El desbarrancadero de las tribunas de opinión

Sobre el rol de los artistas en la construcción de la opinión y la reflexión pública, es poco lo que se ha considerado en los últimos tiempos en nuestro entorno. Me refiero a la cada vez mayor presencia de novelistas, músicos y personas provenientes del mundo del arte que deciden intervenir en el desbarrancadero de las tribunas de opinión sobre políticas económicas o sociales. La pandemia del Covid-19 nos ha traído una joya perfecta para reflexionar sobre esta cuestión:

En el mensaje se incluye un hilo con seis sesudas razones para desvirtuar las “insensateces” del opinador. Las reflexiones de Uprimny son coherentes, bien formuladas y con las que desde un punto de vista lógico resultaría difícil no estar de acuerdo. No obstante, son en exceso académicas para controvertir hipérboles ambiguas que un escritor y cineasta trae para reflexionar —o mejor, ironizar— frente al fenómeno de la pandemia; por poco evidente que parezca.

El acto valeroso y paternalista de Rodrigo Uprimny para con sus lectores en Twitter resultó para muchos necesario porque reduce a sus justas proporciones las opiniones de un personaje que, según las percepciones de quienes intervinieron en el hilo tuitero, no pasa de ser un: “viejo %&$%$&”, “viejito peligroso”, “viejo necio”, “desagradable”, “irresponsable”, “loco”, “loquito”, “adefesio”, “charlatán”, “temerario”, “grosero”, “zoquete”, “orate”, “insensato”, “soez”, “canalla”, “impertinente”, “bufón”, “boludo”, y hasta “catrehijueputa”. De hecho, aunque algunas reacciones al trino han considerado las columnas de Vallejo como “certeras” y “atinadas”, para otros, entre los que me incluyo, resultan simplemente hilarantes y, para ser sincero, hasta aburridas y repetitivas.

La opinión en prensa, radio, video o dondequiera que esta se emita tiene finalidades múltiples, algunas sanas, otras no tanto. Quizá la más común sea la que busca que las instituciones públicas y privadas definan las políticas sobre una materia determinada de la mejor manera posible; con sensatez, guía o iluminación. También se podría decir que deberían ilustrar y orientar al público para mejorar la calidad del debate, entre otros loables fines y blablablás.

Por fortuna, no todas las tribunas de opinión son así, ni tienen por qué perseguir esos objetivos o cánones como en efecto lo tuvo que salir a explicar el director de El Espectador para justificar por qué invitaron a Vallejo. En varios medios del planeta, es común encontrar tribunas de opinión satírica. En el caso colombiano, para citar tan solo un par, contamos con ejemplos de columnistas como Samper Ospina o Tola y Maruja.

¿Se imaginan que analizáramos a estos opinadores con el rigor que Uprimny ha leído a Vallejo? No se salvaría ninguna de las columnas. En los artículos de estos columnistas, que —valga decirlo— han sido publicados en la sección de opinión y no de caricaturas, se plantean tergiversaciones, mofas, hipérboles y exageraciones de los hechos noticiosos de la semana. Ese es el estilo que explotan, y en cuanto al carácter de Vallejo, precisamente su forma ha sido moldear una exageración cáustica, ambigua, provocadora e iconoclasta de las temáticas que le interesan; estilo que no solo se manifiesta en sus entrevistas o artículos para medios de comunicación, sino que es transversal a su obra literaria. Nos guste o no, nos dén ganas de vomitar al leerlo o de reír. En este caso de la pandemia, el viejo “%&$%$&”, “peligroso”, “necio”, “soez”, “catrehijueputa”…, ha sido consecuente.

Cada artista opinador debe ser criticado en su contexto, especialmente si se trata de voces que han llegado a tener espacios de opinión por sus calidades artísticas y no académicas o técnicas (como es el caso de Vallejo). Contar con músicos, cineastas o novelistas es saludable para la comunidad de lectores o de televidentes en las cada vez más crecientes plataformas digitales.

Distinto sería si se tratara de las columnas de opinión, para citar otro par de ejemplos, de reconocidos novelistas que también fungen de opinadores consuetudinarios como Vargas Llosa o Javier Marías. Estos dos autores han separado sus obras literarias de sus columnas de opinión con el objetivo de pretender ser “serios”, “técnicos” y persuadirnos sobre su visión de la realidad política, económica o social. Ante este tipo de problemáticas intervenciones, precisamente por el tono, estilo y contexto en el que son emitidas, resulta esencial que apliquemos el denominado fact-checking.

El exceso de luz, al igual que el exceso de razón, enceguece. Respecto a las columnas de Vallejo, considero que el exceso de razón ha obnubilado a un colega que admiro, respeto y seguiré respetando. No obstante, lo que me interesa de esta situación —más allá de pretender señalar un desacierto—, lo que me parece relevante para reflexionar, insisto, es el tema del rol de los artistas en la construcción de la opinión y la reflexión pública. ¿De verdad alguien cree que el Departamento Nacional de Planeación o los ministerios o algún representante de los poderes públicos o los amplios sectores de la población van a tener en cuenta la opinión de Vallejo sobre el Covid-19? ¿En serio?

Es más, ¿podría alguien mencionar alguna política pública o decisión relevante que se haya adoptado por la influencia de opinadores “serios” y semanales de profesión como Javier Marías o Mario Vargas Llosa?

Ilustraciones de Julio Ossa ©

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