La memoria

Sé que cargo con una extraña condición.  Soy consciente de ello. A ciencia cierta no sé qué es. Me miro en el espejo y trato de obtener una respuesta.  Sólo veo un tipo de mediana edad con entradas cada vez más pronunciadas. Observo que unos indómitos pelos asoman donde antes no habitaban, pero nada en particular. Salgo del cuarto y me preparo el desayuno antes de salir para la consulta con la psicóloga. Francesca mi esposa y mis hijas Ana y Natalia aún duermen. Me siento en la mesa del comedor y mientras observo por la ventana dejo mi mente vagabundear en libertad. Repentinamente empiezo a recordar con nostalgia los huevos revueltos con maíz que preparaba mi madre y el delicioso pan rollito con mantequilla. Me veo en la cocina materna tomando chocolate y preparándome para salir al colegio junto a mi hermano. Llevo el uniforme de saco azul con una franja amarilla y el pantalón gris. En mi mano derecha sostengo la lonchera del Hombre Increíble que me regaló mi papá. El día que me la entregó, me dijo bromeando que yo era tan colérico como el personaje. Era verdad, mi precoz mal genio fue un sello durante mi niñez. Salgo de la añoranza al oír el Himno Nacional en la radio, indicándome que son las seis de la mañana.  Es la hora de subirme al carro y tomar camino.

Mientras me enfrento al insufrible tráfico capitalino busco sosiego en alguno de los viejos discos compactos que guardo en la guantera. Selecciono uno al azar y en pocos instantes los parlantes me apaciguan con los primeros acordes de “Tolú” de Lucho BermúdezUna sensación de placidez me abriga y hace más llevadero el tortuoso camino hasta mi destino. Acompañado por un repertorio anacrónico recorro las atestadas calles y avenidas. Mientras lo hago, rememoro las remotas rumbas familiares, las navidades y fiestas de año nuevo, los globos, las Chispitas Mariposa y otros tantos recuerdos que afloran en mi mente con cada canción. Llego al consultorio y me hacen sentar en una sala de espera. Observo con curiosidad un cuadro de tapiz antiguo con una alegoría campestre. Aguardo en silencio y me cuestiono si mi esposa tiene razón en que haga todo este proceso. 

En un rato la Doctora Reinoso me hace seguir al consultorio. Calculo que tiene unos cincuenta años.  Tiene pelo corto, unas finas facciones, lleva un pantalón negro y una blusa blanca. Me atrae, es bastante agradable. Me siento en una silla y quedo frente a una biblioteca que me proporciona la idea de estar con una profesional idónea. Siempre he creído que las personas que leen están ejercitando la mente y logran mayor lucidez que el común de la gente. Además, creo que tienen la capacidad de ver los problemas desde diferentes ángulos, que para el caso de un psicólogo me parece fenomenal. Noto que los títulos de Carl Jung, Max Wertheimer y un tal Stanislav Grof son los que parecen acaparar la atención de mi especialista.

Amablemente me pide que le cuente un poco de mi vida. Rápidamente le comparto quién soy,  hablo de dónde vengo, transcurro por mis diferentes etapas vitales y cierro concluyendo con que soy un tipo afortunado. Tengo una familia bonita, amo a mi esposa y mis hijas, vivo en un lugar privilegiado, me muevo en un buen carro, he estudiado lo que he querido, mi mamá aún vive y me consiente como si aún fuera un párvulo. Tengo dos sobrinos hermosos a los que adoro con el alma. Hago deporte, voy a cine, el sueldo me da para cubrir las necesidades fundamentales y me permite comprar los libros y la música que quiero. Le cuento que hace poco me pude dar el lujo de adquirir una costosa tornamesa, con el propósito de volver a oír algunos Long Play que estaban arrumados en la casa de mi mamá. No eran muchos. Relato que mi padre se deshizo de la mayoría cuando el equipo Shimasu se averió y los discos dejaron de venderse. No le vio mucho sentido a acumular cachivaches y se los vendió a un interesado casual. Le manifiesto a la Doctora que comprar el tocadiscos me suministró un bienestar indescriptible. Fue un viaje al pasado. A los años dorados cuando mi padre desenfundaba cualquiera de sus LP y me invitaba a sentarme en la sala para oírlos en su compañía. Me envolvía con historias y anécdotas de los autores y músicos más importantes de la historia. Lo recuerdo narrándome los acontecimientos que acompañaron a Beethoven mientras componía la Novena Sinfonía. Era tan gráfico que mientras lo escuchaba, podía ver perfectamente al músico alemán angustiado, quedándose sordo, usando trompetillas y escribiendo sus partituras en medio de la adversidad.

La psicóloga parece entretenerse con mis palabras. Con voz afectuosa me pide que le cuente qué me gusta hacer. Con profunda convicción le expreso a la Dra. Reinoso que soy de los que pienso que es mejor quedarse en la casa. Me exaspera tener que hacer fila para entrar a algún sitio.  Peor aún, ingresar para oír la insoportable música de ahora y pagar cojonales por un mal servicio. Me cuesta observar a los lánguidos millennials con los pantalones entubados y sus peinados estrafalarios. Prefiero organizar encuentros en mi casa, donde me siento más seguro.  Además, puedo ser el amo y señor de la música como lo era mi padre. Como buen melómano tengo un ecléctico repertorio con lo mejor de lo mejor, desde mediados hasta finales del Siglo XX.  Dispongo de una surtida licorera y sin echarme flores, me considero un gran anfitrión. Orgulloso le aseguro que las tablas de queso que prepara mi esposa podrían opacar a cualquiera de las que promociona cierto restaurante colombo suizo. Categórico asevero que en mis reuniones imperan el queso camembert y las exiguas aceitunas rellenas de jamón serrano. Las mismas que compraba mi progenitor, en el desaparecido delikatessen de Unicentro y que por fin pude volver a encontrar en un pequeño local a unas cuadras de mi casa.

Qué cómo es mi círculo social me pregunta la psicóloga y le aseguro que indudablemente mis mejores amigos son los que me acompañan desde la infancia. Un par de ellos venimos juntos desde el jardín infantil y el resto los conocí en los edificios donde viví hasta los casi treinta años. Afirmo que me gusta convocar a mis amigos de antaño y tenerlos reunidos en mi hogar.  Suelo mostrarles antiguas fotos de cuando éramos adolescentes y preparo playlists con lo mejor de la música de la época. “Doctora, no hay nada mejor que Juan Luis Guerra, Charly García o Phil Collins. A ellos les debo el ochenta por ciento de mis levantes”. Le confieso a la especialista que aún guardo casetes donde se almacenan primitivos audios con las destempladas voces de nuestra pubertad.  Afirmo que me regocijo al devolverme a aquellos años maravillosos, cuando no había más preocupación que la de pasar los exámenes del colegio y tener los cojones para cortejar a los amores de turno. Contar los chistes y las anécdotas de siempre con mis viejos amigos es mi mayor disfrute. ¡Ah los amores inocentes!, ¡Las borracheras con Aperitivo Konkeskorva de Manzana y Vino Cariñoso! Acepto que me encanta traer a colación temas alojados en el baúl de los recuerdos. Me encanta hacer preguntas que evoquen viejos tiempos: “¿Se acuerdan cuándo aprendimos a fumar?”, ¿Alguien ha vuelto a cortarse el pelo donde Tito?”, ¿Recuerdan los sifones y la pizza de anchoas de la Pizzería Domo? 

Mi atractiva psicóloga dibuja una mueca en su rostro similar a una sonrisa. Hace algunas anotaciones y sigue indagando sobre mi existencia: “¿Y los fines de semana va a algún lado?”. Manifiesto que normalmente propongo ir a “Jack” el restaurante al que me llevaban mis padres de niño. Allá jugábamos en los columpios con mi hermano Daniel, hasta que nos llamaban para sentarnos a almorzar. Eran increíbles los calamares al ajillo y la entrada de escargots que combinábamos con pan crujiente. Como plato fuerte el monumental Filet Mignon y de postre el infaltable rollo de helado. Le cuento que siempre ordeno un amaretto antes de pagar la cuenta, tal y como lo hacían mis padres. Acepto que disfruto al observar a mis pequeñas merendando al ritmo de las canciones de Edith Piaf, con la chimenea de fondo, como lo hice yo a su edad.  Es una remembranza que me conmueve.  Admito que vamos frecuentemente, más por mi insistencia que por iniciativa del resto de mi familia.

La Doctora Reinoso me ofrece un vaso de agua, pero no quiere dejar de escucharme. Me pide que no me detenga, que le comparta otras actividades que conforman mis prácticas cotidianas. Le digo que juego tenis, leo con regularidad y veo documentales. Le menciono que también solemos ir a cine con Francesca, luego de dejar a nuestras hijas al cuidado de mi suegra. “Hace poco vimos la última película de Woody Allen”. Reconozco que me gustó, aunque pienso que nada en su obra superará a Annie Hall. Aseguro que sus diálogos inteligentes, las diversas citas cinematográficas, las referencias culturales y los dos personajes neuróticos, la hacen la más importante dentro de su obra. Wonder Wheel le encantó a mi esposa, pero insisto con terquedad que el director neoyorkino hacía mejor las cosas en el pasado. Me entusiasmo con el tema y me extiendo haciendo un recuento de las películas de Giuseppe Tornatore, brincando a los inicios de Almodóvar, para luego pasar sin orden lógico a la trilogía del Padrino, el argumento de Ciudadano Kane y la risa de Tom Hulce en Amadeus. Le afirmo a la psicóloga que en el cine no ha habido mejor personaje que el de Tony Montana en Scarface. “He visto esa película al menos unas veinte veces”.  La primera con Adriana, mi novia del colegio. Le narro con nostalgia que fue en el desaparecido Cine Bar Lumière. Allá también vi Pi, el orden del caos y la trilogía Tres colores (Azul, Blanco y Rojo) del talentosísimo Kieślowski.  Con determinación le expreso a la especialista que “En esa época si hacían buenas películas y en esos cine bares daba gusto sentarse. Solía tomarme un capuchino mientras veía lo mejor del cine mundial”. 

La psicóloga ahora me observa con seriedad y respira profundamente. Parece que estamos llegando a algo. Quedamos un instante en silencio. Me mira fijamente a los ojos y me pregunta si tuviera la posibilidad de pedir un deseo ¿Cuál sería? Me llevo un dedo a la boca y pienso por unos instantes. “Creo que no cabe duda, mi deseo sería haber nacido en la época de mis padres y vivir lo que ellos vivieron”. Entusiasmado le asevero a la especialista que la Bogotá de los sesentas, setentas y ochentas fue una maravilla. “Mire Doctora, hoy sólo hay caos, bolardos e inseguridad rampante por todos lados.  El sentido de pertenencia se perdió.  Esta es una ciudad de nadie”. Me explayo diciendo en cambio, décadas atrás la capital era muy diferente. “La caballerosidad y las buenas maneras caracterizaban a los cachacos. Debió conocer a mi abuelo Doctora, era un Gentleman. En esta ciudad se respiraba cultura en cada rincón. Por si fuera poco, Millonarios tenía el mejor equipo del mundo. Incluso vencimos al Real Madrid. La calidad de vida era indudablemente superior”. Reforzando mis argumentos le comparto orgulloso que mi padre hizo parte del círculo más cercano de León de Greiff en el café El Automático y que estuvo acompañándolo en noches de tertulia con gran parte de la bohemia bogotana. “Mire Doctora, el tenor Edgar Altamar de la Rosa cantaba Granada y E lucevan le stelle, en la sala de mi casa mientras yo me paseaba en pijama arrastrando mis carritos de colección”. Le digo con apasionamiento que mis padres fueron amigos de Carlos Alberto Vidal, el famoso compositor de la Billo’s Caracas Boys. “No me creerá, pero él mismo los invitó a su casa en Caracas en donde bailaron porro hasta que les supo a cacho”.  Entusiasmado agrego que también compartieron una velada con Fernando Chamás, el personaje a quien Carlos quiso rendir un homenaje con su canción “La Casa de Fernando”.

La Doctora Reinoso me escucha impresionada y me cuestiona: “¿Cómo sabe usted todo eso?”. Le digo que simplemente me encantaba escuchar a mis padres narrando sus anécdotas.  Me pide que continúe. Obedientemente prosigo: “Cuánto hubiera querido yo, recorrer las calles de aquella Bogotá y frecuentar el Tout va bien de la Avenida Chile como mis progenitores”. Le aseguro que ese sitio estuvo de moda por casi veinte años en la capital desde finales de los cuarenta y que tenía de todo. “Hoy en día no hay un sitio así. Sé por mis papás que allá había bolos, peluquería, restaurante, salón de onces, centro de negocios y hasta venta de empanadas”. Me animo y sigo exponiendo mis argumentos. “Imagínese Doctora, mi papá estuvo en un baile en el recién inaugurado Hotel Tequendama con la orquesta de Lucho Bermúdez. Ahí quedó en diagonal a una mesa donde estaba la periodista Margarita Vidal, uno de sus amores platónicos”. Continúo diciéndole que en la calle 68 con carrera 13 había un Cream Helado y que luego abrieron otro en la calle 85.  Como si hubiera estado ahí de cuerpo presente, le indico que el mejor sitio de rumba era la discoteca El Psicodélico. Entusiasmado añado: “Mi papá me contó que en el restaurante La Piazzeta detrás del Teatro Almirante se reunían los “coca- colos” de los sesenta y comienzos de los setenta. “Cómo hubiera querido conocer sitios como el Grill Europa, el Grill Colombia, el Union Church, el Ranch Burger, el Bear House, el Pam Pam, La Discoteque, y Unicornio”. Cierro mi argumentación manifestando con resignación: “Lástima.  A mí ya me tocó otra época. La Bogotá de Massai, Discovery, Bahía, Keops y San Ángel. No está mal, pero creo que hubiera disfrutado más lo de antes”. 

“Ok, interesante. Algo tenemos acá”, me dice la psicóloga con convicción. Ansioso le pido que me comparta su conclusión. Al instante cierra su libreta, me dispara una mirada intimidadora y me dice con autoridad: “Usted está obsesionado con el pasado. Ha idealizado otras épocas. Magnifica las ventajas y cualidades de otros años. Tiene una clara incapacidad para dar cambios en el presente, excusándose en lo vivido anteriormente. Debemos trabajarlo”.  Sin extenderse en más explicaciones, me agenda las próximas citas y me pide volver sin falta. 

Han pasado un par de meses desde la primera sesión con la Doctora Reinoso. Me ha sugerido como lema el vivir en el aquí y el ahora. En eso estoy.  El viernes pasado invité a mis compañeros de oficina a la casa. Hicimos una Raclette con salchichas de ternera, papas y pepinillos. A todas luces les gustó que les abriera las puertas de mi hogar. A partir de eso me han invitado a otros planes también. Estoy conociendo nuevas personas. Volví al estadio después de muchos años. No lo hacía desde que Ricardo Lunari vistió la camiseta azul.  Siento que me estoy relacionando mejor con la gente.  Tengo mejor capacidad de escucha y mayor apertura. La psicóloga me insiste que desaprender requiere de nuestra disposición. “El pasado ya no está, ya pasó. No deje que su ego le ofrezca soluciones basadas en el pasado”. Sigo sus recomendaciones al pie de la letra. Después de muchos años he dejado de lado momentáneamente la lectura de biografías y novelas para abrirle un espacio a un libro que me regaló la Doctora Reinoso. No sé cómo lo logró, pero me tiene leyendo sobre un tal reminiscence bump o “bache de la reminiscencia”. La psicóloga me dijo que tenía mucha relación con mi condición. Tal parece que entre mi infancia y mis treinta años codifiqué un desproporcionado número de memorias. La avasalladora personalidad de mi padre y el amor desbordado de mi madre hicieron que fuera mi período de vida más memorable, por la cantidad de sucesos y su relevancia autobiográfica.  Todo cobra sentido ahora.

Hoy decido salir temprano de la oficina para hacer algo que tenía pendiente. Me dirijo al consultorio de la Dra. Reinoso quien se sorprende al verme llegar. Le digo que doy por cerrado el proceso. Afirmo que he seguido sus consejos, estoy cuidando los espacios que hay en el hoy, en el presente de mi vida y que estoy aprendiendo a recibir y gozar lo que me está llegando. Le manifiesto que quizás sea la última vez que la vea. Nos abrazamos y antes de salir le entrego la réplica de un cuadro, delicadamente empacado en papel regalo. Doy media vuelta y salgo despidiéndome de su asistente.  Subo al carro y me quedo inmóvil por unos segundos. Suspiro recordando cuando de niño junto con mi padre analizamos ese mismo cuadro en la Enciclopedia de la Pintura Universal, sentados en el estudio de la casa. Años después tuve la fortuna de observarlo en el MOMA de Nueva York. Recuerdo a mi padre asegurándome que en La persistencia de la memoria, Dalí representaba en sus relojes blandos a la memoria, que en algún momento de la vida termina por acabarse. Aún puedo escuchar sus concluyentes palabras: “Si no ejercitas tu memoria y simplemente la sigues usando para repetir los constantes recuerdos del pasado, en algún momento se extinguirá, se derretirá como el queso camembert”. 

Imagen tomada de https://historia-arte.com/obras/la-persistencia-de-la-memoria

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