Y nos hicimos fotógrafos

Texto y fotos por Alejandro Vásquez Escalona (@alejandrovfotografo)

En la bahía de la ciudad aludida, resuella la Casa de Lago Villa, marcada con el n° 5. Lamida por el salitre calenturiento y vaporoso del Lago de Maracaibo, Venezuela. Sonsacada constantemente por el bramido de los barcos para convertirse en nave acuática también.  

En esta casa, se arremolina la pasión de sus ocupantes que han vivido centenares de amaneceres relumbrosos. Muchos ladridos de perros insomnes. Afilados silencios de grillos. Tararear de pájaros diversos en sus ventanas. Tormentoso descolgarse de tristezas. Vuelos hedonistas de sabernos vivos.

En esa casa habito como fotógrafo con Ivett, Samuel y Vania en aposentos diversos. En solares del alma intransferibles. Vivo entre fisuras de este país deshilachado. Me reguindo a la ilusión vital de la literatura. A mi caja de encantamientos para enjaular codificaciones oraculares. Posiblemente inútiles. A la palabra suelta e intrascendente que a veces arrojo como piedras azaristicas sobre una cuartilla digital. En muchas ocasiones para susurrárselas a la gente amada. O para saber que aún existo como un ritual de auto enamoramiento.

Nuestra niñez la habitamos en Las Palmas en un caserío campesino cerca de Agua Viva en Trujillo, Venezuela. Entre trompos y piñales vimos la vida desgajarse de las nubes surfeando sobre la lluvia. Después vendría el bachillerato en Caracas. Y la arboleda pluriverdosa se convirtió posiblemente en casitas guindadas de peñascos y tasajeadas por escaleras que parecían afrontar el cielo. Que se liaban entre sí, para dar cobijo a la gente sencilla. Desde arriba, miraban en picado la ciudad plana. Los ríos y riachuelos que se descolgaban de la montaña se trasmutaron en autopistas y calles embarazadas de coches y motocicletas ruidosas y monoxidantes. Y los gritos de ueeei, ueeei para arriar a los animales hasta el corral de una finca sencilla, ahora quizás se oían como uuucv, uuucv. O las calles son del pueblo y no de la policía.  Y el tic-tac de la vida persistente. Persistente.

Después demasiados soles alumbrando el mundo. Demasiadas lunas como ojos de pájaro nocturnal, seguramente avistando el carraspeo de las hojas de los árboles de caracolí. El tras, tras del aleteo de los grillos en los pajonales de Las Palmas. O sobre los inquilinos de este cobijo terráqueo. Suficiente escudriñar para rastrear una trocha de vida.  

En los años ochenta, estudiaba periodismo audiovisual en La Universidad del Zulia en Maracaibo. Ocurrió un paro larguísimo. Una muchacha de ojos cálidos se hizo viajante. Ausencia. Esa tristeza rugosa y polvorienta nos llevó a la Escuela de Artes plásticas Nepalí Rincón. Comenzamos a arañar la fotografía. A aprender el oficio.

Nos hicimos fotógrafos porque un día, decidimos desamordazar la mirada. Cerrarle el ojo de nuestro corazón a la melancolía, como diría Víctor Valera Mora. Enamorar a los amigos con nuestro quehacer. Ahora, somos fotógrafos para colocarnos más allá de la ráfaga de preguntas e interrogar viendo. Para navegar las veredas acuosas de la vida como lagartija pluricolor y pluricontraste. Porque mirar, pareciera ser el bostezo de la retina que anhela lamer el universo visual para que gotee la savia del entusiasmo.

Asumimos que la fotografía es como una mujer olorosa a emociones íntimas recién amanecida, que nos diafragma el iris en contornos. Volúmenes. Claroscuros y tonalidades cromáticas. Nos fragmenta el corazón en sentires brumosos lejanos a lo tangible. Y para esa mujer, nos cargamos de sensualidad al acariciar su cuerpo. Le acomodamos los lentes como parte de un acto creador. La llevamos a pasear. A sentir la luz y sus contornos. A fisgonear la vida en impune confesión. O a construir universos imaginarios en el reposo reflexivo.

Llevamos unos veintiocho años como fotógrafos. Intentamos atizar el sosiego del mundo con nuestras imágenes. Compartimos conocimientos con los jóvenes estudiantes de fotografia de la Universidad del Zulia y de la Escuela Julio Vengoechea en Maracaibo Venezuela, una ciudad que es un bostezo del cielo desparramado de nubes y soles ariscos. De pájaros que surfean en picada pretendiendo despellejar los anhelos y temores de los poblantes de esta urbe. Es un amasijo de crónicas, vivencias y andares, algo así como un mándala que se desdobla para acanalarse y permitir el fluir de su gente, para seducirla y posiblemente para domesticarla. Una ciudad que puede ser un rabiar por su entrajinada  geografía, sus carencias de servicios, sus espacios deshabitados en donde se desplazan papeles olvidados, posiblemente cartas no leídas. En desuso, tiroteadas por la web. En esa ciudad existe una bahía. Y una gente que la habita.

Sentado sobre baúles de retratos, en nuestra casa a la orilla del Lago de Maracaibo, miro los manchones blanquinegros de garzas. Los lunares rojizos de flamencos que vuela e intuyen sus nidos terrosos a los lejos, del otro lado del lago. Vislumbro la raya azulverdosa del horizonte como aliento escapatorio. Lo hago sin edificaciones corronchosas que me decomisen la mirada en explanada como sensación de vuelo. De brisar humedecido. 

Sentado sobre baúles de retratos no imagino cuando la casa se desgaje. Cuando el soplar de las turbinas de un jet o el trajinar de un autobús quizás por carreteras polvorientas anuncie el viaje hacia otros rumbos, otros ámbitos. Nos estamos viendo.

Alejandro está armando maletas para emprender el viaje por fuera de su país. Para financiar la aventura, está vendiendo un libro que recopila y expone sus aprendizajes -y enseñanzas- como fotógrafo converso. Quienes quieran comprar un ejemplar digital de Anotaciones sobre el reportaje y el ensayo fotográfico pueden escribirle por Instagram (@alejandrovfotografo) o por mail (acuantola@gmail.com).