Kamasutra para dormir con cinco mamíferos

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Sábado

En clase recomiendan “Amazona”, una película acerca de la relación de la directora Clare con su madre Val. Andrea dice que tal vez no ha sido madre por temor a la recriminación inevitable que sus hipotéticos hijos le harían en el futuro. No comento nada, solo siento envidia de que su problema con la maternidad sea sólo existencial. No necesito plantearme dudas acerca de si quiero ser madre o no, porque no tengo una bolsa sana en la que pueda pelechar un embrión.

Domingo

–Es un documental, bastante casero –dice Pacho cuando salimos de cine.

–A mí me distrajo la voz de la narradora, por muy personal que sea la película, pudo haber encontrado a alguien con una mejor voz en lugar de hablar ella misma.  Aunque cuando dejé de pensar en eso, me atrapó la historia –digo.

Tal vez fue por mi fascinación por la selva o por mi idealización de los viajes y de la libertad. Durante el fin de semana que pasé en el Amazonas, estuve pensando en tomar un año sabático para vivir en un resguardo Huitoto. Pero todo se me olvidó al volver a mi trabajo el lunes siguiente en la multinacional.

No pude evitar juzgar a Val por sus decisiones, algunas veces egoístas para mí, y que afectaron el presente de sus hijos. Pero a la vez la amé. Amé su libertad, su cabello suelto, su forma de ver la vida sin remordimientos. De alguna forma me recordó a mi abuelo. Un hombre de un universo completamente diferente, de un pueblo, casi analfabeta y sin mundo. Que vivió su vida como quiso, como pudo y la terminó en una finca alejada del pueblo, en la que instaló energía eléctrica por imposición de sus hijos y no porque él la necesitara.

–Val no debió haber permitido que su hijo menor se fuera a sus 11 años a vivir con un papá que según él dice, era un hombre incapacitado para serlo —le digo a Pacho.

—Seguramente sus hijos estaban cansados de tanto viaje e inestabilidad y por eso ella permitió que se fueran a la ciudad —responde él, que sabe de lo que habla.

Val tiene una gata doméstica, que me distrajo haciéndome pensar en lo dañina que podría ser para el ecosistema un animal invasor que se alimenta de especies nativas y se reproduce sin depredadores. Resolví mi problema ético pensando que una inglesa hippie que vive en el Amazonas vendiendo sus artesanías, seguramente había sido lo suficiente responsable para llevarla donde un veterinario a esterilizarla y prevenir que se reprodujera. Pero estaba equivocada.

La gata se convierte en uno de los personajes de la historia, tan importante que Val y Clare atienden su parto. Cuando muestran las crías, que bien pudieran haber sido de una rata que es cómo lucimos los mamíferos recién nacidos, Val se pregunta si debe dejarlas todas o desprenderse de algunas y se responde de inmediato que no es bueno para la madre quedarse con toda su camada.

En la siguiente escena, Val camina con una bolsa que yo creo que es la placenta que enterrará en la tierra para hacer alguna ceremonia de fertilidad y así acabar con la sequía y el hambre en el mundo.

De nuevo me equivoco. La bolsa contiene en realidad un gato recién nacido que entrega a una víbora para que se lo coma vivo. Mientras el gato que ya no parece una rata, sino un cachorro tierno, es devorado, Val exclama “¡que culebra tan bonita!”.

–Me impresionó mucho la escena del parto de la gata –le digo a Pacho.

–Yo no entendí esa escena, para mí sobra –responde él, sin darle mucha importancia.

–Si hay una mujer capaz de entregarle la cría de su gata a una culebra sería Val, una mujer que pone la madre por encima de la maternidad. Ella misma lo dijo segundos antes: “Dejar las crías no es bueno para ella”. Entregándoselas a la culebra, resolvió de forma natural y ecosostenible mi problema ético de tener un depredador extranjero en el Amazonas. Es una metáfora de su vida.

–Hace poco leí en Facebook que los gatos tienen más empatía con las mujeres que con los hombres, por nuestro tono de voz.

“Eso explica por qué siempre hay un gato acompañando a una bruja o a una solterona”, piensa Pacho, pero lo digo yo.

–Estamos tan alienados con Hollywood, que vemos la muerte de un animal y nos enternecemos. Pero no lo hacemos cuando vemos un indigente tirado en la calle –dice Pacho.

–Todo es cuestión de mercadeo. Si la culebra se hubiera comido una rata, no estaríamos hablando de esto. Hay vidas más importantes que otras.

Lunes

Podría escribir un libro titulado “Kamasutra para dormir con gatos”.

Al principio, ocupaban un pequeño espacio en mi cama y yo también. Siendo cachorros se orinaron en ella, fui a comprar un protector de colchón, pero volví con una cama nueva, que ellos con su placidez para dormir me han obligado a usar en toda su extensión. Esta mañana amanecí en una postura que me permitió ver el cuadro que tengo en la cabecera desde una posición diferente.

Es una reproducción de Horizontes, la emblemática obra de Francisco Antonio Cano: Una pareja de colonos, representan el imaginario de la raza paisa. El hombre tiene un hacha en su mano, probablemente la misma hacha que se usó en el himno antioqueño, la que quiere mucho su compositor porque “a sus golpes libres acentos resuenan”. Y con su otra mano, le señala a la joven madre que tiene un bebé en sus brazos, la tierra que van a colonizar: “Las montañas de mi tierra “, que también canta el himno antioqueño, seguido de un “¡Oh, Libertad! ¡Oh, libertad!.

Pareciera que Cano hubiera compuesto la pintura de tal manera que los ojos del espectador, después de recorrer el cuadro, se queden fijos en la mano del hombre que señala el horizonte.

Tengo la reproducción en la cabecera, porque la señora del Feng Shui me recomendó tener una imagen de pareja en mi cama para atraer el amor a mi hogar y porque me encanta ese cuadro, amo ser paisa a pesar de que eso signifique llevar un hacha en mis manos.

Desde el punto de vista en el que amanezco, mis ojos no se fijan en la mano del hombre, sino en la mujer. Es joven, en edad reproductiva, la más antioqueña de todas las mujeres: piel clara, cabello negro y grueso. Es mi mamá.

Tal vez por eso el Feng Shui no ha funcionado, no debería de tener la imagen de mi madre con una pareja en la cabecera de mi cama. ¡Debería de ser yo con alguien más!

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“Horizontes”. Francisco Antonio Cano

Martes

Sueño que ignoro el ayuno, tendré que cancelar la cirugía y mis papás perderán de nuevo los tiquetes. ¿Qué puede pasar si no le digo a al médico que comí algo esta mañana?

Despierto agradecida de que llegarán esta noche y cuidarán mi dieta.

Miércoles

Las cirugías no me estresaban tanto antes. No pensaba en ellas. Ahora no me dejan dormir bien. Mi papá dice que disfrute la anestesia para descansar. Pero dormir con anestesia es diferente, porque no sabes que estás durmiendo. No te das cuenta cuando te duermes y despiertas como si solo hubiera pasado un segundo, pero en ese segundo te han sacado un tumor, cinco miomas o un pedazo de tiroides, y despiertas con dolor de garganta, de estómago o de nuevo cistitis.

Estoy tan nerviosa que el ayuno no me tortura. Mami trajo masa para hacer arepas desde Medellín. Me ofrece una; le digo que era ella la que se suponía debía cuidar mi dieta.

El preoperatorio se tarda una hora más; la sala en la que me van a operar está ocupada, imagino que es debido a alguna complicación. No tengo nada para leer, solo unos exámenes de sangre y orina que me sé de memoria y la ecografía de mi pólipo para que el doctor sepa dónde está y no me retire nada más.

El chat de mis amigas del colegio está lleno de imágenes como ésta acompañadas de un: “Hola les presento a Jacobo, tiene doce semanas y estamos muy felices”.

Si aguzo la vista hasta puedo verle los ojos y el corazón, quisiera enviarles la foto que sostengo en mis manos: “Hola, soy pólipo, mido 12 mm y tengo 300 semanas, el sistema reproductivo de mi mamá está bastante comprometido, pero felicitaciones por Jacobo”.

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Quiero hablar con el ginecólogo antes de mi intervención. En mi última cita le advertí que si encontraba mi útero delicado y necesitaba retirarlo, no lo hiciera. Una amiga me contó que se enteró que había perdido su matriz al despertar de una cirugía.

–Eso no va a pasar, siempre que hay riesgo de retirar el útero, la paciente lo sabe con anticipación y ese no es tu caso. Lo tuyo es una cirugía relativamente fácil –responde un poco irritado por mi ignorancia.

Son las 11:55 cuando le pregunto a Alexandra, la anestesióloga, cuándo me hará efecto la droga. A continuación, un grupo de enfermeros me traslada a la sala de recuperación.

–¿Qué hora es?

–Son las 12:25.

–¿Estoy bien?

–Sí, todo salió bien.

–¿Cuándo me puedo ir?

–En dos horas.

Jueves

Los gatos se portaron bien. Durmieron conmigo y no molestaron a mis papás. Jaguar intenta abrir la puerta del baño, dónde está su taza de agua, pero cuando se la abrimos es Pandora la que entra. Era ella la que tenía sed y su hermano fue a pedir agua por ella. Somos dos familias en esta casa, dos especies aprendiendo a comunicarnos.

Se supone que hoy puedo empezar a moverme. Hago el almuerzo, la especialidad de la casa: cazuela de mariscos, arroz con coco, ceviche de mango y jugo de maracuyá. Mami dice que la cazuela está muy aguada y papi, que el arroz está dulce. Última vez que les cocino. Además ellos deberían estar atentiéndome a mí y no yo a ellos. Para eso vinieron.

En la noche llega mi hermano.

Viernes

Somos cuatro humanos y dos gatos durmiendo en un apartamento que tiene un solo ambiente. No hay paredes separando espacios, cualquier ruido, cualquier luz, la sentimos todos. Todos debemos acostarnos y levantarnos a la misma hora. Papi, mami y yo tenemos hábitos diurnos; los felinos y Juan Pablo, nocturnos.

Juan llega a las dos de una fiesta. En la mañana los diurnos nos levantamos un poco más tarde para que los noctámbulos tengan unas horas más de sueño.

Pandora y Jaguar están felices con los colchones, las sábanas y el desorden de las maletas que dejamos de organizar cuando aumentó la población de la casa. Tienen más lugares donde esconderse, donde jugar, donde trepar. Son los únicos. La falta de horas de sueño, el encierro, la invasión de mi espacio, la falta que les hace tener su propio espacio empieza a desesperarnos a los humanos.

Sábado

Más sábanas, más desorden, menos horas de sueño, menos tolerancia.

Domingo: Séptimo día

Esta tarde iremos a la función “Séptimo Día” del Circo del Sol. Es una sorpresa para mis padres. Les digo que deben estar listos a las 12 y que no pregunten para qué. Temo que me regañen por ir a un espectáculo cuatro días después de mi cirugía. Reposaré toda la mañana para ahorrar energías para la tarde.  Lo único que debo hacer es imprimirles el pasabordo antes de salir. Eso me tomará cinco minutos y volveré a acostarme.

10 am: La papelería de la esquina está cerrada, y la más cercana está a 10 cuadras. Mucho menos de lo que recorro normalmente, pero una distancia enorme en mis actuales circunstancias. Regreso irritada, ¿por qué dejaron el check in para el domingo? ¿Por qué no alguien más, que no estuviera recién operado, caminó 20 cuadras?

11 am: Encuentro a Juan en el mismo lugar donde lo dejé hace una hora ¡No se ha bañado! Le recuerdo que salimos a las 12.  Me pregunta si no es muy temprano y me recomienda que llame para preguntar a qué horas debemos llegar. Le respondo aún más irritada, pero no como lo hubiera hecho de no temer que se me reventara un punto de la cirugía. No quiero enfadar a Pólipo.

12:40: El taxista que lleva un mes en su profesión confundió Salitre Mágico con Maloka, y nos tardamos 20 minutos en devolvernos. Entramos a la carpa para esperar en un buen lugar a que empiece la función. Juan le explica a papi dónde estamos, yo a mami. Hubiera querido darles la sorpresa de otro modo. Pero así es esta familia.

2:00 pm: Comienza el show. Estamos en primera fila, los acróbatas vuelan por encima de nosotros y los “ángeles eléctricos” nos mueven para que le demos paso a los artistas que desfilan entre el público. Las pupilas de mis padres están dilatadas, están felices, creo que más porque están a horas de volver a casa que por el espectáculo.

Yo también estoy feliz, mañana me rebelaré contra el Feng Shui y cambiaré el cuadro de Horizontes por el Mapamundi que tengo guardado. Tal vez no sea para mí colonizar una tierra acompañada de un marido y con un bebé en mis brazos, tal vez la energía del mapa me lleve a conquistar el mundo sola. En todo caso, los Horizontes de Cano están limitados por “las montañas de mi tierra. “¡Oh, Libertad! ¡Oh, libertad!”.