Historias de la plaza

Texto y fotos por Alejandra López.

La plaza de mercado del 12 de Octubre es una de las 19 plazas públicas que tiene Bogotá y una de las más antiguas. Es pequeña, en comparación con otras, pero muy linda. Es un lugar lleno de color, donde se encuentra parte de la gran diversidad de frutas, verduras y plantas de nuestro país. También se pueden encontrar artesanías, flores, cárnicos, lácteos e incluso uno de los manjares populares de la gastronomía colombiana: la fritanga, que ha hecho famosa a la plaza.

Llegamos al 12 de Octubre en la mañana, con un grupo de amigos. Todos tomaban fotos a cada uno de los miles de encantos que se pueden encontrar en un lugar como este. Yo caminaba por los recovecos de la plaza, observaba a la gente y sus interacciones. No me atrevía a acercarme a retratar a nadie. La dinámica de la plaza era mágica y no quería interrumpirla. A donde quiera que miraba estaba pasando algo; algunos vendedores organizaban sus productos, otros vendían y ofrecían la famosa “ñapa” (que no se encuentra en ningún supermercado de cadena), otros cocinaban y otros charlaban con sus comadres y compadres o con los clientes. No voy constantemente a estos lugares de la ciudad, pero cuando voy inevitablemente pienso: “Carajo, ¿por qué no vengo más seguido?”. Me lo pregunto porque son lugares con dinámicas únicas, que me abren la oportunidad de conectarme con nuestra cultura campesina, sin salir de la ciudad.

Mientras caminaba por sus pasillos encontré una escena que me cautivó: una mujer de edad avanzada, sentada en su puesto, desgranando mazorca. Mientras uno de los fotógrafos del grupo la retrataba, aproveché para acercarme a ella y conocerla un poco. Doña Adela tiene 80 años y lleva más de 40 en esta plaza de mercado vendiendo limones y mazorca. Me contó que todos los días venía sola a la plaza en bus (un recorrido de casi 40 minutos), algo que me pareció admirable para una persona de su edad. Doña Adela se rehúsa a ser una mujer dependiente de sus hijos, porque sabe que aún puede valerse por sí misma y eso es lo que quiere. Tiene muy claro que dejará de trabajar el día que su cuerpo o su cabeza se lo impidan, o el día que su luz deje de brillar.

Después de hablar un poco, le pedí que me dejara retratarla y ella, muy tranquila, me dijo que sí. Solamente miró una vez directamente a la cámara, cuando le pregunté: “Doña Adela, ¿le da pena mirar a la cámara?”. En ese instante ella subió la mirada y traté de retratarla, pero no fui lo suficientemente rápida para lograrlo. Cuando bajó la mirada, me respondió: “No, mijita”, pero no volvió a mirarme mientras le tomaba fotos.

Unos pasos más adelante me encontré con un puesto de venta de papas. Don José, su dueño, “el boyacense de pura cepa”. Me acerqué a él con la intención de conocerlo y retratarlo. Me miraba con desconfianza, seguramente porque llevaba dos cámaras encima. Me dijo desde el principio que no quería que le tomara fotos. Aún así, yo quería conocer su historia y empecé a hacerle preguntas y él a respondérmelas sin prevenciones. Después de una interesante conversación, en la que me habló de su esposa y sus hijos, a quienes sacó adelante gracias a su trabajo en la plaza, y de su pasión por los viajes por Colombia, su desconfianza se fue y empezó a mirar mi cámara. Entonces me preguntó: “¿Usted para qué quiere esas fotos?”, y yo le respondí: “Para regalárselas”. Cuando menos lo esperaba, él estaba de pie, al lado de los bultos de papa, posandome para que lo retratara.

Tiempo después volví a la plaza y les entregué a doña Adela y a don José sus fotos reveladas. Para mí las fotos tenían un significado especial, porque son imágenes que, de alguna forma, cuentan la historia de estas dos personas, reconocen su trabajo y la forma como se ganan el día a día en estos lugares que poco a poco se olvidan. Para mí las fotos eran un tributo a ellos, a su labor, a sus historias, y un agradecimiento por el tiempo que me regalaron para contarme sobre sus vidas.

No me imaginaba que ellos iban a recibir con tanta alegría las fotos. No sé qué representaban para ellos. Doña Adela ni siquiera se acordaba de mí, pero sus expresiones de felicidad al verse en las fotos me llenaron el corazón, y fue en ese momento en el que entendí el sentido de la fotografía.  

5 comentarios en “Historias de la plaza

  1. Me encanta!! Que artículo más interesante y lleno de historia! Me parece increíble y cautivador como de algo tan sencillo y típico como una plaza se puede sacar tanto contenido y arte. Muy recomendado y quisiera seguir viene futuros trabajos! Muchas felicidades a la autora.

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  2. Muy bien Alejandra. Me encanta tu articulo, la historia et las fotos.
    Si las fotos estan muy lindas. BRAVO !!!
    Iré a este lugar para mis fotos callejeras.
    Nos vemos por acá ….

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