Un día soñé que podía cambiar el mundo

Aún con el aturdimiento después de que ganara el No en el Plebiscito, la mañana del 9 de octubre me acerqué a la Plaza de Bolívar a llevar mantas y víveres al campamento de la Paz, sin imaginarme que ese mismo día, después de estar en la primera asamblea, regresaría a mi casa a media noche y, lanzando una moneda, decidía llevar mi carpa al que sería mi hogar por 43 noches.

Fue una experiencia con muchos matices y emociones, difícil de expresar en palabras, pero para dar un poco de contexto de lo que significó para mí, debo comenzar por contar que fue como salir del agua. Siendo bastante breve diré que soy ingeniera y que, a pesar de haber estudiado en una universidad pública, nunca fui a una marcha, así que mi experiencia en el activismo era bastante limitada.

¿Por qué, de repente, terminé haciendo algo a todas luces fuera de lo convencional para mí? Incluso hoy, meses después, me lo sigo preguntando. Creo que estaba muy indignada y afectada con el resultado de Plebiscito, quizás porque estaba convencida de que era la mejor opción. Como muchos, creí que el Sí era la opinión mayoritaria y, por lo tanto, el resultado fue una gran sorpresa. Al final, ese profundo convencimiento -junto con algo de indignación- fue lo que me hizo reaccionar tan apasionadamente: sentía que no podía quedarme sin hacer nada viendo pasar una oportunidad histórica para lograr un cambio.

Así, sin pensarlo mucho, comenzó en una fría noche bogotana una experiencia que me llevaría a reflexionar, cuestionar, entender y a disfrutar de una aventura en la que la diversidad hecha personas, arte, música e historias se convertiría en una inolvidable vivencia; siempre comentábamos cómo en cuestión de semanas esa iniciativa se convirtió en un experimento social de tener un país en miniatura, una pequeña Colombia en un ambiente controlado en el que se tenían especímenes que nos representan a todos en diversas facetas.

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El primer fin de semana del campamento fue un gran contraste. Por un lado, no había nada organizado: no había baños ni comida, solo mucha gente que llegaba con sus carpas y decidía quedarse. Del miércoles al viernes se pasó de 5 a 70 carpas, con todas las necesidades en comida, cobijas, agua y demás, que cerca de 150 personas podían requerir, pero también fue increíble ver cómo durante todos los días llegaba más y más gente a donar y llevar comida, agua, mantas, etc.

El siguiente lunes ya se contaba con una carpa de logística en donde guardar los elementos, preparar la comida y registrar tanto a campistas como a visitantes. También había ya un comité de logística encargado de recibir y administrar todas las donaciones. Con los días, más y más comités se fueron creando, respondiendo a las necesidades propias del campamento: seguridad, arte, comunicaciones, pedagogía para la paz y convivencia.

Éramos tan diversos y heterogéneos, no sólo en nuestros orígenes y costumbres, resultado de la variada geografía de nuestro país, donde había indígenas del sur y del norte, costeños y pastusos, vallunos y paisas, boyacenses y santandereanos, rolos y hasta sanandresanos. También éramos diversos en nuestras historias de vida y nuestras razones y motivos para estar allí. Esta gran diversidad era un reto más para organizarnos, comunicarnos y convivir.

El día a día transcurría generalmente sin sobresaltos. Aquellos que, como yo, teníamos que trabajar, nos levantábamos temprano para tomar una taza de algo caliente y salir a seguir con nuestras vidas “normales”; un grupo grande se quedaba y velaba por la seguridad del campamento, participaban de las múltiples actividades culturales, artísticas y políticas que se desarrollaban durante el día y recibían visitantes que se acercaban para conocer más del campamento, incluyendo un bici-tour que incluía una parada en la Plaza de Bolívar.

Pero la cotidianidad no era igual para ninguno de nosotros. En las tardes llegábamos nuevamente, como quien llega a casa, y empezaban los relatos del día. En extensas asambleas nocturnas cada comité informaba de sus avances y de su programación de nuevas actividades; el Comité de Logística encargado de la comida, de la cocina y de los elementos que habían sido donados informaba que día a día las donaciones disminuían al igual que las reservas de alimentos; el Comité Artístico llevó grupos de música, teatro, danza, y maravillosamente pintó el mandala que nos acompañó durante tantos días; el Comité de Comunicaciones encargado de las redes sociales, pero sobre todo encargados de la construcción de memoria con fotos, videos y entrevistas; el Comité de Convivencia, de Seguridad, de Limpieza etc. Cada quien participaba y aportaba en alguno de estos grupos.

Se hablaba de los avances de nuestro propósito, de las renegociaciones del Acuerdo, de que no se levantara el cese bilateral, y de muchas otras cosas: que si nos reuníamos o no con la mesa tripartita, que si asistíamos a las vigilias, que teníamos que participar en las numerosas marchas que por esos días se desarrollaron, que si nos reuníamos y articulábamos con otros grupos e iniciativas… En fin, las asambleas con extensas agendas normalmente llegaban hasta la media noche, a veces en medio de acaloradas discusiones o emotivos discursos, tratábamos que todo fuera consensuado, pero discutir y consensuar todo o casi todo podía ser un ejercicio bastante agotador, así que en muchas ocasiones quedaban temas pendientes para la asamblea del día siguiente, o votábamos y generalmente siempre había inconformes. Vivíamos así la democracia participativa. Como en la Colombia a mayor escala.

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Y si la variedad de regiones representadas en cada uno de los 150 personajes que acampamos era asombrosa, ni hablar de la odiosa distribución vertical impuesta por esta sociedad profundamente desigual y clasista. Había ricos y pobres (sería la forma simplista de describirlo), pero en este país pocas cosas son simples y menos cuando se habla de distribuciones sociales; había académicos en todo su espectro: desde estudiantes comprometidos con la causa hasta prestigiosos PhD (de universidades públicas y privadas); había políticos de los diversos partidos, cada uno con sus motivaciones particulares; había artistas y músicos, desde graduados y con exposiciones hasta espontáneos y callejeros; campesinos y “doctores”, profesionales y analfabetas, desplazados y urbanos. Estas divisiones y diferencias también se reflejaron en la jerarquía que se fue organizando al interior del campamento a pesar de pretender ser todos iguales.

¿Y qué más iguales que estar durmiendo en el mismo suelo de cemento y con el mismo frío de la noche capitalina? Aunque no fue realmente así, pues algunos eran los líderes de los comités, otros pensaban y estructuraban ideas y muchos otros ejecutaban, cocinaban, limpiaban y servían, un reto más para esta nueva sociedad que quisiéramos construir. Como una vez me dijo la señora Olguita: “Mi niña, toda esa gente que ustedes traen al campamento a que nos hable de política es muy interesante pero yo no les entiendo mucho, así que yo colaboro con lo que se hacer: limpiar y barrer”.

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Y por supuesto que en el campamento había víctimas, muchas víctimas. Al final, quizás esta era la única categoría en que todos podríamos caber, pero ni siquiera en eso coincidíamos porque también hay estratos para las víctimas. Mi conclusión fue creer que todos lo somos un poco, todos en este país hemos sido tocados por la violencia, unos de forma directa, familias enteras que han sido desplazadas, desaparecidas o asesinadas, muchos de nosotros no necesariamente la habíamos vivido directamente, pero todos si hemos sufrido sus coletazos, con familiares, amigos, conocidos que han sido víctimas, con vivir en un país que ha dedicado buena parte de su historia reciente a sembrar odios y matarse unos a otros y en los últimos años como víctimas de una polarización que ha roto familias y amistades y que tiene a este país profundamente dividido.

Algunas heridas y cicatrices son mucho más profundas e imborrables, mientras otras son casi imperceptibles; es diferente aquel que lo vivió en el campo con toda su fuerza y dureza a nosotros en las ciudades que lo veíamos como algo lejano, hasta que tocaba en nuestras puertas con una bomba o una pesca milagrosa, no era nuestro día a día, solo llegaba ocasionalmente para recordarnos que estábamos en guerra y que no debíamos sentirnos tan cómodos.

Pero si algo dejó un conflicto tan duradero y permanente fue la naturalización de la violencia en nuestra sociedad y eso nos vuelve a todos víctimas y potenciales victimarios. Ese es el reto más grande de transformarnos en una sociedad en paz.

El mejor regalo de la experiencia que vivimos, más allá de nuestras utópicas pretensiones, fue esta diversidad; conversaciones profundas a la madrugada: hablamos de la historia de una familia mágica que nos acompañaba y que con su energía alegraba los días difíciles; de una pareja con su hijo que habían recorrido el mundo en bicicleta y vivido con los indígenas en la Sierra Nevada; de una vasca un poco loca de un alma tan bella que nos explicaba cómo pensaba en un mundo mejor después de haber visto Siria y acompañarnos a construir nuestra paz; de un artista maravilloso al que su arte lo había salvado de los horrores a los que estaba condenado en su comuna; de una madre que había enterrado a su hijo en Soacha; de un padre que había enterrado a toda su familia y nos repetía constantemente que nos habíamos convertido en su nueva familia… Todos estos relatos sucedían mientras dábamos vueltas interminables alrededor de la plaza haciendo rondas de seguridad y observando la vida nocturna del centro de Bogotá, con sus habituales habitantes e indeseados roedores.

Hablando y conociendo historias ajenas en conversaciones espontáneas o durante asambleas extensas en las que discutíamos por horas y buscábamos aprender a hacerlo sin atacarnos, donde era tan claro que lo más difícil de querer cambiar el mundo juntos, es el juntos y no el cambio, donde la convivencia era tensa y difícil pero al final siempre había una sonrisa, un café caliente, un toque de guitarra o de tambores, una tarde de pintura, un conversatorio y, por supuesto, mucho arroz con atún para limar diferencias y tratar de convivir en un ambiente que nos decía “somos iguales, somos colombianos y queremos la paz”, pero hijos de un país que en la realidad nos ha educado en la indiferencia, la desigualdad y la desconfianza.

Fue una experiencia como la vida misma, con felicidad en los pequeños detalles, en un abrazo espontáneo, en una ayuda desinteresada, en la confianza que alguien te da cuando te cuenta sus historias y en la que uno le da a los demás cuando le cuentas las tuyas, en un baile o una canción compartida; y momentos difíciles y tristes, sobre todo al mirar a los ojos las profundas heridas que la violencia ha dejado. Pero al final hay esperanza, hay que insistir en el amor y la reconciliación, en el arte y el diálogo, en el deporte y la educación, pero sobre todo en la aceptación de las diferencias, que es lo que nos enriquece como seres humanos y como sociedad. El campamento como experimento nos permitió cruzarnos con personas que de otra forma, por separación geográfica o social, jamás lo hubiéramos hecho, y evidentemente tomará años, o siglos, sanar las heridas y aceptar nuestras diferencias. Pero hay que comenzar algún día, y es mejor hoy que mañana.

La temporalidad de las experiencias es quizás una de las verdades más incuestionables y de más difícil aceptación; era obvio que debía terminar, pero no estábamos preparados y mucho menos para que terminara de la forma en que sucedió. La última asamblea, el miércoles antes del desalojo, se decidió mayoritariamente que nos quedaríamos hasta el siguiente jueves, cuando se firmaría el nuevo Acuerdo en el Teatro Colón; evidentemente un despliegue de fuerza de más de 300 agentes del ESMAD a las 3 a.m. es a todas luces desproporcionado para desalojar un grupo de personas que como principio teníamos la construcción de paz. Fueron horas angustiantes en las que muchos de los horrores que nos han contado y que hemos visto y leído se materializaron en el miedo colectivo de que todo podía terminar muy mal, con lo que eso puede significar en este país. El saldo final fue de algunos compañeros golpeados, algunas pertenencias perdidas, la angustia y el sentimiento de frustración de que el campamento hubiera terminado así, pero sin nada irreparable que lamentar.

Ya con la calma que el tiempo da, espero que si todos los que estuvimos allí cambiamos un poco, como el campamento me cambio a mí, quizás mi sueño de poder cambiar el mundo se hizo realidad. El mundo cambia un poco cuando cada uno de nosotros lo hace.

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*Fotos y texto por Alejandra Corredor. E-mail: alejandra.corredor@gmail.com.

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