mundo asumamos la responsabilidad asociada a este placer. Hay compañías aéreas que ofrecen opciones de compensación directamente sobre la compra de un tiquete. Ese es un inicio. También puede pensar en usar otros medios de transporte con una huella ambiental menor (como un bus o un tren) o incluso optimizar su ruta para tomar menos vuelos si decide irse de unas vacaciones largas. Otra opción es hacer una donación a una ONG reconocida trabajando por el medio ambiente. ¿Le gustaría donar algo al Amazonas?

Pero, ¿es esto suficiente? La crisis ambiental requiere mucho más que eso. Si queremos seguir viajando, tendremos que devolverle mucho más al planeta. 

Habitantes de la región Tigray en Ethiopia desarrollaron un proyecto comunitario de terrazas que ha impulsado su agricultura y economía. Hoy es un ejemplo mundial de desarrollo comunitario en zonas montañosas

Por esta razón, quisiera hacerle una invitación a que su próximo viaje tenga un doble propósito. Disfrute, viaje, pero tráigase una idea que le sirva a su comunidad, su ciudad o su país. La crisis ambiental y económica que nos deja el COVID-19, necesita de nuestro intelecto y de nuestro espíritu innovador para generar nuevas ideas. Las necesidades son incontables: reactivar la economía con negocios verdes, parar la deforestación del Amazonas, transformar la movilidad en las ciudades, encontrar alternativas al plástico, mejorar el sistema agricultor y nuestros hábitos alimenticios, generar empleos en zonas marginadas, entre otras muchas, incluyendo la investigación y regulación de una industria de aviación basada en energías limpias.

Si usted es uno de los afortunados que va a volver a viajar cuando las medidas de confinamiento del coronavirus se levanten, utilice su experiencia para aprender, para intercambiar conocimientos con otras culturas, para traer nuevas prácticas. Viajar en el mundo después de COVID-19 es viajar con un propósito, es traer a la casa mucho más que un souvenir o un par de selfies. Traiga ideas que cambien este mundo, porque nunca hemos necesitado más de sus ideas que en este momento.

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